Borucka-Foks, Agnieszka
¡Fuego!
Mis primeras 80.000 palabras

Agnieszka

  Agnieszka Borucka-Foks nació en Varsovia en 1974 y estudió diseño gráfico en la Escuela de Bellas Artes de su ciudad. Agnieszka y su esposo, Mateusz Foks, viven actualmente en la población de Grodzisk Mazowiecki, con sus dos hijos, Teodor y Franek, donde trabajan juntos en el Studio Projektowe MATEO, dedicado a la ilustración, la fotografía y el diseño gráfico. Agnieszka realizó su proyecto sobre Pali sie! en 1999, como un ejercicio de curso dentro de la especialidad de Diseño de Libro. Siguiendo las indicaciones de los profesores Grazyna Lange y Maciej Buszewicz, todos los estudiantes desarrollaron sus propuestas a partir de poemas de Brzechwa. En 2001, poco después de su graduación, Agnieszka asistió a la Feria del Libro para Niños de Bolonia, donde nos conocimos. Allí nos presentó una maqueta de su trabajo, que provocó al instante nuestro deseo de publicarlo. Desde entonces hemos estado tratando de encontrar el modo de hacerlo. Parece increíble, porque han pasado más de diez años, pero cosas más increíbles se han visto. (Por ejemplo, que alguien cruce el océano Atlántico a nado, o que alguien sea capaz de memorizar hasta 40.000 decimales del número pi). Recuerdo que en Bolonia nos juntamos para cenar una noche un grupo de ilustradores muy variopinto en el que había polacos, portugueses, italianos, españoles y japoneses. Ocupamos una larga mesa en un restaurantito y debimos de comer platos de pasta o pizza, o ese aperitivo que sirven con los martinis y que constituía nuestra comida principal durante los ajetreados días de la feria. No todo el mundo hablaba inglés, así es que la comunicación se desarrollaba en parte por gestos o mediante dibujos. En algún momento, es cierto, nos encontramos todos participando en una conversación común sobre las voces de los animales. ¿Cómo maúlla el gato en Polonia, en Portugal, en Italia, en España, en Japón? Y el perro y el cerdo, ¿qué hacen? El camarero nos sorprendió haciendo el burro y no entendía nada.
 
Nuestra primera intención fue publicar Pali sie! conservando el texto polaco y los gritos polacos de «¡Fuego!». Con ese propósito, durante algún tiempo realizamos consultas a muchos amigos y profesionales del ámbito de los libros infantiles. A unos y a otros les preguntaba: «Si vieras este libro en una librería o una biblioteca (y enseñaba la maqueta), ¿lo abrirías?, ¿harías algún esfuerzo por intentar leerlo?». Las respuestas fueron más bien desalentadoras. Algunos reconocían que mirarían el libro, pero convencidos de antemano de que no iban a entender nada. Yo insistía: «Cuando escucháis música cantada en un idioma que no conocéis, ¿no bailáis?». Pues al parecer sí, la música se baila, pero la tipografía no. No me pareció justo, porque estoy seguro de que sí hay quien baila con la tipografía, pero, por lo que sea, acabamos cediendo y por primera vez pensamos seriamente en la traducción del poema. Lamentablemente, ningún traductor profesional quiso acompañarnos en esta aventura y acabamos recurriendo a Herrín Hidalgo, un amigo y medio pariente que ha trabajado a partir de la traducción literal realizada por Krystyna Magdalena Libura, una generosa amiga polaca y mexicana. En su casa de México D. F., Krystyna le dictó al atrevido Hidalgo lo que decían los versos y este lo copió apresuradamente (porque tenía que salir corriendo hacia el aeropuerto) en un papelito que conservó durante años cuidadosamente plegado dentro de un diccionario polaco-español. Hace unos meses, Hidalgo localizó a Krystyna en su pueblo natal, Sanok, y le consultó algunas dudas. Llegados aquí, habría que decir que quien desee disfrutar por completo del poema de Brzechwa debería aprender polaco, o como poco escucharlo de boca de un polacohablante, porque al poeta siempre le gustó jugar con las palabras y su sonido. El poema original suena parecido a un rap, y nuestra versión, siendo muy indulgentes, a Charles Aznavour o a Adamo cantando en castellano. ¡Y eso ya sería algo! En algún momento de flaqueza hemos llegado a pensar cuántas molestias nos habríamos ahorrado si nos hubiéramos limitado a transcribir el himno que Rubén Darío dedicó a los bomberos de Santiago de Chile en 1888, y que dice así:

     ¡Suena alarma, valiente bombero!
     Va la bomba una hoguera a vencer.
     Ponte el casco y camina ligero
     donde vibra el clarín del deber.
     —Vamos, vamos, con paso ligero,
     donde vibra el clarín del deber.
     ¡Marchad!
     ¡Volad!
     ¡Fuerza, ardor y voluntad!

