Extraterrestres en la Imprenta Municipal
15 de June de 2017 | Lecturas
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¿Sabéis ese momento en que te tiemblan las manos y la voz? Pues creo que esa soy yo ahora mismo. Y mira que debo de haber repetido esta presentación cuatrocientas veces a cada persona que veía por la calle, pero como que no ha servido de mucho.

Bueno, mejor si empiezo; la verdad es que ya no me acuerdo de cómo empezaba, pero yo tengo mis chuletas. Porque aquí sí están admitidas, no como en mis exámenes. Ya me gustaría a mí poder sacar las chuletas en los exámenes de historia. y hablando de historia, ¿os cuento de qué va la historia que ha escrito mi abuelo? El protagonista de la historia se llama Ludwig. Al pobre le comprendo, y supongo que todos los que tenéis un nombre, por decirlo así, raro, también comprenderéis que vivir con ese nombre no es nada fácil. Vale, pues ahora imaginaros tener ese nombre y no venir de la Tierra, o sea, ser un extraterrestre. Eso sí que es duro. Pues bien, ese es nuestro protagonista. Pero no os preocupéis, que Ludwig lo lleva bien; es más, fue él quien quiso llamarse Ludwig. Y ahora que estamos en situación, os cuento:

Un día, un meteorito cae en la Tierra y los científicos averiguan que tiene células vivas. Tras varios meses de peleas morales y científicas deciden hacer algo con esas células. Consiguen crear un tipo de poni, por decirlo así, pero el poni también es raro. Y así crean doce animales y los meten en un zoo. Pero todos eran extraños y se van muriendo de aburrimiento. Como los científicos, aparte de ser unos cabezotas, son personas que no se rinden, consiguen clonar un humanoide, el nombre técnico para humano. Lo llaman Maximilian X, y este humanoide es nuestro prota, que luego cambia su extraño nombre por otro aún más extraño. Aunque yo, que me llamo Mariú, no soy quién para juzgar: yo solo vengo a hablaros del libro.

Bien, resulta que Maximilian pasó sus primeros cuatro años de vida en una casita en un parque, siendo observado las 24 horas del día por científicos. Hasta que se dieron cuenta de que tenía que tener una vida normal, así que unos padres lo adoptaron y empezó su nueva vida. Los padres se mudaron a una ciudad más grande y se encargaron de cuidar muy bien a Ludwig; le querían mucho. La madre era escritora y el padre psicólogo, así que eran la pareja ideal para cuidar de Ludwig. Cuando llegó el momento adecuado, los padres de Maximilian escribieron un cuento sobre la vida de Maximilian, aunque el nombre del prota era otro. Poco a poco, Maximilian pilló la indirecta. Se obsesionó con el tema y se cambió el nombre por el de Ludwig, que era el nombre del prota del cuento que le habían escrito sus padres. Ludwig estudió astronomía y en la universidad se juntó con cuatro amigos y decidieron averiguar de dónde venía el meteorito que había caído en la Tierra. Y una vez que dieron con los supuestos planetas, enviaron un mensaje a cada uno de esos planetas posibles. Porque, como ya he dicho antes, los científicos son unos cabezotas, pero unos cabezotas que no se rinden; y cómo se iban a rendir ante el hecho de hablar con extraterrestres. Sin embargo, de dar resultado el mensaje, la respuesta de los extraterrestres tardaría 40 años, por lo que Ludwig siguió con su vida. ¿Qué iba a hacer si no? Bueno, y ya no os cuento nada más, porque si no os cuento el libro entero.

Es verdad que el libro no engancha con la primera frase, pero te va enganchando sin que lo sepas, porque consigue que te quede la duda. Y esa duda te impide dejar de leer el libro. También consigue que te encariñes con nuestro alien de extraño nombre, Ludwig, y que sientas lo que él siente. Otra cosa que consigue este libro es que te hagas unas preguntas un tanto complicada de responder, ya que, como Ludwig dice: «Estoy condenado a un destierro que durará toda mi vida». Pensadlo: por no querer nosotros sentirnos solos en el universo hemos hecho que otros se queden solos. En este caso, Ludwig. Aunque espero que os leáis el libro para que se sienta menos solo.

A mí su lectura me hizo pensar, y algunos días después escribí un texto breve que os voy a leer ahora para terminar. Se titula «A lo mejor».

