Un día en Oaxaca
27 de Enero de 2017 | Lecturas
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15 de noviembre de 2016. Estoy despierto cuando suena el teléfono de la habitación, a las siete en punto de la mañana. Es Nava: quiere saber cuándo podemos vernos porque quiere darme el número rosa de [la revista] Taco de Ojo antes de irse. Le digo que esta mañana nos vamos a un pueblo a repartir libros a escolares. Se apunta a la excursión, porque no tiene nada mejor que hacer, dice, pero le digo que mejor quedamos a las dos para comer: nos juntaremos con Are y Tonna, los diseñadores de Quatro Estudio, para despedirnos. Hago la maleta y llamo a Begoña por teléfono. Consigo hablar con ella, la localizo en el móvil. Bajo al vestíbulo y aviso a Roger Omar para que baje. Desayunamos rápidamente y salimos del hotel a las nueve menos cuarto para encontrarnos con Nicolás, que nos está esperando. Justo en el momento en que llegamos, sale por la puerta con una caja de libros. Llevaremos dos cajas a San Sebastián Teitipac. Subimos a la camioneta y nos vamos. San Sebastián está a unos 25 kilómetros del centro; podemos tardar tres cuartos de hora en llegar. El camino es bonito, atraviesa cerros redondeados. Nicolás nos cuenta que suele correr por esos cerros. Le gusta correr desde niño. El pueblo donde está la escuela Unión y Progreso, nuestro objetivo, parece que corre también delante de nosotros y se va escapando. Acabamos preguntándole a una persona que encontramos en el camino si vamos en la dirección correcta. Sí, la escuela está ya muy cerca, enfrente de la iglesia. Llegamos, bajamos las cajas de libros. Roger saluda a una señora que hace tortillas en la puerta de una casa, que también le reconoce. Suena música en el patio de la escuela. Dos músicos tocan la guitarra y cantan canciones populares: Gracias a la vida y La muralla, cuando nosotros llegamos. Los niños están sentados alrededor del patio, por grupos. Cuando ven a Roger, algunos gritan. Otros aplauden. El profesor Ignacio nos da la bienvenida y nos pide que esperemos a que acabe la canción para presentarnos. Una profesora se me acerca para preguntarme mi nombre. Se lo digo, y también que soy editor. Ignacio habla desde un micrófono y pide aplausos para nosotros. Nos pide que nos sentemos en unas sillas dispuestas del otro lado, junto a las autoridades del municipio. Nos sentamos a continuación de dos mujeres vestidas de enfermeras. Teníamos que haber llegado a las nueve y son casi las diez y media. Nos disculpamos. Sospecho que llevan un buen rato con las canciones, por el rico repertorio que manejan los músicos. El acto continúa con una escenificación donde los profesores representan a un gato, un perro, un caballo, etc., y hablan entre ellos con palabras que se confunden con las voces de los animales. Luego, tres niños (dos niños y una niña) interpretan, o más bien leen, el cuento de Juan Rulfo «No oyes ladrar los perros», que quizá no sea una historia muy infantil, pero que se presta para ser leída a tres voces. La niña que hace de narradora no necesita el micrófono: le pone tal entusiasmo que su voz debe de oírse en el pueblo vecino. Cuando termina la representación, el profesor Ignacio, gran maestro de ceremonias, anuncia a un coro de niños, Los Colibríes, que cantan y bailan. Varios colibríes intentan sacar a bailar a Roger Omar, pero este se resiste y ellos ya no insisten. Luego, el profesor anuncia «una premiación»: se van a repartir regalos a los niños ganadores de un concurso para elegir el lema de la biblioteca escolar y diseñar su logotipo. Los regalos los reparten las fuerzas vivas del pueblo, y a mí me dan para repartir el tercer premio, que le corresponde a Yael, un niño muy despierto al que ya conozco. Es uno de los niños con un