Raros, viejos, agotados y curiosos
03 de May de 2003 | Lecturas
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rectorpesetEn algún momento del siglo XIX se inventó la infancia, el mundo se fue llenando de libros para niños, y se creó una industria editorial que por mucho tiempo vivió –y sigue haciéndolo- de nombres como los de Jules Verne, Carlo Collodi, James M. Barrie, Robert Louis Stevenson o Lewis Carroll, entre tantos otros. Autores cuyas obras estaban dirigidas al público en general, no sólo a los niños. Hacer de esas lecturas y de las muchas que vinieron después algo genuinamente infantil no deja de ser ortopedia didáctica de ciertos padres y maestros, espoleada por editores con escasa imaginación. No resulta fácil usar la palabra infantil con sentido crítico, advierte el imprescindible La experiencia de leer, de C. S. Lewis. «¿Quién que esté en sus cabales –escribe- no conservaría, si pudiera, aquella curiosidad incansable, aquella imaginación tan vívida, aquella facilidad para suspender la incredulidad, aquel apetito insaciable, aquella disposición para el asombro, la compasión y la admiración?».
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Gozos de la vista
13 de January de 2000 | Lecturas
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eslovaca3Hay que aprender a usar los ojos. Son una infinita fuente de placer y a menudo los maltratamos poniéndolos frente al televisor o delante de tanto adoquín con apariencia de libro. No demostramos mucho amor por nuestros ojos, los aburrimos con sandeces. Deberíamos sacarlos de paseo por bellos parajes, y si no, deberíamos sacárnoslos por las buenas y regalárselos a alguien más necesitado de ellos, o quizá a uno de esos aficionados a la cocina audaz. 

Los ojos ven, miran, observan, descubren, aprecian, divisan, avistan, columbran, perciben, reparan, examinan, reconocen, distinguen, otean, contemplan, curiosean, fisgan, atisban, ojean, advierten, acechan, espían, vigilan, vislumbran... Una persona con un par de ojos sanos no debería aburrirse ni un momento. Incluso con un solo ojo se lo pasa uno pipa. El mecanismo de una máquina exprimidora, un ministro resbalando en el hielo, un bañista pidiendo socorro, una mosca golpeándose contra un cristal, una azafata mostrando el uso del chaleco salvavidas, dos gorilas besándose, etc., son cosas que vale la pena ver por lo menos una vez en la vida.

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El ilustrador como mueble
10 de September de 1998 | Lecturas
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sillas2
Para Concha Azcoiti


Esta silla

Mi abuelo, el barón de Chlussowiez, era un gran artista. Aprendió a pintar copiando láminas de Brueghel y retratos de santos con cara de cabreo. Se metía en el bosque y volvía a salir al rato convertido en arbusto, cargando con una colección de raíces retorcidas a las que daba forma de pájaro. Con cáscaras de huevo les fabricaba los ojos.

Durante una época pintó árboles exclusivamente. Y descubrió que aquello que ponía sobre el papel seguía siendo árbol aunque le suprimiera las hojas, aunque eliminara después el tronco y las ramas. Era pino o ciprés o sauce o algarrobo, y no era más que dos gotas de agua coloreada.

Salía de excursión con sus amigos pintores y, sentados a la sombra de un roble, en la plaza del pueblo, un día de procesión compitieron a ver quién pintaba más monaguillos. Terminado el cuadro, hicieron el recuento.

Mi abuelo el barón, cuando no pintaba en el bosque o en un banco del pueblo, lo hacía en un cuarto de su casa de la ciudad que había acondicionado para que le resultara cómodo. Allí tenía una mesa inclinada con un flexo y una silla giratoria que le permitía acceder a los instrumentos de dibujo repartidos por la mesa, y cambiar de postura de vez en cuando.

Después de morir mi abuelo, yo recibí como recuerdo suyo, no las pinturas, ni la mesa, ni el flexo, ni su carpeta de pintor, sino la silla. Esta silla desde la que escribo ahora y que para mí representa, como ningún otro objeto, la figura y la esencia misma del dibujante.

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