Odisea de Buffalo Bill Romance
03 de December de 2013 | Lecturas
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Buffalo082

Tengo en las manos el libro Buffalo Bill Romance, de Carlos Pérez —¡muy ilustrado!—, con preciosas fotografías y collages de Dani Sanchis. Es un libro que no estaba previsto en el plan de publicaciones de Media Vaca, si se puede decir que existe un plan de publicaciones cuando a veces tardamos seis años en completar el proceso de edición de un libro o cuando el título que habíamos pensado publicar inicialmente acaba convirtiéndose en otro distinto. Miguel Calatayud, por ejemplo, fue invitado a ilustrar una Vida de Esopo y acabó haciendo El mundo al revés. Diego Bianki tenía que haber ilustrado una selección de fragmentos del Libro del Desasosiego de Pessoa y ha acabado haciendo un libro sobre Buenos Aires. Bueno, todavía no ha acabado. Según el plan, el libro debería haberse publicado en 2006, pero todavía no hemos conseguido terminarlo.

Cuando Carlos Pérez me dijo que había escrito un libro, en realidad no sé muy bien qué entendí que era lo que había escrito. Me dijo, recuerdo, que había aparecido un poema inédito de Vicente Huidobro, el famoso poeta chileno, uno de los principales protagonistas de las vanguardias, y, como el poema era muy breve, quizá apenas un fragmento, él había escrito un artículo para situarlo en su contexto y para lograr, además, un texto de cierta extensión que permitiera darlo a conocer mediante una publicación. El poema de Vicente Huidobro se llamaba «El romancero de Buffalo Bill» y ocupaba cuatro folios no muy bien aprovechados; el artículo de Carlos Pérez llevaba por título «Buffalo Bill, la torre de Eiffel y un poeta de vanguardia» y tenía 56 páginas y 7.489 palabras.

Carlos me envió el poema de Huidobro el 26 de julio de 2012 (así lo tengo apuntado), y unos días después me hizo llegar la siguiente nota: «Mi idea para el libro es hacer una biografía, divertida, de Buffalo Bill y su gira por Europa. La llegada a París del espectáculo sobre el "Salvaje Oeste" coincidió con la inauguración de la Feria Universal y la Torre Eiffel (1889). Para la ocasión, el explorador contrató a Annie Oakley, la conocida tiradora. Añadiría el "Romance" de Huidobro y otro poema suyo más largo, "Cow Boy". Pondría además un dibujo de Sonia Delaunay (la etiqueta que utilizaron en los sobres de correo, en los que aparece la Torre Eiffel). Por supuesto, hablaría de la Torre. Tengo la historia más o menos estudiada y hay la posibilidad de hacer una pequeña exposición (con cosas falsas, tipo las ferias). Estoy dándole vueltas y ya te enviaré los resultados».

Cuando finalmente Carlos me envió su texto y lo lei, olvidé en gran medida todos los comentarios previos y, al igual que les había ocurrido a otros lectores de su relato, llegué a las siguientes conclusiones: 1) el texto, muy ameno, se leía de un tirón; 2) a pesar de que Carlos se esforzaba por quitarle importancia, insistiendo en que él no era un escritor, su relato tenía ambición y no se limitaba a trazar un dibujo siguiendo la línea de puntos sino que, como veremos más adelante, había creado para su artefacto unos recursos propios; 3) por último, el relato, el artículo, el escrito o, como nosotros lo hemos llamado, la crónica, tenía sentido en forma de libro, tal como su autor había intuido, pero tenía sentido, sobre todo, como libro ilustrado. ¿Cómo es posible hablar del misterio del circo, del esplendor de París, del sorprendente arte de las vanguardias, sin mostrar cuadros, fotografías, carteles? Un libro sin imágenes, un libro ciego, nunca contaría lo mismo. Sería como asistir a un concierto del guitarrista de jazz manouche Angelo Debarre, por poner un ejemplo, y que a la entrada del local te entregaran impresa una partitura pero te escamotearan la música.

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Diumenges al matí
04 de October de 2013 | Lecturas
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Robinson Llaut okPublicado en el número 37-38 de la revista El Llaüt de Xàbia (1998).

