Ponencia de Vicente Ferrer en el FLAI 2026 de Albarracín

Buenas tardes.

Gracias a todas las personas de la Fundación Santa María de Albarracín que hacen posible este encuentro, y a Ellen Duthie y Raquel Martínez Uña, de Wonder Ponder, por invitarnos a participar en este FLAI dedicado al balbuceo y la democracia, asunto incómodo donde los haya —el de la democracia, no el del balbuceo— por la dificultad de dar con una definición que reúna un amplio consenso.

La democracia, como ocurre con otros conceptos, como la libertad, es a veces más fácil de percibir cuando está ausente; por no hablar de los muchos casos en los que la democracia no es democrática. Está claro que todo sería más sencillo si habláramos más de la democracia. En la breve descripción que hicimos de nuestro libro Cómo puede ser la democracia, cuyo texto firma el Equipo Plantel e ilustra Marta Pina, dejamos anotado: «Las bibliotecas infantiles están llenas de libros sobre vampiros, zombis, monstruos, guerras apocalípticas y cataclismos de toda clase… Pues bien, ¡no pasará nada si incorporamos a estas bibliotecas un libro sobre la democracia!».

Pues bien, vamos allá. Espero que todo se entienda lo suficiente. Y si no al cien por cien, sí al menos con una claridad perfectamente tenebrosa.

«¿Por qué no hay libros para niños hechos por niños?».

¡¿Eh?!

En España se producen actualmente alrededor de 90 000 títulos nuevos al año. Hay libros para todos los gustos, como podemos observar en las mesas de novedades de las librerías.

Hay, incluso, una tendencia creciente a que los particulares editen sus propios libros. Esos no suelen llegar a las librerías, pero circulan por las redes sociales en todas las direcciones.

¿En cuántos de estos libros han participado niños y niñas? No hay estadísticas, pero no he visto muchos. Tiene que haberlos, porque hay de todo, pero, para ser sinceros, en la mayor parte de las librerías la respuesta se acerca más a uno o ninguno.

Sí que he visto en Internet la página de una editorial en la que se anuncian los títulos de autores muy jóvenes, de entre dos y catorce años, a quienes se presenta como talentos prometedores y donde cada uno cuenta con su propia nota biográfica.

No conozco los libros y la página no ofrece información específica sobre esta colección, por lo que no me aventuro a decir nada más. Habrá que averiguar si, además de una excentricidad, se trata de un disparate, una genialidad o un negocio.

Sí que quiero decir algo sobre el simposio que convocamos en Rubielos de Mora, un pequeño pueblo de la provincia de Teruel —más pequeño que Albarracín—, en el mes de octubre de 2024.

El lema del simposio, que bautizamos como «Aún aprendo», nombre que coincide con el título de una colección de libros de la editorial, era «Para abrir la participación en los libros a los niños y las niñas, y a todas las personas que no suelen estar en el lado de quienes los inventan». Una explicación de lo que quería ser y de lo que fue el simposio, junto con la nómina de asistentes, se puede leer en la página de la editorial en un apartado señalado precisamente como «simposio».

No me extenderé sobre los puntos que se detallan en esos textos, pero quizá alguien encuentre en ellos alguna cosa que le pueda interesar. No son largos. Nos alegraría mucho recibir preguntas y comentarios.

Un resumen de las conclusiones del simposio se presentó en la Feria del Libro Infantil de Bolonia en abril de 2025. El texto que leímos Begoña y yo en inglés —para un público que hablaba mayoritariamente en español— también está subido a la web, como descubrirá cualquier persona curiosa.

La presentación en Bolonia sirvió, sobre todo, para ponernos en contacto con algunas personas especialmente concernidas por este tema. Anna Dollard nos escribió un mensaje la semana antes de la feria: había leído el título de la ponencia en el programa y quería comunicarnos su deseo de asistir. Anna trabaja en Australia con una organización llamada Kid’s Own Publishing, de origen irlandés, que se dedica a desarrollar talleres que dan como resultado una publicación. Han trabajado con niños y niñas vietnamitas, afganos o ucranianos con el fin de preservar la lengua y las señas de identidad propias de estas comunidades. En Bolonia pudimos saludarnos, conversar e intercambiar nuestras respectivas publicaciones.

