El Persa
20 de June de 2012 | Lecturas
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Persa.2El Persa (Pepe Cardona) ha muerto hace unas horas. Ha muerto Pepe Cardona pero no El Persa. El Persa sigue y va a seguir con nosotros. Está en sus libros y en sus dibujos, en sus recortables y en sus pinturas. En sus historias que contaba en cierto modo como Joyce escribía en las tabernas, a perder. Y podía perder no sólo sus papeles sino incluso las palabras. Sin embargo, cuando ahora cierro los ojos, veo aquellos papeles que El Persa olvidaba, y oigo sus palabras a las que apenas él prestaba atención. Y, por supuesto, ninguna importancia.
Todo eso que no existe nos lo ha dejado. Quienes fuimos sus amigos lo sabemos. Lo que deja tras de sí un ser humano excepcional es lo que no se ve: no es una obra escrita o pintada —esto además— es bastante más que eso: es todo aquello que sabemos que pudo hacer y en cierto modo hizo, aunque sin hacerlo. 
Ver a un amigo que sufre y se resiste a morir porque no cree que su hora llegó, y no lo cree porque no hay hora aceptable para ninguna muerte, ver a este amigo sufrir de ese modo sin poder hacer gran cosa a pesar de todas las ayudas médicas, es tremendo y es indignante. Y El Persa era consciente de su situación y de la situación —y del dolor— de quienes como su mujer y su hija lo cuidaron y lo quisieron al máximo. Me consta cuánto pensaba en ellas, y cuánto las amaba.
A mí, personalmente, me dio ejemplo de dignidad que era la prolongación natural de su dignidad sostenida a lo largo de toda su vida. La parte de vida que pude ver no tuvo que contármela. La que no vi, puesto que no lo conocía ni en su infancia ni en su juventud sino bastante más tarde, esa parte que no vi, la iba contando a trozos sin darle importancia, sin quejas, sin envidias o rencores. Incluso con alegría. El Persa era un niño muy alegre.
Cuando un hombre no envidia y  no guarda rencor sino que mira adelante y trata de hacerte siempre pasar un buen rato, no quieres dejar de ser su amigo. Necesitas esa amistad y hasta deseas largarte antes que él de este mundo para tener cerca al amigo hasta el final. Puro egoísmo, lo sé; pero si lo expreso de esta forma es para repetirme que siento su muerte no sólo como una desgracia para todos, sino también como una pérdida personal de alguien capaz de hacerte más soportable lo que a todos nos parecerá insoportable: morir sin esa mirada de comprensión y de apoyo.
Días atrás, cuando todavía aunque con mucho esfuerzo, podía incorporarse, me abrazó con una fuerza que ya no tenía a las puertas de su casa. Este fue, pensé al despedirme, su adiós: porque él sabía que no íbamos a vernos nunca más.
Cuando recibí esta mañana la noticia, cerré los ojos: El Persa aún estaba abrazándome. No había dejado de hacerlo desde aquel último abrazo, cuando pronunció mi nombre dos o tres veces, y lo miré al rostro, y advertí que había lágrimas en sus ojos.

Ignacio Carrión

«Un hombre que ha muerto pero no va a morir»; publicado en «Escritura interior» el 19/06/2012; http://www.ignaciocarrion.com/

Imagen: autorretrato de El Persa; febrero de 2009.

 
Premio a Benvinguts al Cabanyal
09 de June de 2012 | Lecturas
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SALVADOS

Queridos amigos y amigas del Libro de Arte (así, con mayúsculas), tenemos una buena noticia que daros: el libro Benvinguts al Cabanyal, editado por Media Vaca, ha recibido el tercer premio en la categoría «Libros de Arte» dentro de los Premios a los Libros Mejor Editados en 2011, convocados por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Según la nota de prensa emitida por el Ministerio, este año se han valorado 251 obras en total dentro de cinco grupos temáticos. En el de Libro de Arte, el primer premio ha sido para el libro Grabadores Extranjeros en la Corte Española del Barroco, de Javier Blas, María Cruz de Carlos y José Manuel Matilla, y el segundo para La habitación imaginaria, de Juan Eduardo Cirlot. El tercer premio obtenido por Benvinguts al Cabanyal nos ha proporcionado una gran alegría y hemos sentido la tentación de salir de casa corriendo para pregonar a los cuatro vientos tan acertado fallo. El Barroco, ¡qué gran época para ser grabador extranjero!; Cirlot, ¡qué gran poeta y crítico de arte!; El Cabanyal, ¡qué gran lugar para vivir una vida artística y alegre! Hemos llegado a poner un pie en la calle (nuestra casa está en el centro de Valencia) y, por suerte, hemos caído pronto en la cuenta de que estamos rodeados de vecinos implicados en tramas corruptas campando a sus anchas; que nuestros libros prácticamente no se venden en esta ciudad; y, también, que las últimas veces que hemos ganado algún premio, casi nadie atendió nuestros comunicados de prensa.