A lo mejor sí estamos solos en el universo, y a lo mejor tenemos miedo a la soledad y por eso nos pasamos la vida buscando una persona con quien compartirla. Puede que sea nuestro miedo a la soledad lo que nos lleva a buscar gente fuera de nuestro propio planeta. Y es por eso por lo que corremos en vez de andar. Corremos buscando a esa persona, corremos chocando con la gente, pensando que ninguna es la ideal, sin saber que hemos chocado con tantas personas perfectas para nosotros, personas que aunque no encajen son perfectas. Porque el amor consiste en encajar, consiste en encontrar a esa persona que te saque sonrisas con solo mirarte y te haga sentir seguro. Pero a lo mejor la gente prefiere pensar en Cupido, el ángel que falla al enamorar, y por eso no funciona; pero es que, si no funciona, se vuelve a intentar…

Muchas gracias.

Mariú

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Señoras y señores, muy buenos días y muchas gracias por su asistencia a este acto.

Estoy bastante desconcertado. Mi nieta Mariú, que solo tiene 14 años, acaba de presentar mi último libro. Esto, lógicamente, me ha emocionado mucho y estoy un poco desorientado y sin saber bien qué decir ahora. Pero, como he venido a hablar con ustedes, lo haré, aunque no sé cómo me saldrá.

Sobre el libro que estamos presentando, en primer lugar, quisiera decirles que no se trata de un cuento, que sería lo lógico dada la edad de la presentadora. Se trata de una novela de anticipación científica (ciencia ficción, dicen los anglosajones), pero es una novela un poco especial porque no es una novela fantasiosa como, por ejemplo, las novelas de Julio Verne que a mí tanto me gustaban cuando era joven, en las que los personajes viajaban al centro de la Tierra y los millones de grados de temperatura que hay allí no les afectaban lo más mínimo; o aquellas otras en las que un grupo de personas muy numeroso se traslada a una galaxia lejana y no se explica cómo han podido hacerlo. Todo lo que ocurre en la novela de la que les estoy hablando es posible en la realidad, porque no contradice en nada las leyes de la naturaleza. Es cierto que eso que sucede es muy poco probable, pero es posible.

Muchos de ustedes se preguntarán: Este señor tan mayor, que ha trabajado treinta años para la NASA, ¿por qué escribe una novela de extraterrestres en lugar de escribir algo sobre el espacio exterior, que es tan interesante?

Ciertamente, tienen razón, pero es que yo ya he escrito varios libros sobre esos temas y ahora he decidido cambiar de argumento. Lo he hecho porque a mí me preocupa mucho una pregunta que me ronda por la cabeza desde hace tiempo: ¿Estamos solos en el universo?

El universo, como ustedes saben, es prácticamente infinito. Si fuera, por ejemplo, del tamaño del planeta Tierra, los humanos habríamos explorado bastante menos que la punta de un diminuto alfiler. Por tanto, no podemos decir si los extraterrestres existen o no.

Es cierto que llevamos más de medio siglo intentando comunicarnos con ellos mediante el programa llamado SETI (de «Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre»). En este programa, en el que durante algún tiempo participó la NASA —y yo mismo, cumpliendo los deseos de la agencia espacial americana—, intenté involucrar también a algún organismo español; sin éxito, por supuesto. Pero es que el tema de los extraterrestres a muchos les suena a broma. Les voy a contar una anécdota que les hará gracia.

Hace bastantes años, estaba un miembro de la NASA defendiendo el presupuesto de su Agencia en el Senado de los Estados Unidos, porque todas las agencias estatales deben hacerlo, y cuando llegó al punto del SETI, un senador, de nombre Proximeyer, le preguntó: «¿Qué es eso del SETI?».

«Se trata de los fondos que utilizamos para un proyecto muy interesante que consiste en buscar inteligencia extraterrestre mandando mensajes al espacio lejano en busca de alguien que los conteste».

«No siga, por favor —interrumpió el senador—, quiero que esos fondos desaparezcan de su presupuesto. ¡No encontramos nosotros inteligencia en Washington y quieren ustedes que la busquemos en otros mundos remotos!».

Volvamos al libro que estamos presentando. Los expertos opinan que los viajes interestelares procedentes de lugares situados a distancias superiores a cien años luz son prácticamente irrealizables; y los que pudieran realizarse que tuvieran su origen en lugares más cercanos, que quizá pudieran abordarse si las futuras tecnologías los hacen posibles, sin embargo, requerirían consumos energéticos elevadísimos, lo que inevitablemente los convierte en muy costosos.

Las anteriores consideraciones hacen pensar que el encuentro con seres extraterrestres inteligentes resulta tremendamente improbable, en contra de lo que opina mucha gente ignorante de estos temas que ve extraterrestres por todas partes.