sueño publicado en el libro; vino a Oaxaca con otros alumnos de la escuela el día que presentamos el libro en la FILO [Feria Internacional del Libro de Oaxaca]. El primer premio lo ha ganado una niña que ha propuesto el lema «San Sebastián del Libro», en zapoteco, y ha dibujado a una mujer y a un hombre sujetando un libro en el que se despliegan todas las casitas del pueblo. Después, Ignacio anuncia a «Las Colibrotas», «un grupo que se estrena hoy», formado por las madres de los niños. Ataviadas con trajes de fiesta, sujetan cestas con dulces bajo el brazo y arrojan caramelos a los niños mientras bailan dando vueltas. Algunos señores del grupo de las autoridades salen a bailar y, como me lo piden, yo también salgo. Roger disimula y se queda detrás de un grupo de niños; entre vuelta y vuelta, lo veo sacando fotos. En este momento hay una enorme animación en la escuela Unión y Progreso. El profesor Ignacio vuelve a tomar el micrófono y anuncia que todos los niños y niñas de la escuela van a hacer otro libro, y que lo publicará Media Vaca. Ignacio me mira sonriendo y, desde mi asiento, asiento (valga la redundancia) y hago un gesto de «Adelante». Enseguida llega el momento de inaugurar la biblioteca bautizada como San Sebastián del Libro. Nos desplazamos todos a un aula cercana siguiendo un camino de flores. En la puerta de la biblioteca hay una banda de tela que hay que cortar. Aparece, traída por alguien, una bandeja con cuatro tijeritas de manualidades. A mí también me dan una, pero no corta nada. Entramos todos en la biblioteca, niños y mayores, y todo alrededor, ocupando las cuatro paredes, hay estanterías bajas llenas de libros de la SEP [Secretaría de Educación Pública]. Entre ellos, varios libros de Media Vaca editados por la SEP para su Biblioteca de Aula: tres ejemplares de Robinson Crusoe, uno de No hay tiempo para jugar y otro de Aroma de galletas. Le enseño los libros a Ignacio, que se los muestra a su vez al alcalde y al concejal de cultura. Nos hacemos todos varias fotos con los libros. Luego, volvemos al patio donde se desarrolla la fiesta y parece que ya por fin va a llegar el momento de repartir los ejemplares del libro Oaxaca y los diplomas a los niños participantes. En broma, le digo a Roger: «Ahora se irán todos, ya verás». Ignacio vuelve a tomar el micrófono y anuncia que ya podemos irnos a comer una barbacoa. Creo que dice barbacoa. La verdad es que nos quedamos tan sorprendidos que ya no escuchamos ni entendemos nada. Roger se acerca para explicarle que hemos traído cajas con libros y que nos gustaría repartirlos. y que, además, no podemos quedarnos a comer porque yo tengo que coger un avión en unas pocas horas. Los niños han puesto pies en polvorosa y hay que llamarlos para que vuelvan. En medio del caos, repartimos los libros como podemos, y solamente unos cuantos diplomas. Y eso que todos tienen ya su nombre puesto, porque Roger se ha tomado la molestia de escribirlos la noche anterior o, temprano, esa misma mañana. Un padre, que ya conocemos de la presentación en Oaxaca, nos regala a Roger y a mí unos molcajetes, artesanía típica del pueblo, que muy bien pesarán dos kilos cada uno. Me cuenta que está escribiendo la historia de San Sebastián Teitipac, y que le gustaría que la leyera. Le doy una tarjeta y le animo a que me envíe un fragmento. Roger sigue repartiendo diplomas, y yo dibujo unas cuantas vacas en libros, diplomas y cuadernos escolares. Nos despedimos muy rápidamente de toda la gente que tenemos alrededor (aunque la mayoría se han ido a la barbacoa) y nos dirigimos al coche de Nicolás para volver a Oaxaca. Los tres estamos bastante desconcertados. Todo iba muy bien hasta la llamada a la comida. Pensamos que ha habido un malentendido, quizá habían previsto el reparto