En este caso, la ocasión merecía el esfuerzo, así que hemos vuelto a subir a casa para redactar una breve nota.

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¡Ay, Valencia mía!
22 de February de 2012 | Lecturas
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GraoTres cartas de don Leonardo Perales, espectador

Estimados lectores, las tres cartas que leerán a continuación son un fragmento de la extraordinaria vida de don Leonardo Perales Grau. Lo conocí durante la representación de El alma se serena en El Cabanyal. Yo estaba realizando un reportaje y le pregunté qué le había parecido la obra. Cuatro horas más tarde seguíamos acodados sobre la barra de una vieja tasca del barrio. A partir de ese momento establecimos una fluida relación epistolar. Los hechos que aquí se narran, de sobra conocidos por ustedes, parecerían sacados de la obra objeto de este libro si no fuera porque los diarios han dado fe de su crudeza. Unos acontecimientos vergonzosos que nos hacen suspirar: «¡Ay, Valencia mía!». [Sergi Tarín]

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El Cabanyal, 15 de diciembre de 2011
Amigo Sergi, no sé si usted me recordará. ¿La Aldeana? ¿Aquel vino que salía a chorros por unos toneles que eran como ubres gigantescas? ¿El Cabanyal? Desde hace semanas deseo enviarle estas letras que, como comprobará, carecen de todo mérito. Sólo quería señalar mi perplejidad, mi deslumbramiento por lo de aquellas ocho tardes de la plaza Lorenzo de la Flor. ¿Fue telepatía? ¿Un hurto de la memoria para ponerla sobre la madera, sobre las tablas?
¿Cómo podría explicarle el escalofrío que me provocaron Carmen, Malvarrosa y Grau? Con un doble añadido en este último caso. ¿Sabía usted que también publiqué articulillos en Las Provincias? Fue cuando don Martí Domínguez convirtió aquella redacción en refugio de literatos. Le hablo de los años cincuenta, de aquella Valencia tan de toquilla, rosario y bigotes sin antídoto de sosa cáustica. Y en segundo lugar, porque yo también soy Grau de segundo apellido. Sí, señor. Algo que llevo como un dolor, como una infamia. Otro Grau, ese lacayo consistorial con mirada hueca de remero de la laguna Estigia, en fin, ese forúnculo a salvo del bisturí de la democracia, es al parecer un pariente.
Pero apartemos a un lado las ramas podridas del árbol genealógico. Le hablaba de la identificación con aquella obra y sus personajes. El alma se serena. ¡Cómo olvidarla! Fui a la primera representación y repetí las siete siguientes. He leído algunas críticas, ¿sabe usted? Que si melodrama, que si realismo mágico, que si cabaret político… ¡Paparruchadas! ¡Esto es puro costumbrismo! ¡Naturalismo de pelo áspero, heredero de la prosa blasquista —la de don Vicente— más desgarradora! Se lo decía yo a uno de sus autores, el señor Zarzoso, a quien se le saltaban la lágrimas en aquella mesa gala de La Aldeana acompañado por tantísima gente que mantenía viva la obra con todos sus comentarios y paralelismos.
El señor Zarzoso decía que aquello era como una liturgia, que los bancos de La Estrella, con su público apelotonado, eran la viva imagen de una comunión laica, popular y ciudadana. ¡Cuánta razón! El Cabanyal es una gran familia, ¿sabe? Una familia perseguida, maltratada y expoliada. Sobre esto le podría llenar yo los veinte tomos de una enciclopedia. Nací aquí, en la calle San Pedro. Mi casa fue una barraca. Mi abuelo aún vivió bajo techo de paja. Después levantó estas paredes, plantó los tabiques, edificó los tres pisos y decoró la fachada con azulejos azules y blancos, los colores de su barca, La caucasiana. Aquel nombre siempre fue un misterio que se llevó a la tumba. Las malas lenguas viboreaban sobre una cabaretera mofletuda y pelirroja muy popular en las tascas portuarias de principios del siglo pasado. Las mozas le tenían mucha tirria y como no sabían pronunciar el nombre de su ciudad de origen, Tbilisi, la llamaban «la sífilis».
En fin, intrahistoria de arrabal. En todo caso quería decirle que soy testigo de la degradación de este viejo pueblo marinero. Ambos hemos envejecido prematuramente y ambos apenas nos mantenemos ya sobre nuestros huesos. ¡Pobre Cabanyal! ¡Tan lejos de Dios y tan cerca del ayuntamiento! Duele caminar por sus calles de animal machacado, con las casas cerradas desangrándose en un goteo de escombros. «¡Duermen entre las matas!», se llevaba el otro día los dedos al pecho, como si se hurgara el corazón, la tía Ludigis. Se refería a las tres familias rumanas que viven en mitad de un corral vallado, entre hierbajos del tamaño de espigas de trigo. La policía los desalojó de una casa en ruinas y tiró a la basura sus carros llenos de trastos dejándolos a la intemperie. «Los niños pasan la noche llorando y la pena no me deja dormir», relataba la tía Ludigis, y se santiguaba continuamente en un acto reflejo de gitana devota.
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Steinberg en Barcelona
12 de January de 2012 | Lecturas
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ST-BcnaUn día me presenté en la galería A|34 (en la calle Aribau 34 de Barcelona) como ayudante de Media Vaca y María Schjaer me preguntó si era hija de Begoña y Vicente. Se quedó muy sorprendida cuando le contesté que no y que no tienen hijos. Sin embargo, le expliqué atentamente que tanto Vicente como Begoña son incansables y nos «adoptan a todos» como hijos: a los lectores, ilustradores, escritores y a todas las personas que convierten el sueño de Media Vaca en algo real. María es una señora encantadora que trabaja en la galería A|34 y es una de las responsables, entre otros, de la llegada a Barcelona de la exposición de Saul Steinberg, que abrió sus puertas el pasado 17 de noviembre de 2011 y ha sido prorrogada hasta el día 28 de enero de 2012. Media Vaca lleva varios años trabajando con mucho empeño en la edición de dos títulos de Steinberg que podremos encajar en nuestras estanterías dentro de pocos meses.