Pero hay otro punto que hace aún más improbables esos encuentros. Lo que nos gustaría encontrar no son seres extraterrestres únicamente inteligentes, porque nosotros somos mucho más que eso. Inteligentes son muchos animales, como las ballenas o los perros, porque son capaces de extraer experiencia de hechos pasados e incorporarla a su conducta, sobreponiéndolos estrictamente a lo inscrito en sus genes. Lo que nos gustaría encontrar son seres semejantes a nosotros. ¿Qué es lo que nos caracteriza principalmente? Según los expertos, lo que nos hace seres humanos es nuestra extraordinaria capacidad para crear una cultura avanzada y tecnológica.

Solo si encontráramos seres con esta extraordinaria capacidad podríamos intercambiar con ellos información altamente interesante relacionada con sus modos de vida y preguntarles en qué etapa de su historia se encuentran, qué desarrollo cultural han alcanzado, qué nodos políticos practican, si se siguen matando a cañonazos o si resuelven sus problemas mediante modos más avanzados, etc., etc.

Todas estas consideraciones me hacen pensar que resulta más que evidente que yo, que ya casi tengo noventa años, me voy a morir sin saber si los extraterrestres existen o no. Por eso ahora me entretengo escribiendo novelas sobre extraterrestres, que prácticamente es lo único que puedo hacer. Esta es ya la segunda que escribo y, dada mi escasa producción, pues soy un escritor aficionado y no profesional, dos son muchas. Esta es sobre el origen de la vida; la anterior fue sobre el problema de la comunicación con los extraterrestres, porque este es un gravísimo problema. Les cuento una última anécdota y termino.

A mí me llamaron una vez de una radio para que fuera allí porque había un torero muy famoso que decía que él había visto a unos extraterrestres que iban en un coche muy grande y que él tuvo que parar su propio coche al verlos. Eran unas chicas rubias muy altas y con la cintura muy estrecha con las que estuvo hablando y que le contaron del mundo del que venían. «¿Cómo hablaste con ellas», le pregunté yo tímidamente. «¡Jozú!, ¡parece usted tonto! ¡En inglé, cómo va a ser!».

Muchas gracias, y quedamos a su disposición por si tienen alguna pregunta para Mariú o para mí.

Luis Ruiz de Gopegui

[Intervenciones de Mariú, comentarista de la obra, y de Luis Ruiz de Gopegui, autor, en la presentación del libro Ludwig el extraterrestre, que tuvo lugar en la Imprenta Municipal-Artes del Libro, de Madrid, el sábado 27 de mayo de 2017. Fotografía de José Rodríguez].

 
Lea a Lear
12 de April de 2017 | Lecturas
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Los niños que tengan más de 170 años deben de conocer a Edward Lear, por lo que pueden saltarse tranquilamente este prólogo. Los que hayan nacido después quizá quieran saber alguna cosa sobre el autor de este libro; a ellos, pues, van dedicadas estas líneas.

Edward Lear fue un niño inglés que vivió hace 200 años en Londres con sus padres y sus veinte hermanitos. Como fue de los últimos en nacer, le tocó una salud pésima. Pronto empezó a ganarse la vida como dibujante. Se le daban bien los pájaros y, como era un perfeccionista, los dibujaba con todas sus plumas. Debido a sus problemas en la vista, tuvo que cambiar los loros por los paisajes, y cuando el asma y la bronquitis se recrudecieron, tomó la decisión de pasar los inviernos en el extranjero. Primero, se estableció en Roma; luego, en Corfú, y finalmente, en San Remo. A pesar de su mala salud, viajó por todo el Mediterráneo como no viaja ninguna persona sana, y publicó relatos detallados de sus excursiones. Escribió versos para divertir a los niños y a sus padres, y, de paso, los dio a conocer en forma de libro para obtener un dinero extra para los viajes. Aunque tuvo amigos, prefirió escribirles cartas, y siempre vivió solo, en compañía de su gato Foss, al que únicamente sobrevivió tres meses.

Es posible que llegara a verse a sí mismo como un pintor de óleos inmensos, pero hoy es recordado, sobre todo, por sus libros infantiles. Un libro de nonsense viene a ser un «libro sin sentido» (para muchos, la mera lectura de libros es una actividad que carece totalmente de sentido); sin embargo, en nuestra opinión, si en este mundo de locos hay un libro que tiene verdaderamente sentido, joven lector, joven lectora, es este que tienes ahora en las manos.