También conocimos a otras personas que trabajan en proyectos afines en Portugal, y a una librera de los Países Bajos —Amanda Steck, de Serendipity, en La Haya— que vino hasta nuestro stand para decirnos que en su paseo por la feria había encontrado determinado libro hecho con dibujos y comentarios de niños. Nos enseñó la foto que había hecho con el móvil. El libro era sobre un accidente aéreo ocurrido en la ciudad de Ámsterdam que fue presenciado por numerosos testigos; muchos de ellos, niños. Alguien pensó que sería una buena idea pedir comentarios y dibujos a los niños del vecindario, hacer un libro y repartirlo por las escuelas de la ciudad; y convertir así un suceso traumático en un libro de historia. Si alguien desea leer algo más al respecto, debe buscar en internet «Desastre de Bijlmer».

Sobre la Feria del Libro Infantil de Bolonia habría que decir que, a pesar de ser el más importante escaparate del mundo dedicado al libro infantil y juvenil, pocos —por no decir ninguno— de los libros allí expuestos cuentan con la participación de los niños. Quizá algunos sí que tengan esa participación, como el que descubrió Amanda, pero no son fáciles de encontrar. Para colmo, en el tique de acceso al recinto ferial se prohíbe expresamente la entrada a los menores de dieciocho años. Este límite de edad debe de querer decir algo, pero no sabemos qué. Tal vez es un aviso: si te encantan los libros infantiles, no entres, porque podrías desencantarte. Aunque, en realidad, quienes se lo iban a pasar mejor en ese lugar serían, sin duda, los menores de dieciocho.

¿Por qué no hay libros para niños hechos por niños? ¿Por qué no pueden entrar los menores de dieciocho años a una feria de libros para niños?

La respuesta a la segunda pregunta podría ser que esta es una feria comercial, un espacio destinado a la venta de derechos, donde personas que se mueven en el mundo de los negocios realizan sus transacciones. Podrían ser muebles de jardín, podrían ser teléfonos móviles o cualquier otra cosa, pero son libros.

Son libros que consumen principalmente los menores de dieciocho años, pero no sigamos por ahí.

Es posible que las observaciones y comentarios de menores de dieciocho años resultaran útiles para mejorar esos libros especializados, que son los productos que la feria ofrece, pero no lo sabremos.

Lo que ocurre cuando uno se hace preguntas es que le vienen las ganas de contestarlas, pero siempre tendremos la duda de si estamos dando pasos en el buen camino o si, por el contrario, nos vamos alejando.

Volvamos atrás, al simposio de Rubielos. El último día hicimos una puesta en común entre los asistentes para comentar, consultar y proponer. Una bibliotecaria —que, por cierto, está ahora en esta sala— nos habló de la creación en su biblioteca de un receptáculo dedicado a los libros hechos por los lectores: ejemplares únicos que ocupaban un lugar singular dentro del espacio de lectura y que eran, por cierto, muy solicitados. Estas obras originales, escritas e ilustradas en su mayor parte por niños y niñas, no solo eran apreciadas por su contenido, sino que generaban al mismo tiempo un interés en el resto de los usuarios de la biblioteca por crear sus propias publicaciones.

Por mi parte, yo leí unas páginas de un cuaderno en el que a lo largo del tiempo he ido anotando propuestas de talleres para realizar con niños. Por ejemplo: «La velocidad y el tocino. ¿Qué tiene que ver la velocidad con el tocino? Averiguarlo». O esta que solo tiene el título: «El Principito bien dibujado». O una antología de poemas sobre la patata que partiría de estas premisas: «Repartimos poemas muy sencillos de autores conocidos y anónimos; sustituimos algunas de las palabras de los versos por la palabra patata y hacemos una ilustración».

La ilustradora Ramona Corder, presente en el simposio, se quedó con la copla y propuso encargarse del taller que podría convertirse en un libro. Así se hizo Pido la paz y la patata, número seis de la colección Aún aprendo, cuyos ejemplares han llegado a nuestro almacén esta misma semana.

Después de seis libros, tenemos aún más preguntas que respuestas. Quiero compartir aquí algunas de ellas.

1. ¿Es correcto decir que son libros hechos por niños o son más bien hechos con niños? ¿Pueden hacer libros los niños sin la guía o la dirección de personas adultas?