por la tarde. En cualquier caso, teniendo montadas las mesas, los micrófonos y a los niños formados, lo más sencillo habría sido aprovechar la ocasión. Habríamos ido nombrando a cada uno de los escolares para que saliera al centro del patio a recibir libro y diploma, y los niños leerían sus sueños, como hemos hecho en otros lugares. Ya en Oaxaca, pasamos por el [hotel] ONE para que Roger saque su maleta. Se le ha acabado la invitación de la FILO y debe mudarse de nuevo a la pensión a la que llegó el primer día. Nicolás le deja en la puerta de la pensión y a mí en el banco Banamex, junto a la [Biblioteca] Henestrosa. Saco dinero para pagar en el IAGO [Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca] los diplomas y los cuadernitos de sueños, y el resto de los carteles de Quintas. En la feria, me despido de Mónica Palomino y le doy a Nancy Mariano la colección de Libros para Mañana que no le di a Claudio Aravena, moderador de la charla, porque él trajo sus propios libros de Chile. Pago en el IAGO la cantidad pendiente y, luego, nos juntamos para comer con Are y Tonna, Nava y Roger. Are nos lleva a La Biznaga, un restaurante que conocemos bien porque hemos estado con Freddy en varias ocasiones. Me alegra volver. Areli se interesa por saber qué planes tiene la editorial. Le digo que me apetecería hacer libros muy populares y muy baratos, quizá cosidos con grapas. Después de la comida, Roger se despide: ha quedado con una amiga de Nicolás que le quiere pedir ayuda para un trabajo que está realizando sobre la memoria de los habitantes de su pueblo. Are y Tonna se van a su oficina, y Nava y yo nos acercamos a la imprenta de Quintas. Gabriel [Quintas] ha hecho una nueva prueba del cartel tipográfico que le he encargado. Cerramos la factura y le doy instrucciones sobre dónde entregar el trabajo cuando esté terminado. Nos despedimos hasta el próximo viaje. Nava me acompaña al hotel ONE, donde tienen que recogerme para llevarme al aeropuerto. Por el camino, va haciendo fotos de todos los grafitis que le salen al paso, especialmente los de un tal Nino, a quien se los borran (pero no del todo) y vuelve a pintar encima escribiendo «No me los borren por favor». A las seis menos cuarto, estoy en el hotel. Llegan dos chóferes. Uno se va con dos pasajeros, pero el otro debe esperar a una mujer que a las seis y cinco ha dicho que subía a la habitación a hacer las maletas y que tardaría quince minutos. Esperamos. Llega un tercer coche. Le pregunto al segundo chófer si la señora que ha subido podría llevársela el último coche que acaba de llegar, para irme yo con él en ese momento: el tráfico en Oaxaca es complicado y prefiero salir con tiempo. Los dos chóferes comprueban que el nombre de la mujer aparece en sus dos listas de pasajeros, así que deciden que yo me vaya primero. En ese momento, aparece la mujer, que ha tardado exactamente quince minutos, y cada uno nos vamos al aeropuerto en un coche distinto. El chófer me parece muy simpático, y cuando llegamos al aeropuerto le regalo el último ejemplar de Oaxaca que me queda, y le dibujo en él una vaca. El avión sufre un retraso de más de media hora. En México, en contra de lo previsto, nadie ha venido a recogerme. Espero, a pesar de todo, unos cuarenta minutos, y finalmente salgo a buscar un taxi. En el [hotel] Geneve me dan una habitación en un ala del edificio distinta de la de la vez anterior. Llamo a Lluvianel, coordinadora de FILIJ [Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil], por teléfono, para avisarle de que ya he llegado, pero me salta el buzón de voz. Es tarde, no vuelvo a intentarlo. Escribo la crónica de este día, un día largo. Antes de dormir, leo al poeta chileno Raúl Zurita: Nuevas ficciones. Parece un libro de sueños, pero no lo es.

