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LOS NIÑOS TONTOS
La niña fea “tenía
la cara oscura y los ojos como endrinas” y, por ello y por otras
circunstancias adversas, sólo era querida por la tierra. El niño
que era amigo del demonio sabía que estaba a salvo justamente
por eso, porque su amistad lo libraría de sus tentaciones. La
niña de la carbonería “tenía
polvo negro en la frente, en las manos y dentro de la boca” y por
eso buscaba en la Luna y en el agua el baño que habría
de dejarla limpia y bella. El niño que no lloraba ni tenía
ojos era capaz, en cambio, de provocar en su perro amigo uno de los
llantos más conmovedores que podamos haber escuchado.
Niños, niños tontos, hasta veintiuno, que Ana María
Matute nos presenta con su lenguaje más hermoso, con el lenguaje
que sale del dominio de la Lengua del buen escritor pero, sobre todo,
de la mirada sensible, de la ternura, de la buena persona. Niños
que miran, que sienten, que sueñan, que sufren que lloran. Niños
que se abrasan en el fuego terrible de nuestra codicia, que se ahogan
en los charcos inmundos de nuestras miserias, que son aplastados por
las estructuras que levanta nuestra vanidad, y que sólo tienen,
y no siempre, el amparo de una madre que se abrasa con ellos, que se
ahoga con ellos, que es destruida con ellos.
Los dibujos de Javier Olivares, claramente identificados con el texto,
crudos y tiernos al mismo tiempo, resaltan esta grandeza de “Los
niños tontos”. Media Vaca nos presenta, además, en
esta cuidada edición, sendos textos de la autora y el ilustrador
que nos permiten penetrar aún más en esta obra, digna
de figurar, sin duda, en todas las bibliotecas.
[ José María G. de la Torre, “Tonto
el que no lo lea”, La Razón, 17-XI-2001 ]
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