 
El Persa y el mundo del futuro
03 de May de 2013 | Lecturas
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Carpep

Bien pronto aprendí cuál es el destino final de los libros, y, por extensión, de todas las cosas. Mi padre tenía una pastelería en Valencia y un horno moruno donde, además de cocerse exquisitos dulces, ardían las más selectas bibliotecas del barrio. Era la posguerra y la gente tenía miedo de las más absurdas represalias que, también absurdamente, no dejaban de producirse. Verne, Reclús, Blasco Ibáñez, Unamuno, Bartolozzi, compartían llamas con otros autores que no recuerdo y con la pinocha, que nos llegaba en sacos que guardaban la fragancia del bosque. Para mí era un extraño maridaje ese de Pinocho (el de Bartolozzi) con la pinocha. Mi tío Colás, cuya biblioteca se libró del fuego escondida en el pueblo, y el señor Vicente, que tenía una paradita de compra-cambio-venta de novelas y tebeos al lado mismo de la pastelería, lloraban como si de seres humanos se tratara, a aquellos libros que se convertían en humo y cenizas y que —de alguna manera misteriosa— quedaban también impregnados en los palos catalanes, el hojaldre, las empanadillas, las savarinas, el panquemao, las tartas. Desde entonces he profesado un amor indiferenciado a esas tres cosas tan efímeras y permanentes a la vez: el fuego, los libros, los dulces.

Pero, con todo, no me faltó qué leer en mi infancia. Además de los libros escolares, los Reyes Magos siempre se acordaban de mi afición, mi tío Colás me facilitaba ejemplares repetidos de su biblioteca y el señor Vicente me permitía leer cualquiera de los que descansaban en el escaparate o el mostrador de su negocio. No era capaz todavía de establecer diferencias entre un tebeo, una novela barata o un libro serio (afortunadamente no he cambiado mucho en eso: leía, y leo, cualquier cosa que cae al alcance de mis ojos). Pero ni el señor Vicente ni mi tío fueron capaces de explicarme de una manera que yo pudiera entender cómo se hacían los libros. Cómo se plasmaban en el papel aquellas letras tan bien trazadas, los dibujos inefables, a veces con preciosos colores. Trataba de establecer comparaciones entre el oficio de mi padre y el de las imprentas o editoriales y durante un tiempo llegué a pensar que cada ejemplar estaba dibujado y escrito a mano, por un artista que manejaba sus útiles con la misma destreza que mi padre los suyos. Un artista al que no le importaba repetir un montón de veces la misma obra, fuera un milhojas o un tebeo del FBI. Sí que me percaté de que gozaban de mayor reputación los libros que los pasteles: los libros eran reverenciados por los curas y maestros del colegio, en los libros se nos decía que hay que amar a los libros, mi tío contaba cómo fue de grandioso el entierro de Blasco Ibáñez, lo que la humanidad le debía al señor Gutenberg, cosas así. Pero nadie decía cosas parecidas de los pasteles, ni del oficio de hacerlos, ni de Brillat-Savarin; sólo que si comíamos muchos dulces se nos iban a caer los dientes y nos nacerían lombrices en las tripas. Así que escogí hacer libros en vez de pasteles. Y, demasiado tarde lo he descubierto, me equivoqué.

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Tertulia
08 de January de 2013 | Lecturas
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Almada—¿Ilustrar?

—Tiene que ver con las ideas.

—No debe confundirse con la palabra dibujo.

—Un dibujante no es necesariamente un ilustrador. Un ilustrador no siempre utiliza el dibujo en su trabajo.

—Puede usar la fotografía, el collage, la escultura, la tipografía.

—El ilustrador es un narrador. Lo importante es que cuenta cosas.

—No es una cuestión de habilidad manual.

—¿Fue Steinberg el que dijo que el ilustrador es un escritor que escribe con imágenes?

—¿Steinberg?

—Rumano. Estudió arquitectura en Milán. Cuando llegó a Nueva York no hablaba inglés. Dice que aprendió gracias a los carteles de publicidad y los letreros luminosos.

—Ah, la publicidad callejera es la mejor cartilla escolar.

—Steinberg hizo muchas portadas para el New Yorker. Algunas muy famosas.

—Yo no lo veo exactamente como un ilustrador: sus dibujos se exhiben en museos y galerías. Un ilustrador raramente expone su trabajo: sus originales tienen como finalidad la reproducción por medios mecánicos.

—Tal vez una cosa no quita la otra. Hay originales que son obras muy bellas. Si no hay más exposiciones es porque el papel tiene una vida muy corta y el mercado del arte y los coleccionistas prefieren inversiones más duraderas.

—Particularmente, prefiero un libro. En cualquier caso, el ilustrador parte de una idea literaria previa o un texto.

Ilustrar quiere decir iluminar, ofrecer luz sobre una cosa. La ilustración gráfica ayuda a la comprensión de un texto, favorece su lectura.

—Para mí, la ilustración funciona precisamente cuando sugiere distintas lecturas.

—De la misma manera que ocurre con un texto: no tiene por qué ser evidente. Es fundamental preservar cierto misterio.

—Que no quede todo dicho.

—El lector también debe participar.

