¿Por qué no hay libros para niños hechos por niños?
Los días 18 y 19 de octubre de 2024, un grupo de personas nos reunimos en Rubielos de Mora, pueblecito de la provincia de Teruel de algo más de seiscientos habitantes, para participar en un simposio al que dimos el nombre de «Aún Aprendo». Digo «personas» y no «especialistas», porque no sé si en este contexto hablar de especialistas tiene sentido. También la palabra simposio nos pareció más simpática que congreso, y más apropiada y específica que encuentro. Remite, por su etimología, a una celebración compartida, lo cual nos resulta especialmente grato.
El lema de este simposio Aún Aprendo, que se puede leer en el cartel que diseñó Silvia, una joven colaboradora de siete años, era el siguiente: «Para abrir la participación en los libros a los niños y las niñas, y a otras muchas personas que no suelen estar en el lado de quienes los inventan».
Las personas convocadas en esta primera edición son autores, editores, bibliotecarios y docentes. A algunos los conocíamos, a otros no. Con muchos de ellos habíamos conversado en distintas ocasiones sobre el mercado del libro, sobre la peculiar naturaleza de los libros infantiles y sobre los talleres creativos, y pensamos que sería una buena idea disponer de tiempo por delante para hablar con más profundidad de estas y otras cuestiones que nos importan en un espacio amable rodeado de naturaleza.
Las intervenciones tuvieron lugar en el salón de plenos del Ayuntamiento de Rubielos. Más que una sucesión de ponencias elaboradas con un vago aire académico, pedimos a los participantes que contaran sus experiencias en el marco establecido por el lema del simposio y que mostraran trabajos relacionados con el mismo, y propusimos que se abriera una conversación compartida por todos. En paralelo, se celebraron tres talleres con los alumnos de la escuela municipal. A pesar de ser un pueblo tan pequeño, la escuela cuenta con alrededor de sesenta alumnos.
Lo que sigue es solo un resumen, ordenado y redactado por los editores de Media Vaca, que pretende recoger algunas de las cosas que allí se dijeron.
Uno: Democratizar el mundo editorial. Antes que nada, es preciso poner de manifiesto una evidencia: lo que hemos dado en llamar «literatura infantil» es algo que se hace al margen de los niños. ¿Cuántos libros se exhiben en la Feria del Libro de Bolonia, la mayor feria del mundo dedicada a los libros infantiles? No hemos encontrado el dato. Solo el número de expositores supera los 1500. Muchos de ellos presentan sus obras a los premios a los mejores libros, pero también son tantos que nos ha dado pereza contarlos. Y bien, ¿cuántos de estos libros están hechos, en todo o en parte, por niños y niñas? ¿Alguien lo sabe? Probablemente no se considera un dato relevante; sin embargo, en un mundo ideal, en un mundo como el que quieren retratar muchos de los álbumes ilustrados que se ofrecen en esta feria, los libros deberían estar hechos por todos, y no solo por una minoría cada vez más profesionalizada. El mundo editorial —así lo pensamos— debería parecerse más al mundo real en términos de variedad y diversidad.
Dos: Utilidad de los talleres creativos. Miles de niños y niñas de todo el mundo participan diariamente en talleres creativos y plasman sobre un papel todo lo que ven y lo que imaginan. Algunos, por su cuenta, escriben y dibujan las historias que inventan, y otros, guiados por autores, educadores y docentes, aprenden a manejar recursos que harán que resulten más eficaces sus invenciones. Finalizado el taller, los dibujos y los escritos son repartidos y, en el mejor de los casos, acaban pegados en la puerta de una nevera, cuando hay nevera, o se guardan en un cajón, cuando hay cajón. Muy pocos de estos trabajos tienen una vida posterior a la del momento de su creación. No son nada frecuentes, sino excepcionales, las publicaciones que dejan testimonio de las creaciones individuales y colectivas llevadas a cabo por los niños, aunque estas sean en verdad excelentes. ¿No es una lástima? ¿No servirían estas publicaciones, por sencillas que fueran, como inspiración para otras que podrían surgir más adelante en esos mismos o en otros lugares? ¿Por qué hay tan pocos ejemplos de publicaciones de cualquier tipo realizadas a partir de talleres creativos? Los beneficios parecen evidentes: si les animamos a que intervengan en los libros, los niños y niñas verán reforzado su espíritu crítico y no se conformarán solo con ser sus principales consumidores.
