Zun Zun Pion Pion
09 de Enero de 2008 | Lecturas
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shintachoEXCURSIÓN A SHINTA CHO

Shinta Cho no es un lugar, y sin embargo la palabra excursión me ha parecido adecuada. No he llegado a Shinta Cho como ese viajero que al parecer todo lector lleva dentro, sino como un turista que sólo ha podido contemplar aspectos parciales y superficiales de un personaje y una obra que se adivinan mucho más interesantes.

Como curioso de los libros acostumbro a visitar bibliotecas y librerías en todas aquellas ciudades adonde llego. Al igual que los jardines botánicos, los museos o los templos, las casas de los libros son espacios recogidos que invitan a la introspección y, como regalo, proporcionan abundante información acerca de los lugares y las personas.

En 2003 nos encontrábamos en Tokio y le propuse a Begoña asomarnos a una librería. En esa selva de rótulos verticales, indescifrables para nosotros, ¿qué combinación de signos querría decir «librería»? El ángel de la guarda de 24 horas del turista acudió en nuestro auxilio y no tardamos ni tres minutos en avistar, sobre un edificio parecido al almacén de dinero de Tío Gilito —con letras perfectamente reconocibles y de considerable tamaño—, la palabra «LIBRO».
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La foto de despedida
05 de Enero de 2008 | Lecturas
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despedidaEn las páginas finales de Érase veintiuna veces Caperucita Roja está la foto de despedida del taller de verano del Museo Itabashi 2003. Habíamos pasado cinco días juntos: 22, 23. 24, 25 y 26 de julio. Habíamos trabajado muchísimo. Y estábamos muy contentos. Tanto que la energía que concentramos se mantuvo durante los años suficientes como para llegar a hacer realidad un libro imposible incluso para un editor de libros imposibles como es Vicente Ferrer. ¿Qué ocurrió aquellos cinco días? Yo, que también estoy en la foto, escondida entre las Caperucitas, fui a la vez testigo y parte de ese suceso.
Un ejemplo que nos habla de que la comunicación es posible, de que el trabajo bien hecho tiene éxito, de que el esfuerzo comunitario da fruto.

Érase una vez una directora de un pequeño museo municipal de Tokio especializado en las exposiciones de libros ilustrados; érase una traductora que aprendió a hablar castellano en Sevilla; érase un dibujante que se hizo editor para poder leer los libros que nadie hacía; érase un dibujante que vio esos libros en un stand en la feria de Bolonia y se quedó extasiado mirándolos uno a uno durante una hora; érase veinte dibujantes más que pidieron vacaciones en sus trabajos, prepararon su currículum, pagaron su matrícula y trabajaron duro durante una semana para medirse con un editor español del que no sabían nada, o casi nada; érase una de las dibujantes que decidió, acabado el curso, mantener el espíritu de grupo. Y yo. Ahí estamos en la foto —sólo faltan Tomoko y Yuka—. Muy contentos. ¿Qué pasó?

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Mi lista
29 de Septiembre de 2007 | Lecturas
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hogarthCharles Addams, Almada Negreiros, Mauricio Amster, Apa, Sergio Aragonés, Gerd Arntz, Eduardo Arroyo, Atak, Bagaría, Arturo Ballester, Rafael Barradas, Salvador Bartolozzi, Glen Baxter, Aubrey Beardsley, Max Beckmann, Peter Blake, Blanquet, R.O. Blechman, Bon, Pierre Bonnard, J. Borges, Mário Botas, Alberto Breccia, Pieter Brueghel, Wilhelm Busch, Jacques Callot, Josef Capek, Al Capp, Caran d'Ache, Jacques Carelman, Castelao, Cesc, Guillem Cifré, Sue Coe, Miguel Covarrubias, Shinta Cho, Chumy Chúmez, Seymour Chwast, Nicole Claveloux, Paul Cox, George Cruikshank, Robert Crumb, Honoré Daumier, Jack Davis, Kim Deitch, Fortunato Depero, Otto Dix, Gustave Doré, Henrik Drescher, Mort Drucker, Albrecht Dürer, Sophie Dutertre, Heinz Edelmann, Will Eisner, Fam Ekman, Mohieddin Ellabbad, El Cubri, Bill Elder, El Roto, Klaus Ensikat, James Ensor, Wolf Erlbruch, Max Ernst, Sara Fanelli, Lyonel Feininger, Flaxman, Jim Flora, Jean-Michel Folon, André François, Fred, Fresno, Shigeo Fukuda, Daniel Gil, James Gillray, Gin, Ricard Giralt Miracle, Milton Glaser, Lorenzo Goñi, 
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Medalla FAD
26 de Abril de 2007 | Lecturas
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especialistaSeguramente se hacen libros para ahorrarse los discursos. Y también, desde luego, porque los libros duran. No todos duran, y el misterio de los libros –el mayor de todos los misterios relacionados con los libros– es saber cuáles durarán y cuáles no. Todos los editores quieren que sus libros pervivan, y algunos incluso se toman algunas molestias para conseguirlo. Otros muchos, tal vez la mayoría, no se esfuerzan tanto, porque saben que los libros que finalmente quedan lo hacen por razones siempre misteriosas. Por ejemplo, El especialista, de Charles Sale, un relato que describe minuciosamente la construcción de una letrina en algún lugar del Oeste; o El principito, de Saint-Exupéry, una extraña historia interestelar con animales, vegetales y minerales parlantes que suele ofrecerse generación tras generación a los niños y que nadie podrá entender jamás. En cambio, no se conserva una frase de lo que escribió la filósofa y científica del siglo IV Hypatia, al menos bajo su nombre, o de lo que han escrito tantas mujeres a lo largo de la historia. En cambio, del Principito hay traducción al esperanto, con el fin de que una historia indescifrable se haga indescifrable para el número más amplio de lectores.

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Zaragoza de José Luis Cano
28 de Marzo de 2007 | Lecturas
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zaragozaCada casa editorial tiene su propia personalidad y responde a criterios e intereses distintos. Las hay que publican sólo libros sobre perros, o sólo de escritores que se llaman «Benito Pérez Galdós», o encuadernados con tapas de nácar. En la editorial que dirijo a medias con Begoña Lobo, sólo publicamos libros con ilustraciones a dos colores realizadas por gente que en casi todos los casos son nuestros amigos. El nombre de la editorial, Media Vaca, que impide dar solemnidad al negocio, ya lo dice todo.

Antes de que editáramos Zaragoza, había visto de Cano, sobre todo, sus famosos libritos dedicados a personajes ilustres de Aragón. Solía comprarlos cuando los veía en librerías y, después de conocer personalmente al autor, también me llegaban a casa a través del correo acompañados por unas simpáticas palabras suyas, lo que era motivo de doble alegría. Así pude leer El mago Chomón, y después Don Santiago Ramón y Cajal, y más tarde Miguel Servet y el doctor de Villeneufve, y Odón de Buen, el republicano de los mares, etc. Y también, Una infancia de cine y El esquizoide carácter aragonés, un librito aún de menor tamaño e impreso precisamente a dos tintas. Cuando el cartero me trajo el dedicado a Fernando el Católico, volumen décimo sexto de la colección de Xordica, ya tenía ganas de trabajar con José Luis, y le dije a Begoña: «Pues no va a haber más remedio que encargarle un libro a este hombre».

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