Vicente Ferrer


Fotografía de Roger Omar.

 
Feliz 2017
20 de Diciembre de 2016 | Lecturas
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¡Feliz 2017!

¡Que todos
tus sueños
se cumplan!

Te desean, cordialmente, los editores de Media Vaca.

 

[Imagen: «Insomniaque», de Vincent Sardon. Ilustración perteneciente al libro Mis primeras 80.000 palabras ].

 
Varios premios
02 de Noviembre de 2016 | Lecturas
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Queridos amigos y amigas, nos alegra compartir con vosotros la estupenda noticia de estos tres premios recientemente recibidos.

Joan Fernández Negrescolor ha obtenido el Premi Junceda d'Il·lustració de 2016, en la categoría Divulgació i Ciència, por el libro Hay clases sociales, publicado por Media Vaca. La ceremonia de entrega de la 14ª edición de los Premios Junceda tuvo lugar el 24 de mayo en el Centre d’Arts Santa Mònica de Barcelona.

El jurado, formado por ilustradores profesionales, ganadores de ediciones anteriores, y personalidades del mundo de la comunicación visual, razonó así su decisión «Per la capacitat de síntesi, l’equilibri cromàtic exquisit i per un sentit de l'humor aplicat en la seva justa mesura».

Mikel Casal ha obtenido el Premio Euskadi de Ilustración 2016, por el libro Así es la dictadura, publicado por Media Vaca. El acto de entrega de los Premios de Literatura de Euskadi 2016 se celebrará el próximo 17 de noviembre en el Museo San Telmo de San Sebastián.

«El jurado destaca el aprovechamiento que Mikel Casal realiza de su capacidad divulgadora como autor de prensa y la adecuación de su propio bagaje de recursos expresivos al formato de álbum para la infancia. Con gran economía de medios gráficos, concentra la narración en soluciones humorísticas y guiños al joven lector implicando en ello una visión propia en la que el tema histórico-político se conecta hábilmente con una lectura del panorama actual. Las ilustraciones, además, rinden cuenta de la época en la que el texto fue concebido situándose en la herencia gráfica de los 70».

Por último, Media Vaca ha obtenido el Premio Gràffica 2016. El acto de entrega tendrárecientemente recibidos.osotros lass y personalidades del mundo de mayo en el cetendrá lugar el 25 de noviembre en el TEA Tenerife Espacio de las Artes de Tenerife.

«El jurado ha decidido que Media Vaca merece un Premio Gràffica porque hay multitud de editores pero ninguno son como Vicente Ferrer y Begoña Lobo. Porque su labor constituye una apuesta por la recuperación de relevantes textos que permanecían en el olvido dotándolos de una reinterpretación gráfica. Por llevar a cabo traducciones y obras originales que difícilmente serían publicadas por otras editoriales. Por dar salida a obras colectivas experimentales en las que su editor, Vicente Ferrer, imprime una unidad temática y conceptual».

 
La ausencia de Lluís Cerveró
01 de Septiembre de 2016 | Lecturas
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Conocimos a Lluís Cerveró en el año 2000. Él y Adelina nos abrieron la puerta de su casa modernista en El Cabanyal y pudimos contemplar los collages originales de Josep Renau colgados en su pasillo, la mejor sala de exposiciones imaginable. Una casa que explica su amor por los libros, los viajes, el arte y los tebeos. Todas las personas que hayan tenido la suerte de visitarla en alguna de las ediciones de Portes Obertes recordarán su hospitalidad exquisita, la claridad de sus explicaciones sobre la lucha por la defensa del barrio y, siempre, su sentido del humor. La mirada de Lluís y su sonrisa no se olvidan. Por eso, esperábamos la siguiente convocatoria de Portes Obertes para volver de visita, hasta que acabamos involucrándonos en la lucha de los vecinos del Cabanyal; ser parte de su resistencia nos permitió reconciliarnos con la ciudad en la que vivimos. En 2011 empezamos a trabajar en lo que finalmente sería Benvinguts al Cabanyal, un libro que recoge la memoria de este querido pueblo, convertido en barrio de Valencia. Lluís fue un informante irreemplazable: armadores de barcos con afán de aventura, maestros republicanos protagonistas de sellos de correos, doctores eminentes en universidades americanas, canciones infantiles imposibles de olvidar[1]. Conocimos, a través de sus relatos, la historia de su familia y la de sus vecinos. Pediatra en el Peset, aprovechó su jubilación para conciliar medicina, llengua y literatura: tuvimos la suerte de escuchar su sabia y divertida conferencia en el Octubre Centre de Cultura Contemporània sobre las enfermedades en El Tirant. Todos estos años buscábamos a Lluís para conocer su criterio, siempre elegante, discreto, conciliador y firme. Las deliciosas cenas en su casa se alargaban horas y horas: podíamos conversar sobre cine, arte, política o viajes. Dedicó mucho tiempo al excelente trabajo de documentación y escritura de El Cabanyal, per Exemple (1998-2013) Crònica de quinze anys de resistencia, manual de resistencia cívica.