Así, el pasado noviembre acudimos a la galería A|34 una multitud de espectadores dispuestos a experimentar las reacciones paranormales que provoca en personas como tú o como yo la confrontación con las obras de este refinado señor. Fue extrañamente mágico sentir el buen ambiente que lleno la atmósfera durante dos horas y media, y más aún ver las sonrisas en la cara de las personas mientras contemplaban las obras del autor.

La galería expone dibujos originales representativos de lo más popular de su obra, pero también una pequeña parte de sus trabajos más desconocidos. Ya antes de entrar, desde el escaparate, nos atrapa un conjunto de portadas del New Yorker, la revista en la que Steinberg consolidó un lenguaje grafico propio e inconfundible. Se hizo enormemente conocido a través de estas portadas y de los dibujos que fueron apareciendo en diversos libros como All in Line, The Art of Living, The Labyrinth o The Passport. Dentro de una vitrina podemos regalarnos los ojos con varias publicaciones de ST, como un reciente libro desplegable que reproduce su famoso dibujo «la línea» o el libro que da cuenta de sus viajes a Brasil titulado As aventuras da linha. Podemos también apreciar dos cuadernos enormes de bocetos que ilustran un conjunto de trabajos realizados a tinta.

La exposición ofrece también una pequeña selección de obras que exhiben la vena humorística y satírica tan características del autor. Imágenes que idolatran a la mujer, donde se muestra claramente quién es el vencedor de la lucha entre los sexos, o imágenes que ilustran tramas urbanas muy estilizadas. Los trazos simples, las formas geométricas, el empleo de letras y escrituras falsas, el dibujo mediante sellos y tampones, dan a sus piezas un estilo único e inconfundible.