     Oro y sangre semeja la llama
     que voraz en el aire se eleva;
     sopla el viento que aviva y renueva
     del incendio el poder destructor.
     Al hogar amenaza la ruina
     y con eco de angustia infinito
     sobre el ruido fatal se oye un grito
     que demanda ¡socorro y favor!

     Voluntarios, ¡corred hacha en mano!
     Brilla el fuego furioso y devasta.
     La humareda y el rayo que aplasta
     venceréis con constancia y valor.
     Héroes bellos, rodeados de chispas
     y de llamas terribles, vibrantes:
     os saludan las bombas humeantes
     con su fuerte y soberbio clamor.

     ¡Gloria a aquel que sucumba en la lucha,
     valeroso, sublime, esforzado;
     gloria a aquel que al deber consagrado
     salva vidas, riquezas, hogar!
     Bronces hay que sus cuerpos encarnen;
     y el recuerdo del fiel compañero
     en el alma viril del bombero,
     ¡nunca, nunca se puede borrar!

Todos conocemos otras composiciones del poeta nicaragüense donde este juega alegremente con los sonidos de las palabras («Ya se oyen los claros clarines»), pero en esta ocasión el tono es más bien trágico y solemne, quizá porque así lo pide el género himno. Aunque en el fondo los dos poemas vienen a contar lo mismo, no puede haber dos poemas más distintos. La diferencia la marca el humor, su verdadera música, que es, en nuestra opinión, lo que sería preciso preservar en cualquier traducción del poema de Brzechwa, junto con su ritmo desbocado. En cuanto a la forma, el poema original (que también hemos copiado en otro lugar de este libro) está compuesto por versos de diez sílabas con cesura detrás de la quinta; nosotros lo hemos convertido en una especie de romance, que es un género apropiado para los poemas narrativos y muy habitual en lengua española. Por lo que se refiere al contenido, ha sido necesario realizar algunas supresiones y modificaciones que me gustaría comentar. En el poema original, la acción (es decir, el incendio) tiene lugar en la ciudad de Lódz (pronunciar «gudz») y las calles que los bomberos tienen que atravesar para llegar hasta el origen del fuego son evidentemente calles de esa ciudad: la calle Sienkiewicz, la calle Kollataja, la avenida Primero de Mayo. En nuestra versión, como se habrá podido apreciar, los nombres de las calles son otros. También es distinto el santo patrono de los bomberos a quienes los operarios de la bomba se encomiendan para que acuda a socorrerlos: en Lódz y en el resto de Polonia, y en otros muchos países, el patrono es san Florián de Koch, un santo de origen austríaco al que pintan vestido de romano vertiendo agua sobre una casa en llamas por medio de una regadera o un cubo. (Era, sin ninguna duda, un experto apagafuegos). En España, en cambio, el patrono de los bomberos es san Juan de Dios, un santo de origen portugués al que se representa dando cobijo a los desvalidos. Fundó albergues para personas sin recursos, y cuando en el Hospital Real de Granada se declaró un devastador incendio (el 3 de julio de 1549), fue el primero en acudir a la voz de auxilio. Según cuenta la leyenda, salvó la vida a todos los enfermos sacándolos uno por uno del interior del edificio en llamas, y después volvió a entrar, con mucha sangre fría, para salvar también las camas. La trompeta en el poema de Brzechwa suena «tram-tra-ta-tam», mientras que en España suena más bien «tararí». Aunque, bueno, esto en realidad no importa demasiado. De lo que se trata es de que los lectores disfruten con las peripecias de los esforzados y valerosos bomberos, que se alegren de su victoria al grito de «¡Fuego!», y que sepan que una ciudad, incluso una ciudad importante como la de esta historia, puede llegar a ser salvada por una diminuta y despreocupada mosca.

Vicente Ferrer