Y aunque su ausencia nos duela tanto, nada de sufrir: nos lo pide Adelina, con la complicidad de Pablo Neruda y de Gene Kelly.


Begoña Lobo


[Lluís Cerveró ha fallecido en Valencia el 30 de agosto de 2016. La fotografía la tomó, en 2013, Sergi Tarín].

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«Soneto XCIV», Cien sonetos de amor (Pablo Neruda)

Si muero sobrevíveme con tanta fuerza pura
que despiertes la furia del pálido y del frío,
de sur a sur levanta tus ojos indelebles,
de sol a sol que suene tu boca de guitarra.

No quiero que vacilen tu risa ni tus pasos,
no quiero que se muera mi herencia de alegría,
no llames a mi pecho, estoy ausente.
Vive en mi ausencia como en una casa.

Es una casa tan grande la ausencia
que pasarás en ella a través de los muros
y colgarás los cuadros en el aire.

Es una casa tan transparente la ausencia
que yo sin vida te veré vivir
y si sufres, mi amor, me moriré otra vez.

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Singing in the Rain (Gene Kelly)

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[1] Nadala para la noche de Reyes. Cada verso lo inicia una sola persona y todos los demás corean el final.

A los Reyes,
Xiques i velles
I casades
I donzelles.

La xica de Roc
Té unes mamelles
Com a plats de foc
I uns mugrons
Com a cigrons.

Senyor Rei, jo estic ací,
vinguen casques per a mi.
Senyor Rei, jo estic allà,
vinguen casques per ençà.
 
Diego Bianki
11 de Agosto de 2016 | Lecturas
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Conocí a Diego Bianki a mediados de los años noventa. No recuerdo qué fue lo que me había llevado hasta Buenos Aires, pero el caso es que tenía unos días por delante y tiempo para dar paseos. Una noche me encaminé a una galería del barrio de Recoleta donde se inauguraba una exposición de la Comuna del Lápiz Japonés, y por suerte conseguí encontrar el lugar a pesar de la fuerte lluvia. El Lápiz Japonés era bastante más que una revista de cómics: era una revista de «Arte + Qomix». Había tomado prestado el formato de la revista Raw, que dirigían en Nueva York Françoise Mouly y Art Spiegelman, y era una publicación excelente que probablemente superaba a su modelo en más de un sentido. Detrás de ella, era evidente que había un equipo muy preparado, pensando, organizando y diseñando. A pesar de ser un producto genuino de la ciudad de Buenos Aires —una gran urbe situada en la periferia de los centros culturales—, El Lápiz Japonés era un proyecto independiente con la ambición de competir en un mundo sin fronteras. Diego Bianki asumía principalmente las tareas de edición y coordinación, junto con Sergio Langer, y firmaba asimismo diversas colaboraciones.

Diego me contó que su padre había trabajado en una tipografía. Desde niño le era familiar el mundo de las imprentas y su particular vocabulario. Curiosamente, esa circunstancia era compartida por otros miembros de la Comuna del Lápiz Japonés, que, además de ocuparse de esta publicación, multiplicaban sus actividades a través de grupos organizados de manera cooperativa, siempre alrededor del arte y de la gráfica, en distintos escenarios de la ciudad. Para satisfacer un anhelo personal y, quizá, como homenaje implícito a su padre, Diego diseñó un periódico que apareció un único día y que, como cualquier otro periódico, fue distribuido por repartidores de prensa y exhibido en puestos de venta de toda la ciudad. Sin embargo, y a diferencia de cualquier otro periódico, el diario de Bianki no era el producto de un periodista, ni siquiera el de un publicista, sino el de un artista visual. Quienes lo veían de lejos, prendido en el alambre de un kiosco, podían tomarlo fácilmente por un periódico normal, pero al acercarse descubrían que el texto a dos y tres columnas no era más que una falsa escritura; y las ilustraciones, manchas y trazos de tinta que representaban a unos simpáticos cronopios, felices por formar parte de ese juego. El único anuncio real —y legible— del diario era el de una plomería, aunque no pondría la mano en el fuego porque alguien humano fuera a contestar en ese teléfono.