Alguien dijo que Steinberg, lápiz en ristre, se convertía en un retratista humorístico de la sociedad. Pensaba y dibujaba con el lápiz, y por más que tuviese la pretensión de ser irónico transmitía siempre un lado cariñoso al espectador. Hay una mezcla de sentimientos cuando se contempla su obra: una ironía seguida de un tono amable, no sé si por su línea, por su expresividad o por el conjunto. Pero esta no es más que la opinión de alguien que ni siquiera se acuerda de cuándo oyó hablar por primera vez de Steinberg, pero que recuerda muy bien todos sus pequeños seres: los objetos, los animales y a los hombrecillos que persiguen mujeres con un aire tan altanero que me hacía sonreír.

Por eso, para todos los lectores y personas que no conozcan a Steinberg, o nunca hayan visto en directo sus obras, esta exposición representa una magnífica oportunidad. ¡¡Altamente recomendable!!

Carolina Celas

Imagen: cartel anunciador de la exposición de ST en la galería A|34
Saul Steinberg, Sidney Janis Gallery, 1967. Tinta, lápiz, acrílico y sellos sobre papel, 58,5 x 74 cm.
© The Saul Steinberg Foundation; ARS, New York; Vegap, Madrid, 2011

 
Seis niños van a Marte
30 de December de 2011 | Lecturas
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Marte-RulfoNiñas y niños, señoras y señores. Muy buenas tardes.

En primer lugar, os agradezco mucho que hayáis venido a la presentación de este cuento. Y sobre todo quiero agradecer sinceramente a la librería Juan Rulfo el haberlo organizado todo tan bien.

La llegada del hombre a la Luna vino precedida por un anuncio del presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy de su compromiso con la NASA para que antes del final de la década de los sesenta (del siglo pasado), «un hombre llegara a la Luna y regresara sano y salvo a la Tierra». Y, en efecto, así fue. Unos años después, cuando ya se habían realizado seis viajes con éxito a la Luna, el vicepresidente de los Estados Unidos, Spiro Agnew, anunció pomposamente —intentando emular al presidente Kennedy— que antes de la década de los ochenta los americanos llegarían a Marte.

Por aquellos años yo trabajaba con la NASA. Recuerdo con gran emoción la llegada del hombre a la Luna, que vi apostado en la Estación Espacial de Fresnedillas, una de las tres estaciones de la NASA que apoyaban los vuelos a la Luna. Por eso el anuncio del vicepresidente de los Estados Unidos me llenó de optimismo. «Después de los viajes a la Luna vendrán los viajes al planeta Marte», pensé yo ingenuamente.

Sin embargo, en aquellos momentos de euforia, ni el vicepresidente de los Estados Unidos, mal aconsejado, ni yo mismo, en los comienzos de mi carrera profesional con la NASA, nos dábamos cuenta de la magnitud de la aventura de llevar seres humanos al planeta Marte; muchísimo mas difícil, tanto en tecnología como en coste económico, que los viajes a la Luna, que está «tan cerca» de nosotros.

El viaje tripulado a Marte está lleno de problemas que aún en el momento presente, más de cuatro décadas después del anuncio del vicepresidente Agnew, no sabemos cómo resolver. Muchos de estos problemas nacen de la necesidad de traer de vuelta a la Tierra —es imprescindible— a los seres humanos que se manden al planeta. A Marte se han enviado ya más de una veintena de sondas automáticas sin tripulación, pero ninguna de ellas ha regresado a la Tierra, todas se han quedado allí o han pasado de largo y luego se han quedado dando vueltas alrededor del Sol.

Las principales dificultades del viaje a Marte nacen de la mecánica celeste, que obliga a una duración del viaje (ida y vuelta) que supera con creces los doce meses. En el mejor de los casos posibles hay que recorrer 75 millones de kilómetros tanto para ir como para volver. Por desgracia, los seres humanos no pueden estar tanto tiempo sometidos a la falta de gravedad y a las inclemencias de la radiación cósmica. Además, el dinero que costaría realizar un viaje como ése superaría en mucho la capacidad económica, no sólo de la NASA sino de todas las agencias espaciales del mundo entero juntas.

Debido a todos estos graves problemas —y otros muchos que no menciono para no aburriros—, lo más probable es que los seres humanos no lleguen al planeta Marte antes del final del presente siglo.

Entonces me preguntaréis: «¿Por qué has escrito un cuento en el que unos niños van Marte?».

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