Villamuza, Noemí
Libro de nanas
Mis primeras 80.000 palabras

villamuza

  Noemí Villamuza nació en Palencia el año 1971. Era diciembre, hacía mucho frío afuera y no apetecía nada nacer. Hubo que convencerla con canciones y con la promesa de un gorrito de lana.

Cuando era niña le gustaba dibujar, sobre todo personajes con más de diez dedos en cada mano. Así la gente podría hacer varias cosas a la vez y todo el mundo terminaría antes su trabajo. Así habría más tiempo para dedicarlo a los juegos.

Noemí estudió Bellas Artes en Salamanca y se dedica profesionalmente a la ilustración desde hace seis o siete años. Ilustrar no es lo mismo que dibujar: es una forma especial de contar cosas utilizando imágenes.

En la actualidad la ilustradora vive y trabaja en Barcelona. Desde que comenzó su carrera profesional ha podido ganarse la vida con las líneas que dibuja y ha hecho ya bastantes libros, por los que ha recibido felicitaciones y premios.

Noemí sigue siendo una niña que dibuja niños. Sus niños parecen sacados de un manual de botánica: son seres hermosos, silenciosos, llenos de gracia y misterio. A ella le divierte que la gente le diga que hace unos dibujos muy delicados, cuando no hace otra cosa que llenar papeles de líneas sucias. Su lápiz es un insecto de apariencia primitiva que hurga en el papel insistentemente como si éste constituyera su principal alimento.

Los dibujos de este libro de nanas son en blanco y negro porque los originales han sido realizados bajo la influencia de la noche, y la noche, como todos sabemos, se ha inventado para que los ojos puedan descansar de los colores.

Cuando era niña, Noemí tenía miedo a la oscuridad porque en ella cabían demasiadas cosas: ¡cabía hasta el coco! Ahora ha crecido, pero sigue teniendo miedo porque también ha aumentado el número de cosas que caben en lo oscuro.

No sabe si sus padres le cantaban nanas, pero sí que recuerda los cuentos que inventaban para ella. Los domingos la familia salía de excursión al campo y por la noche Noemí soñaba con una torre metálica que tenía escaleras de caracol. Era un puesto de vigilancia para el guardabosque que se levantaba en medio de una reserva de ciervos. En sueños ascendió muchas veces por aquellos peldaños de hierro. Dando vueltas y vueltas a la espiral se llegaba hasta lo más alto de la torre, hasta lo más profundo del sueño. Desde allí se veía todo el mundo y más allá del mundo. Incluso aquel lugar donde los ciervos y los niños se reunen en secreto.

Herrín Hidalgo

Autorretrato de la autora