Recuerdo especialmente este trabajo de Bianki porque en ese momento estaba planeando la posibilidad de crear una editorial dedicada a los libros infantiles y relacioné esta «experiencia gráfica» (como Diego la había llamado) con algunos proyectos de artistas de las vanguardias históricas de principios del s. XX que por entonces me atraían particularmente: cartelistas, muralistas, pintores, ilustradores de prensa, que, con la misma exigencia y planteamientos con que habían afrontado su obra «seria», habían realizado libros, muebles, objetos de diseño e incluso juguetes para niños. Tras estudiar la obra de estos autores (Lébedev, El Lissitzky, Munari, Torres-García, entre otros), mi idea era hacer libros en complicidad con una serie de ilustradores que no estuvieran encasillados en la ilustración de libros infantiles, es decir, que no aceptaran tácitamente los numerosos supuestos didácticos, educativos y psicológicos, y las improntas comerciales, que tan habituales son en este tipo de libros. Diego compartía esa misma inquietud, como se puede comprobar revisando el catálogo de la editorial Pequeño Editor, fundada por él y por Ruth Kaufman en 2003. Pequeño Editor ha abierto sus puertas a artistas gráficos con procedencias muy diversas, desde el cómic hasta el libro de artista, con una mirada más libre y desprejuiciada sobre las obras destinadas a los lectores más jóvenes.

Si un editor de libros infantiles ha de ser una persona informada y con opinión sobre autores y tendencias artísticas, y alguien receptivo a lo nuevo, ¿qué cualidades deberían adornar al ilustrador de libros infantiles? Seguramente son más, pero hoy —acabo de decidirlo— van a ser cinco. Coinciden exactamente con los cinco puntos que he escogido para referirme a la labor como ilustrador de Diego Bianki.

UNO. En primer lugar, y al igual que el editor, el ilustrador debería disponer de información y documentación sobre autores clásicos y contemporáneos, y en especial sobre aquellos que han proyectado sus creaciones sobre esos curiosos objetos que llamamos libros. Cuando le preguntaban al dibujante y artista Saul Steinberg por sus influencias, contestaba que sus influencias abarcaban toda la historia del arte; es decir, todo el arte egipcio y, también, los artísticos envoltorios para chocolatinas del siglo XIX. Después de tantos siglos de creaciones, alguien podría decir que el espacio para la originalidad es reducido, pero los logros de los buenos autores de cualquier época, anónimos o conocidos, pueden y deben ser recogidos y ampliados por quienes les han sucedido en el tiempo. Resulta evidente que a Diego Bianki no le son ajenos los collages de Kurt Schwitters, hechos con humildes billetes de tranvía y etiquetas levantadas del suelo. Tampoco los juguetes de Joaquín Torres-García, que están, por ejemplo, detrás de su libro Rompecabezas.

DOS. El ilustrador de obras infantiles debe tener el gusto por la experimentación. Según el escritor Bernardo Atxaga, el ilustrador de libros infantiles constituye un paradigma del artista libre, entregado al juego. Como autor, es uno de los que goza de mayor libertad a la hora de realizar su trabajo. Ni el escritor, generalmente muy presionado por un círculo de críticos y editores (y por su club de lectores), ni los propios editores, sometidos a las reglas de un mercado sumamente rígido, disponen de semejante margen de actuación. Esa libertad para inventar mundos con sentido y con belleza desde el papel en blanco, debe ser aprovechada por el ilustrador. Sin embargo, no todos los ilustradores se sienten cómodos experimentando: de manera consciente o inconsciente, muchos reducen su actividad a la imitación y repetición de fórmulas de éxito. Entre quienes experimentan, tampoco son tantos los que consiguen logros destacables. En mi opinión, Bianki es uno de ellos. Candombe es fruto de una investigación sobre el folclore afroamericano el Río de la Plata; Con la cabeza en las nubes es un proyecto lúdico sobre esas figuras fantasmales que recorren los cielos, donde se juega a buscarles el parecido.