2. ¿Hasta dónde hay que guiar a los niños? ¿Hasta qué punto las sugerencias no son consideradas como instrucciones?

3. ¿Qué materiales de escritura y dibujo es preferible poner en las manos de los niños: aquellos que conocen o los que resultan más convenientes al fin de la publicación? Es decir: ¿es mejor usar lápices de colores, a los que los niños están acostumbrados, pero que dejan una huella débil sobre el papel, o rotuladores negros, que facilitan la reproducción de los textos y las imágenes?

4. ¿En qué lugar hay que esconder los lápices y las gomas de borrar para que los niños no los encuentren fácilmente?

Esto es una broma, pero es menos broma de lo que parece. Los niños más pequeños no corrigen sus dibujos y no hacen bocetos previos, pero la presencia de una goma de borrar encima de la mesa puede ser determinante. Alguien pensará: si está ahí será para usarla. La goma de borrar termina con muchos buenos dibujos. Lo mismo que el papel cuadriculado.

5. Los textos manuscritos de los libros infantiles, ¿deben escribirlos aquellos niños o niñas que tienen buena letra y cometen menos errores? ¿Hay que corregir todos los errores?

6. ¿Cuántas sesiones hay que dedicar a la creación de un libro hecho por niños? ¿Cómo se sabe que está terminado? ¿Quién lo decide?

7. ¿Hay que cobrar por los talleres? ¿Hay que pensar en la rentabilidad de estos proyectos para que resulten atractivos a quienes podrían replicar la experiencia en otros lugares?

8. ¿Cómo se establecen los derechos de autor? ¿Qué parte les corresponde a los niños? ¿Debe haber dinero de por medio, se pueden establecer otras recompensas alternativas o no tiene ningún sentido pensar en esto?

9. ¿Quiénes merecen la consideración de autores? ¿Qué ocurre con sus datos personales si son menores? ¿Cómo hay que gestionar los permisos con las familias?

10. ¿Pueden los editores ganar dinero con las obras en las que participan niños? ¿Pueden venderse licencias de edición a otros países? ¿Pueden mostrarse los libros en la Feria del Libro Infantil de Bolonia a pesar de que a sus autores no se les permita la entrada?

11. ¿Qué ocurre si alguien —una persona relacionada con la docencia o con el mundo editorial— quiere conocer a alguno de los autores infantiles para proponerle una colaboración? ¿Y cuando uno de los autores se postula para hacer un libro completo por su cuenta?

12. ¿Cuál es el público de los libros hechos por niños? Los libros hechos por niños, ¿son para niños?

Dejamos esta última pregunta flotando en el aire. Aunque tenemos algunas respuestas, no vamos a contestar ninguna por ahora y seguiremos adelante. 

Desde el principio, y como regla general, decidimos que no haríamos con los niños y sus creaciones gráficas y literarias nada distinto de lo que durante casi treinta años hemos venido haciendo con los trabajos de autores profesionales. Con la salvedad de los aspectos económicos, donde no hay asimilación posible, no hay por qué dar un tratamiento diferente a unos y otros autores. Por decirlo con pocas palabras: el respeto por el autor exige que no se intervenga sobre su trabajo sin pedir permiso; no hacer modificaciones que no estén consensuadas ni pedir cambios que no estén justificados o que puedan alterar profundamente el sentido de la obra realizada.

Antes de comenzar el taller, es necesario dedicar tiempo a las conversaciones para ponerse de acuerdo en los objetivos. Es conveniente que el trabajo avance en alguna línea determinada, aunque durante el desarrollo del proyecto —como hemos comprobado todas las veces— esa línea se vaya desplazando, dividiendo, complicando y enredando. Si nuestra intención es hacer un libro, lo primero que habrá que hacer es ver otros libros, porque hay libros de todo tipo y son muchas las decisiones que podemos tomar sobre la forma del objeto y sobre el modo de organizar los contenidos.

El trabajo principal de un editor literario consiste en resolver problemas, y hay muchas maneras de hacerlo. Así que, antes de comenzar un taller, vemos otros libros.

Y antes aún, nos recordamos a nosotros mismos que no es necesario hacer un libro si el material que conseguimos reunir no es suficiente o no resulta adecuado. No hemos de sentirnos obligados a hacer un libro más, porque ya hay muchos libros en el mundo. Lo importante es que el nuestro surja de una manera natural en un ambiente de juego y de disfrute.