Tres: Hacer es la mejor forma de aprender. En todas las biografías de jóvenes científicos y científicas hemos leído que abrieron infinidad de relojes para comprender su mecanismo, y no digamos nada del número de ranas (no lo diremos). De la misma forma, los cocineros (que citamos por ser hoy unos populares divulgadores científicos) no tienen más remedio que mancharse mucho y hacer todo tipo de experimentos para satisfacer su deseo de descubrir una nueva salsa. Solo haciendo libros llegamos las personas mayores a conocer estos objetos misteriosos, y solo haciendo libros podrán los más jóvenes formarse una opinión personal sobre ellos, al tiempo que aprenden a hacerlos mejores. Las teorías y las explicaciones no bastan, solo haciendo se aprende. Las editoras y los editores aprendices adquirirán una visión crítica sobre la forma de enfrentarse a este oficio tan antiguo, que puede ser contemplado desde diferentes perspectivas; descubrirán que hay libros de muchas clases, incluso algunos extraordinariamente raros; comprobarán que los mejores resultados se obtienen casi siempre cuando la creación es fruto de una labor colectiva; que nada se hace sin esfuerzo y que inventar libros puede ser realmente una actividad muy divertida.
Cuatro: Objeciones a una moda de los libros hechos por niños. Aunque los libros hechos por niños y niñas son más bien una rareza y parece estar todavía lejos el día en que se conviertan en una moda, varios participantes en el simposio alertaron de posibles problemas que convendría tener en cuenta: cuando esta aproximación de los niños a los libros no se efectúa de una manera natural, siguiendo los intereses y las inclinaciones de los propios niños, se corre el riesgo de convertir esta actividad en una moda que dé pie, por ejemplo, a esa clase de programas que la televisión llama «concursos de talento», en los que los participantes compiten por salir vencedores de una serie de pruebas y todo se mide en términos de éxito o fracaso. Así ocurre en los programas que buscan niños y niñas competentes que aspiran a convertirse en cantantes famosos o en cocineros no menos famosos. Otro peligro es que determinadas editoriales aprovechen la ocasión para promocionarse y publiquen obras de «niños prodigio» como una manera de alcanzar notoriedad y beneficios económicos. Hay múltiples ejemplos. Aunque no es algo de lo que suela hablarse, el trabajo editorial es muy satisfactorio incluso para las personas que no son ricas y famosas (casi nadie en este sector lo es, como sí ocurre en otras profesiones); por otra parte, el mundo es un lugar bastante más complejo de lo que muestra la televisión.
Cinco: Creación de una biblioteca y un repertorio de publicaciones. Creemos que no sería una mala idea que existiera una biblioteca dedicada expresamente a las creaciones infantiles y a obras con una serie de características especiales. Habría que reunir esos libros, repartidos por catálogos editoriales de aquí y de allá. Sin duda, no representan más que un ínfimo número de las publicaciones que se editan en todo el mundo, pero habría que ver qué efecto produce el conjunto de todos ellos. Sería una forma de dar visibilidad a un tipo de libros (los que están hechos por quienes no suelen hacerlos) que tienen mucho que ofrecer a la comunidad de lectores y al público en general. Esa biblioteca sería también un espacio para la realización de encuentros y talleres abiertos a todas aquellas personas, de cualquier edad y condición, que no suelen intervenir en los procesos de creación y difusión de los libros, y que ignoran todo lo referente a los mismos. En estos grupos, que no son en absoluto minoritarios, se encuentran los niños y las niñas, las personas mayores, la población que vive en ámbitos rurales, las personas con alguna discapacidad, las amas de casa, la población reclusa o las personas que viven en lugares donde la producción de libros no es muy relevante, como ocurre, por ejemplo, en numerosos países de África. También, por supuesto, en muchas otras regiones. Proponemos asimismo la formación de un catálogo de publicaciones interesantes (que cada cual entienda lo que quiera) a partir de los trabajos realizados en talleres, que preserve la memoria de unas experiencias valiosas y que, gracias a la información aportada, pueda constituir un medio eficaz para ayudar a ampliar la participación en los libros. Esta publicación, de carácter global, podría ser difundida a través de la red de bibliotecas y se iría completando con las contribuciones de los agentes del libro y sus promotores.