El editor


Este texto es el «Prólogo para lectores menores de 170 años» que abre el Libro de Nonsense, de próxima aparición en la colección Libros para niños de Media Vaca.

El dibujo, un retrato de Edward Lear, lo hizo Adriana, de 6 años (a punto de cumplir 7).

 
En Córdoba, Argentina
11 de March de 2017 | Lecturas
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Vicente Ferrer y Begoña Lobo, creadores del sello español Media Vaca, dictarán un seminario gratuito en Córdoba. La editorial es una perla de la edición independiente. Publica solo tres libros por año, poniendo énfasis en la ilustración y el arte gráfico. En su catálogo hay autores argentinos como Isol y Diego Bianki.

Una editorial puede ser una máquina de hacer sueños. Así conciben su trabajo Begoña Lobo y Vicente Ferrer, las dos mitades que componen Media Vaca, un sello radicado en Valencia que se caracteriza por los diseños exquisitos y las apuestas arriesgadas.

Desde 1998, Media Vaca se dedica «a inventar libros muy ilustrados dirigidos a lectores de todas las edades». Lo de muy ilustrados va en serio. El catálogo de la editorial, que actualmente supera los 60 títulos repartidos en seis colecciones, responde a un tipo de capricho basado en el deleite visual y el cuidado del arte gráfico. Cada obra es un verdadero tesoro.

«El humor, la poesía y el misterio que animan las variadas manifestaciones de la cultura popular» son los estandartes de Media Vaca, una perla de la edición independiente que mantiene firme su «voluntad de no crecer como una manera de asegurar el cuidado de cada proyecto».

Ambos editores estarán en Córdoba en febrero. Los días 8 y 9, Vicente Ferrer dictará un seminario gratuito titulado «Media vaca: vida pública de una editorial secreta». El encuentro es organizado por la Agencia Córdoba Cultura, con la colaboración del Cedilij, y tendrá como sede el Museo Evita.

Probar cosas nuevas

Experimentar, tomar los riesgos muchas veces asociados a las apuestas de las artes visuales y ejercitar el capricho son características de la editorial. ¿Qué otros rasgos son decisivos para describir a Media Vaca?
—En mi opinión, la experimentación, el gusto por probar nuevas cosas, debería ser consustancial a todos los proyectos editoriales. Lamentablemente, esto no es así porque una mayoría antepone los aspectos comerciales a los creativos y, también, porque no se suele tener en cuenta que el de editor es un oficio que arrastra una larga historia: hay libros desde hace rato, y a veces conviene mirar hacia atrás para rescatar algunos inventos valiosos. Si nosotros podemos dedicarnos a la experimentación (digámoslo así) es porque sólo publicamos tres libros por año. Tenemos claras nuestras limitaciones, y es firme nuestra voluntad de no crecer, como una manera de asegurar el cuidado de cada proyecto. Además de buscar nuestra propia satisfacción, somos conscientes de que tenemos un compromiso con los autores y con los lectores.

En la página web del sello se lee: «Hay libros que parecen considerar a los niños seres muy elementales que en lugar de cerebro tienen una especie de tubérculo que hay que regar de vez en cuando para que aumente de tamaño. Esa creencia seguramente es la que impulsa a autores y editores a hacer libros idiotas que ningún adulto leería jamás». ¿Cuáles son las estrategias para hacer otro tipo de libros?
—Resulta que los libros «idiotas» también son necesarios. Lo importante, seguramente, es que la idiotez de todos los libros no sea del mismo estilo. En el mundo de los libros, es fundamental que haya variedad de propuestas, que no se siga un único modelo. De esta forma, los lectores podrán escoger. Y habrá quien escoja libros idiotas y a pesar de todo, además de distraerse y de informarse, mejor o peor, adquiera cierto espíritu crítico. De lo que se trata es de que los libros idiotas no nos hagan idiotas.

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¡Encantada!
03 de February de 2017 | Lecturas
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Queridos amigos y amigas,

En el año 2010, recibimos en la editorial un paquete remitido por una joven ilustradora taiwanesa. En una carpeta con una etiqueta en la que había puesto «¡Encantada!», nos hacía llegar muestras de uno de sus trabajos, y los acompañaba con una carta manuscrita que decía (copio literalmente):

«Estimado/a

Sr. Vicente Ferrer Azcoiti
Sra. Begoña Lobo Abascal

Me llamo Chu-Li Chen, soy de Taiwan, y actualmente vivo en Granada.