TRES. Para poder desarrollar las capacidades del medio, es necesario que el ilustrador esté familiarizado con los procedimientos técnicos que permiten la producción del libro ilustrado. El ilustrador no es un artista que vende sus obras en una galería: el objeto de su arte es un libro impreso. Debe conocer bien los procesos industriales: sólo así podrá resolver los problemas que se le planteen, y establecer a su vez nuevos problemas que habrán de ser resueltos por otros. Cuando uno se sitúa frente a la obra de Diego Bianki, reconoce que ha trabajado cerca de las imprentas y que domina las artes del oficio.

CUATRO. Es fundamental cultivar el trato con personas jóvenes, y con aquellas personas no tan jóvenes que siguen manteniendo eso que llamamos un espíritu joven (y que muchos jóvenes, precisamente, no tienen). Bianki, no sólo sabe construir artefactos con eficacia, sino que sabe desmontarlos; y realiza talleres donde se fabrican libros vivos, libros hechos entre todos. El ilustrador que hace periódicos ilegibles, enseña a leer imágenes. Despliega una intensa actividad como tallerista, y suele trabajar con niños —también de zonas rurales— en la fabricación de libros. A través de estos talleres, el ilustrador hace libros que son juguetes y produce collages donde se mezclan todas las artes; aprende a conocer a sus lectores, que no son solamente niños y que no son ni tan siquiera lectores (es decir, todavía no saben que lo son), les introduce en las técnicas manuales y les enseña, por ejemplo, la importancia del reciclaje.

CINCO. Al ilustrador de obras infantiles de poco le servirán los experimentos, la investigación y el estudio sobre autores del pasado y del presente, el conocimiento de las limitaciones de los medios técnicos (o el vértigo ante sus infinitas posibilidades), y el contacto con lectores y con especialistas de diversos lugares del mundo, si no muestra coherencia y fidelidad a unos intereses propios y sabe hacer emerger en su obra un mundo personal y reconocible. Solamente los ilustradores que cumplen esta última condición pueden llamarse con propiedad autores. Diego Bianki lo es, como demuestra claramente el hecho de que todos sus libros estén reunidos en un mismo lugar de mi biblioteca. Todos están, además, a una altura accesible, lo que también debe de querer decir algo.

Después de seguir su obra durante bastante tiempo y de encontrarnos en numerosas ocasiones, resolví encargarle un libro. El encargo se hizo efectivo más o menos en el año 2001, poco antes de que Pequeño Editor comenzara su exitosa andadura. En esa época, Diego vivía en Colonia del Sacramento, Uruguay, y viajaba semanalmente a Buenos Aires, donde colaboraba con el suplemento cultural del diario Clarín. Me enseñó unos cuadernitos de pequeño tamaño, pero muy voluminosos, en los que dibujaba, pegaba papeles y manipulaba una gran variedad de materiales impresos. Esos cuadernitos, que hacía exclusivamente para él, por el placer de experimentar, y que utilizaba como un banco de pruebas, fueron el punto de partida del proyecto que nos ha tenido ocupados a ambos durante bastante tiempo: un libro que, tras sufrir sucesivas transformaciones, ha visto la luz en 2014, después de más de diez años. Empezó siendo una versión ilustrada de ciertos pasajes del Libro del desasosiego de Fernando Pessoa, y ha acabado convirtiéndose en un diario muy personal sobre la ciudad de Buenos Aires. Según Diego, también es un libro que habla de la basura, y que, probablemente, servirá para explicar a los lectores más jóvenes el significado del concepto «basura cero». También es, claro está, un libro de poesía. En todo este tiempo transcurrido, mientras el libro se iba haciendo en la cabeza de su autor y sus materiales iban ganando terreno dentro de su estudio (y muy pronto en cada una de las piezas de la casa), el autor y el editor hemos envejecido, como la pequeña Zazie, la heroína de la novela de Raymond Queneau; Pequeño Editor ha ido creciendo hasta formar un catálogo que sobrepasa el de Media Vaca (lo que tampoco era difícil), y Diego Bianki ha conseguido que sus lectores esperemos con desvelo su último proyecto gráfico.

Vicente Ferrer
Editor de Media Vaca

[Texto escrito para acompañar a la nominación de Diego Bianki al Premio Andersen de Ilustración 2016].
 
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