Seis: Papel de los editores. ¿Qué papel deberían jugar los editores en un mercado editorial que atendiera a los supuestos de este simposio? Es decir, dentro de un espacio más participativo que no se rigiera principalmente por motivaciones económicas y no estuviera dominado por los condicionantes de la actualidad y las modas. Probablemente, esta cuestión debe de planear alrededor de los muchos simposios que se celebran en todo el mundo y a los que asisten cuatro, cuarenta o cuatrocientos editores. O tal vez no, porque al parecer los «retos tecnológicos» ocupan a los editores la mayor parte de su tiempo. Sea como sea, hay otra pregunta que debemos hacernos antes: ¿cuál es exactamente el trabajo de un editor? En general, sabemos lo que es un escritor y lo que hace. Sabemos (algo menos) lo que es un ilustrador y lo que hace. Sabemos (pero no estamos seguros) de a quiénes podemos llamar «autores». Sin embargo, no sabemos casi nada de lo que hacen los editores. Hay tantas clases de editores como personas. En este simposio Aún Aprendo nos hemos reunido varias personas que decimos que somos editores y hemos puesto en común nuestros puntos de vista. Como una especie de resumen del resumen, hoy destacaremos solo puntos:
1. El primero se refiere a experiencias del pasado que convendría rescatar por las lecciones que pueden aportar para el futuro. Parece que en muchos terrenos estamos siempre empezando de cero, pero existieron Célestin y Élise Freinet, maestros que promovieron las técnicas de creación de textos libres en la escuela; Bruno Munari, autor de libros y diseñador innovador, que propuso libros incluso para no lectores; Paul Faucher (Le Père Castor), editor que popularizó los libros para todos los públicos y edades, etc. (Aquí vendría una larga lista de editores y autores que trabajaron para los libros experimentando con formatos, materiales y contenidos, y que asimilaron el libro a una forma de juego. Algunos lo hicieron tan bien que a los niños y niñas que leían sus libros no les entró ninguna prisa por hacerse mayores).
2. El segundo punto lo daremos en forma de interrogaciones. ¿Les puede interesar a los niños un libro sobre la muerte? ¿Les gustan a los niños los libros hechos por niños? ¿Puede una niña o un niño expresarse haciendo libros lo mismo que otras niñas y niños practican deporte o bailan ballet? En el simposio se habló de estas cosas, con una variedad de matices. Por lo que respecta a estas preguntas concretas, la respuesta fue en todos los casos la misma: sí.
Siete: Las infancias en el papel de editores. A veces es más importante, o tan importante, el desarrollo del proceso que da como resultado un libro que el propio libro. Los libros entretienen, informan y educan, pero hacerlos contribuye a la formación de las personas. El trabajo en común, la toma de decisiones, el tener que identificar y resolver problemas de índole muy distinta, fortalece la autoestima y genera seguridad. No nos referimos solo a los libros en papel, sino a muchos tipos de libros, que abarcan una multiplicidad de tareas muy variadas y que se desarrollan a lo largo del tiempo. Solo el pensar en ideas para libros ya tiene algunos efectos positivos: activa nuestra imaginación y nuestra curiosidad, nos pone en contacto con un acervo bibliográfico insospechado y nos empuja a realizar un trabajo de investigación y documentación sobre aquellos temas que hemos identificado y escogido como interesantes. Las pesquisas, los descartes, las conversaciones con compañeros y con desconocidos, la búsqueda en otros libros, siempre resulta enriquecedora. Alguien se preguntará: ¿Es acaso mejor un libro hecho por niños que otro hecho por profesionales? Pues no, no es ni mejor ni peor. Lo que está claro es que a los niños que han intervenido en él les va a resultar más útil.
Ocho: Libros de donde no se hacen libros. De la misma forma que el hacer libros sirve al desarrollo personal, también es una herramienta valiosa para dar cohesión a un grupo y a una comunidad. Favorece el intercambio de ideas y de experiencias, y une a las personas para lograr el cumplimiento de un objetivo común. Sería extremadamente útil en el medio rural; en lugares donde la vida social no es tan intensa, con una menor oferta de servicios y escasas alternativas de ocio. En muchas ocasiones se publican obras que hablan de lo rural, pero en las que acaba imponiéndose el punto de vista de personas que viven en la ciudad. Se podrían dar a conocer informaciones e historias con un enfoque completamente distinto. ¿No sería preferible que fuera la gente que vive en pequeñas comunidades más o menos aisladas la que contara aquello que de verdad les importa? Como expresó muy bien uno de los participantes en el simposio, el problema no es la despoblación de los pueblos, sino la superpoblación de las ciudades.
