Blasco, Ricard

Ricard Blasco, el exilio interior

 

No olvidaré uno de los momentos más íntimos con mi padre, cuando, al morir mi madre, y ante el terrible dolor de su ausencia, me confesó que no había pasado un solo día de su vida en el que no recordara a la suya, fallecida en el verano del 36, el año del comienzo de esa guerra que él denominaba «la guerra de los Tres Años». Acababa de cumplir los quince, pero las vicisitudes de una España compleja lo impelieron a madurar aceleradamente; y, supongo, forjaron su carácter, el de toda una generación que vivió entre el temor a contar y el deseo de no olvidar.

Aunque no tuvo la necesidad, como les ocurrió a sus amigos Jorge Campos (Jorge Renales) o Ramón de Garciasol (Miguel Alonso Calvo), de silenciar su verdadero nombre por supervivencia, mi padre fue asentando el suyo por razones de evolución personal: del Ricardo Juan Blasco de su juventud poética, pasando por el Ricardo Blasco de su vida profesional, hasta el reivindicativo Ricard Blasco valenciano de su finalmente hallada identidad de madurez. Fue el camino de lo que denominaba «el exilio interior».

Valencia durante la guerra era una ciudad llena de estímulos para quien, como mi padre, estaba ávido de conocer y dispuesto a una entrega vital. Con quince años, tras un verano convulso y complejo para un adolescente, intelectualmente todo son retos. El mismo día que murió su madre, en Torrent, subió a la azotea y escribió unos versos entre el dolor contenido y la rabia. El año siguiente, 1937, con apenas dieciséis, publicó la Elegia a un mort, con senyal del poeta Carles Salvador, lo que, en sus propias palabras, significó que «en poc mesos, havia passat de l’estat larvari a l’estat adult. Un adult responsable que assumia la plena responsabilitat d’aquell moment».

Revisando tras su muerte los libros que, según sus palabras, eran los de un confeso lletraferit, hallé algunos ejemplares de la Generalitat de Catalunya, de la biblioteca que Cultura Popular ponía al servicio del frente y de la retaguardia en la Valencia en guerra. Nunca nos contó plenamente esta etapa de su vida. Era muy reservado; pero, en ocasiones, se le escapaban retazos, por ejemplo, sus trabajos en Hora de España, que le permitieron conocer a los intelectuales republicanos del momento, como el pintor Ramón Gaya, o realizar una entrevista a Antonio Machado en Rocafort. Estaba afiliado a las Juventudes Socialistas Unificadas, y participó en 1937 en el II Congreso de Intelectuales para la Defensa de la Cultura en Valencia por la delegación valenciana. Allí se codeó, tan joven, con figuras nacionales e internacionales como Pompeu Fabra, Antonio Machado, Nicolás Guillén, Langston Hughes, Tristan Tzara… Una experiencia que no olvidaría. Y fue llamado a Madrid para dirigir un periódico en el frente del Ejército del Centro. Por la sublevación de Casado el proyecto se truncó, y Blasco volvió a Valencia en un camión que vivió todo tipo de contratiempos. Al llegar le comentaron que, desde la sede de la Alianza de Intelectuales, otro camión iría hasta el puerto de Alicante. Pero sería Albatera su destino final. Pudo salir de allí porque, al preguntarle su edad, y, dado que aún no había cumplido los dieciocho años y nada sabían los falangistas del campo de su actuación en el Congreso de Escritores del 37, recibió un salvoconducto para llegar a Valencia.

De pequeña, durante la Navidad en la casa de mis abuelos en el barrio de Ruzafa de Valencia, mi padre, con sus grandes ojos iluminados por el recuerdo, nos contaba cómo vio una noche la llegada de los Reyes Magos a través de un pequeño ventanuco de su habitación. Yo, naturalmente, lo creía a pies juntillas. Ahora, rememorando ese minúsculo cuarto, imagino que fue también el que albergó a Jorge Campos tras su salida de Albatera. Fueron los tiempos de la publicación de la revista Corcel, que mi padre dirigió desde 1942 hasta 1949, gracias a los suscriptores y pese a las dificultades de la censura.

El servicio militar obligó a Ricardo a vivir en Madrid. Para subsistir, por mediación de mi abuelo, consiguió un trabajo en CIFESA, la empresa cinematográfica de Luis Lucia. Allí ejerció como ayudante de dirección y guionista. Más tarde, logró dirigir sus propias películas. Hace poco tiempo, vi un documental sobre Ennio Morricone en el que el compositor rememoraba que, en sus inicios cinematográficos, Ricardo Blasco lo llamó para crear la música de su película Gringo (1963), el primer western europeo. Cuando Sergio Leone vio el filme, contrató al músico, y al resto del equipo, para sus producciones. Lo demás es historia del cine. Unos años más tarde mi padre pasó a la realización en TVE, donde, entre otros trabajos, llevó a cabo una ardua y seria labor de búsqueda de materiales por todo el mundo para sus programas sobre la historia de España, España siglo XX y Memorias de España. Su verdadera pasión era el estudio de la historia, y nunca la abandonó. Como tampoco la de la recopilación de cualquier tipo de documento que le permitiera ahondar en el conocimiento de su tierra, del País Valencià, que compaginaba en Madrid con los encuentros en la Colla Tirant lo Blanc con sus amigos valencianos Gonçal Castelló, Ricardo Zamorano, Berlanga, Manuel Vicent, etc. Tras muchos derroteros de la vida, había comprendido que su máxima satisfacción, su verdadera vocación, era el estudio de la cultura de su tierra natal, de su país, del País Valencià.

Los años setenta y ochenta resultaron para él prolíficos en sus investigaciones sobre la historia cultural de Valencia, y gratificantes por los premios recibidos. En 1983 publicó una de sus más celebradas aportaciones, La premsa del País Valencià (1790-1983), en la que pude colaborar modestamente con labores de catalogación, lo que me permitió conocer su estricto y riguroso método de investigación. Un día de julio de ese mismo año, al volver a casa vi a mi padre llorando, algo poco usual en él. Estaba desconsolado. Mi madre me dio la noticia: había muerto Jorge. Así, sin apellidos. No hacía falta. Jorge solo había uno. Era su amigo Jorge Renales, Jorge Campos. Era el final de un tiempo vivido con la intensidad que solo esa generación pudo vivir.

Mi padre murió en 1994. Hasta el último día siguió trabajando con la misma ilusión e idéntica entrega en los temas que siempre le apasionaron sobre su tierra, València.

Gala Blasco Aparicio