—A mí me resulta penoso, en muchos libros infantiles, ver cómo el ilustrador no hace sino repetir lo que dice el texto, sin aportar su propia visión. El ilustrador es también autor, y muchas veces él mismo se olvida. Como autor tiene una responsabilidad con sus lectores.

—Es verdad. El escritor dice, por ejemplo: «A Luisa le regalaron un libro maravilloso y pasó con él una tarde divertidísima». Y la imagen que el ilustrador propone es una niña sentada en un sillón con un libro entre las manos.

—Sí, ver a cualquiera sentado en un sillón no tiene nada de maravilloso. Y menos sujetando un pesado libro. ¡Aunque se ría!

—El placer de la lectura difícilmente se puede representar con un libro. Un libro es como un ladrillo. Lo interesante no es el aspecto del libro, sino lo que ocurre en nuestra cabeza.

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Carta a la alcaldesa de Vuitonia
19 de November de 2012 | Lecturas
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Barber2

Acabo de cumplir cincuenta años y, después de hacerme un reconocimiento médico exhaustivo, puedo decir que mi salud física es excepcional. Hasta mi médico de cabecera me ha dado un abrazo para felicitarme por lo que considera un milagro bioquímico. Lo inédito del caso es que no me cuido lo más mínimo: para que se hagan una idea, les diré que desde que tengo uso de razón siempre que voy a un restaurante, antes de pedir la carta, exijo que me traigan un salero. Creo que sería muy feliz probando cualquier sopa cocinada con las salobres aguas del mar Muerto. He fumado toda mi vida como un carretero, no son pocas las veces que he ingresado en urgencias del Clínico por algún que otro coma etílico. Duermo con calcetines de lana en verano y con los pies desnudos y al aire en invierno. Nunca le hago ascos a las drogas a las que me invitan mis viejos compañeros de farra y correrías. Y desde que esta ciudad se ha convertido en la cuna de espantosos eventos deportivos, el único ejercicio físico que practico es la cetrería sin ventura con mi periquito. Y a pesar de todo, mi corazón está tan sano como el de un cervatillo y mi hígado fresco como el de un ternero alimentado en los pastos alpinos.

Pero a pesar de que mi salud física es envidiable, mi salud mental es deplorable. En estos últimos meses he caído presa de un estado melancólico terrible; estoy tan perdido que no sé si asomarme a la ventana de la galería interior, donde sólo vislumbro las regiones inhumanas de mí mismo, o mirar por la ventana que da a las calles de esta ciudad enferma por una epidemia frenopática evangelizada por la horchata transgénica y esas nubes cancerígenas resultantes de la combustión fallera del polietileno expandido. Y pienso si este amargo desconsuelo no será porque yo también he sido un actor más de este vodevil deplorable en el que me forré construyendo nichos para vivos y alcázares de yeso pulido para muertos. Yo también he lucido moreno verde oliva, vestido trajes de Armani, calzado zapatillas de Loewe y clavado mis dentelladas en las escabrosas ubres de esta arcadia del despilfarro y de los caciques del ladrillo a pie de playa. Excelentísima señora alcaldesa, la invito a ser sodomizada por cada una de las gárgolas de nuestro gótico civil ¡Ay, Valencia mía!, ¿por qué has hipnotizado a los pobres de corazón con todos esos grandes eventos y luego los obligas a despertarse en fiestas de espuma?

Que levanten la mano quienes quieran condenar a nuestra televisión pública a 30.000 horas de cartas de ajuste. ¿De verdad hay que pagar esos sueldazos a esos mayoristas de la estupidez con dinero público? ¿Hasta cuándo vamos a seguir aupando a estos gobernantes que parecen sacados de una mezcla de auto sacramental y de la peor película del destape? Mis muy honorables, tramiten ya una instancia para que podamos celebrar una exposición universal para el 2050 con el tema único de las aguas fecales. Consejeros, no quiero vuestros consejos. No seré yo el que suba a las peanas del prepago para ver desfilar la papada papista del Santo Pontífice. La fórmula de la atrocidad: velocidad igual a espacio urbanizable dividido por tiempo de gobierno. La Fórmula 1 es cantar de otros cantares. ¡Vicario lúgubre, quédate a la luna de Valencia con tu priapismo saturniano! ¡Madona, no nos traigas tu metadona! Mercadona, Mercadona, prefiero el suicidio moral a empadronarme a ciegas en tus ensanches.

Grao

Texto: Carta al director —firmada por el personaje Grao— que forma parte de la obra El alma se serena, de Lluïsa Cunillé y Paco Zarzoso [colección Grandes y pequeños].

Imagen: Las hermanas Gilda, de Vázquez: Hermenegilda con el pelo de Leovigilda.

 
 
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