Nueve: Difusión de la variedad. Reclamamos un mercado de los libros más plural, así como una mejor difusión de algunos proyectos que no llegan siquiera a ser conocidos por quienes serían sus lectores naturales. La atención que permanentemente reclama la moda y la presión de la novedad saturan el mercado de una infinidad de productos con una vida muy corta, y en los que se advierte una gran uniformidad. El número de autores es limitado, pero también el número de temas es limitado; los enfoques con que se tratan estos temas son igualmente limitados. Todo esto provoca cansancio entre los lectores y no atrae precisamente a los no lectores. El mercado da la impresión de ser un mundo cerrado, un club selecto, al que se accede por invitación. Nos estamos acostumbrando a esta imagen de un mundo fuertemente jerarquizado en el que cada cual avanza (o retrocede) por un sendero que parece estar cada vez más predeterminado. ¿Qué ocurriría si dispusieran de vida comercial publicaciones realizadas por asociaciones culturales, por alumnos de escuelas, por personas mayores, por grupos que hablan lenguas minoritarias, por personas que viven en lugares alejados de los centros de producción de libros? Hay publicaciones que efectivamente se editan, en cortas tiradas y de manera más económica, gracias a la posibilidad de la autoedición, pero que no disponen de la posibilidad de ser vistas más allá del lugar donde fueron creadas porque reciben por parte de los profesionales del gremio una consideración muy distinta de las obras que etiquetamos como «comerciales». ¿No sería maravilloso que tuviéramos acceso a libros hechos por niños y niñas de diferentes países de África, de India, de Australia, de México? Para que eso sea posible, antes es necesario saber que esos libros existen. ¿Qué papel debería cumplir la prensa especializada? ¿Y los promotores de tantas obras que circulan por las redes sociales? Da la sensación de que se han multiplicado los canales, pero que no hay más variedad: las mismas cosas circulan por más lugares. Solo lo que se promociona, con gran esfuerzo y una importante aportación económica, consigue imponerse. Hay excepciones, como en todo. Por otra parte, para ser justos, hay que decir que en un mercado como el español, que produce del orden de 90 000 títulos nuevos al año, nada garantiza tampoco que un libro publicado por una editorial comercial con todas las bendiciones pueda encontrar un puñado de lectores.
Diez: Hacer circular las buenas ideas. Una reflexión en la que coincidieron la mayoría de los participantes en el simposio, es que es importante fomentar encuentros (se llamen simposios o no) para intercambiar experiencias y opiniones y para poder dar a conocer lo que cada cual hace en su espacio pequeño, a pesar de las limitaciones de todo tipo que condicionan su trabajo. Muchos editores, autores, docentes, educadores y bibliotecarios tienen ideas valiosas que pueden salir adelante con el apoyo de otros. Una bibliotecaria que acudió a Rubielos como oyente nos contó que en su biblioteca los niños y las niñas hacen sus propios libros (ejemplares únicos), y que han diseñado un lugar especial para ellos, donde pueden ser consultados y leídos por todos los visitantes. Sería fundamental establecer una red, a nivel internacional, donde se hagan circular buenas ideas como esta. Hay en todo el mundo personas que pertenecen al ámbito de los libros que no están satisfechas con el trabajo que realizan, y podría ser diferente. Hay educadores y docentes que estarían muy interesados en que se les facilitaran herramientas para poder desarrollar proyectos propios. Hay autores, escritores e ilustradores, que hacen una gran labor diseñando talleres con niños y niñas, y con otros grupos, y que no se resignan a que ese trabajo sea invisible. Más allá de las palabras, reclamamos hacer cosas. Podríamos empezar, por ejemplo, haciendo talleres que se conviertan en libros. Desde hace algunos años, ese es el trabajo que venimos desarrollando en la editorial. Llamamos a la colección con el mismo nombre, «Aún Aprendo», con que hemos bautizado este simposio (para simplificar), que es también el título que le puso Francisco de Goya a uno de sus últimos dibujos, en el que un anciano da sus primeros pasos sirviéndose de unos bastones. Hemos publicado ya tres títulos y pronto entrará en máquinas el cuarto, Visita a l’orgue, que recoge los dibujos y comentarios realizados por casi un centenar de niños y niñas de entre seis y doce años que visitaron los órganos de tres municipios de los Valles de Andorra.