Se nos ocurren pocas cosas tan sofisticadas como un libro. ¿Cómo puede entonces producirse un libro de una manera natural? Para contestar a esta pregunta es por lo que decidimos hacer los talleres que están en el origen de cada uno de los libros.

Cada proyecto es un experimento, y hay experimentos que no salen bien. O que no ofrecen, a nuestro parecer, los resultados deseados. Aunque no fructifique, el intento no tiene por qué ser visto como un fracaso. Siempre se aprende algo. Muchas veces se aprende más de los errores.

Lo que importa, sobre todo, es cómo se lleva adelante la actividad que hemos planeado con el objetivo de crear un libro. El taller, cuando funciona bien, por la energía empleada y por el esfuerzo invertido por el grupo, es casi seguro que será algo mejor que el libro. El libro será la memoria de una experiencia que nos resultó muy grata y que nos puso en contacto con un mundo, el del libro, que es apasionante. Y si no fuera así de apasionante, ¿por qué tantas personas en todas las épocas han buscado la cercanía con los libros? ¿Por qué se inventaron las bibliotecas? ¿Por qué existe una historia tan larga de destrucción y preservación de libros?

El libro proporciona una mirada particular sobre el mundo que conocemos, y también sobre el mundo que fue y el que vendrá. Nada queda fuera del libro. La creación de un libro es, además, una actividad que se realiza en grupo.

Casi sin darnos cuenta, aprendemos cosas sobre las moscas, las palabras salvajes, los estorninos, el órgano, las capibaras, la poesía y las patatas, el pláncton o los jardines urbanos, entre otros asuntos.

Nos planteamos, sobre todo, talleres diseñados para crear obras de autoría colectiva donde todos los participantes estén representados. Todos los libros, no solo aquellos en los que participan niños, son obras en las que intervienen muchas personas. Como excepción, citaremos el Diccionario de uso del español, de María Moliner, que podríamos decir que hizo ella sola. Pero no, no es así: a pesar del esfuerzo tan impresionante, ese gran libro no existiría sin la participación de mucha gente; algunas personas hicieron su parte antes de Moliner y otras en su misma época. Otras, que vinieron después, han logrado mantener viva esa obra.

Saber cuál es el papel de estas personas, conocer los oficios del libro, saber dónde y cómo intervienen los escritores, ilustradores, diseñadores, fotógrafos, correctores, editores literarios, maquetadores, tipógrafos, impresores, encuadernadores, etcétera, es una información que no poseen muchas personas que se consideran buenas lectoras y presumen de tener una relación frecuente con los libros.

Como consecuencia de esa ignorancia generalizada, no es de extrañar que en los talleres siempre haya algún niño o alguna niña que fantasee con la posibilidad de convertirse en una persona rica y famosa solo por figurar su nombre en uno de estos objetos revestidos de un raro prestigio.

¿Cómo no pensar así? Para muchos de ellos, formar parte de quienes crean los libros significa situarse al lado de una selecta élite de privilegiados. ¿Quiénes escriben los libros? Las personas que todo el mundo conoce que aparecen en los programas de televisión —incluidos los mismos presentadores de televisión—, los deportistas, actores, cantantes y políticos más famosos, los influencers y los youtubers de cualquier categoría. No sabemos muy bien qué hacen, pero firman libros.

Hasta aquí parece que estamos hablando de por qué existen los libros hechos por niños, y no de por qué no existen. Pues, bueno, existen porque hay personas que promueven los libros hechos por niños; y no existen porque, de manera natural, casi nadie piensa ni se ocupa de ellos.

[A partir de aquí, el ponente se lanzó a contar la peripecia particular de cada uno de los títulos de la colección Aún aprendo y ofreció detalles curiosos sobre el desarrollo de los talleres y la incidencia en el resultado final de los libros; pero esta parte, improvisada, no ha quedado recogida en el papel].

 

Texto leído el viernes 3 de julio de 2026 en Albarracín, dentro de las jornadas del FLAI 2026, VII Curso Internacional de Filosofía, Literatura, Arte e Infancia, bajo el título «¿Cómo se balbucea la democracia?».
Fotografía de Begoña Lobo