La primera vez ví sus libros fue hace cinco años, y fueron «No tinc paraules» y «Mis primeras 80.000 palabras»
En ese momento estaba en la Universidad de Brighton en Inglaterra con profesor George Hardie!


Tras ver estos dos libros, comentarle que me gustarón muchisimo y estaría encantada de poder trabajar con ustedes.


Les envio el siguiente proyecto, que se llama (título original: Human Imperfections) Y estas compuesto por cinco de folioscopios (flipbooks). En cada uno de ellos se presenta una imperfección, dentro del ser humano, un ejemplo: una mujer que quiere ser siempre delgada, una cabeza muy grande llena de preocupaciones, una persona cobarde, un alcohólico y una lengua muy larga, fruto del cotilleo.

En cada foliscopio, cada persona representas imperfecciones. Y puden ver como ellos actuan por flip en este libro.


Deseo de todo corazón que les gusten este proyecto.


Quendole muy agradecida por el tiempo que me han dedicado:

Cordialmente, Chuli Chen»

En 2016, editamos el libro de Chu-li (que hoy maneja un español mucho más perfecto). Finalmente, se llama Libro de los defectos de los demás, y ya se encuentra en nuestro almacén, disponible para los lectores.

Saludos cordiales,

Vicente y Begoña
Media Vaca

[Sobre el libro] [Sobre la autora]

 
Un día en Oaxaca
27 de January de 2017 | Lecturas
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15 de noviembre de 2016. Estoy despierto cuando suena el teléfono de la habitación, a las siete en punto de la mañana. Es Nava: quiere saber cuándo podemos vernos porque quiere darme el número rosa de [la revista] Taco de Ojo antes de irse. Le digo que esta mañana nos vamos a un pueblo a repartir libros a escolares. Se apunta a la excursión, porque no tiene nada mejor que hacer, dice, pero le digo que mejor quedamos a las dos para comer: nos juntaremos con Are y Tonna, los diseñadores de Quatro Estudio, para despedirnos. Hago la maleta y llamo a Begoña por teléfono. Consigo hablar con ella, la localizo en el móvil. Bajo al vestíbulo y aviso a Roger Omar para que baje. Desayunamos rápidamente y salimos del hotel a las nueve menos cuarto para encontrarnos con Nicolás, que nos está esperando. Justo en el momento en que llegamos, sale por la puerta con una caja de libros. Llevaremos dos cajas a San Sebastián Teitipac. Subimos a la camioneta y nos vamos. San Sebastián está a unos 25 kilómetros del centro; podemos tardar tres cuartos de hora en llegar. El camino es bonito, atraviesa cerros redondeados. Nicolás nos cuenta que suele correr por esos cerros. Le gusta correr desde niño. El pueblo donde está la escuela Unión y Progreso, nuestro objetivo, parece que corre también delante de nosotros y se va escapando. Acabamos preguntándole a una persona que encontramos en el camino si vamos en la dirección correcta. Sí, la escuela está ya muy cerca, enfrente de la iglesia. Llegamos, bajamos las cajas de libros. Roger saluda a una señora que hace tortillas en la puerta de una casa, que también le reconoce. Suena música en el patio de la escuela. Dos músicos tocan la guitarra y cantan canciones populares: Gracias a la vida y La muralla, cuando nosotros llegamos. Los niños están sentados alrededor del patio, por grupos. Cuando ven a Roger, algunos gritan. Otros aplauden. El profesor Ignacio nos da la bienvenida y nos pide que esperemos a que acabe la canción para presentarnos. Una profesora se me acerca para preguntarme mi nombre. Se lo digo, y también que soy editor. Ignacio habla desde un micrófono y pide aplausos para nosotros. Nos pide que nos sentemos en unas sillas dispuestas del otro lado, junto a las autoridades del municipio. Nos sentamos a continuación de dos mujeres vestidas de enfermeras. Teníamos que haber llegado a las nueve y son casi las diez y media. Nos disculpamos. Sospecho que llevan un buen rato con las canciones, por el rico repertorio que manejan los músicos. El acto continúa con una escenificación donde los profesores representan a un gato, un perro, un caballo, etc., y hablan entre ellos con palabras que se confunden con las voces de los animales. Luego, tres niños (dos niños y una niña) interpretan, o más bien leen, el cuento de Juan Rulfo «No oyes ladrar los perros», que quizá no sea una historia muy infantil, pero que se presta para ser leída a tres voces. La niña que hace de narradora no necesita el micrófono: le pone tal entusiasmo que su voz debe de oírse en el pueblo vecino. Cuando termina la representación, el profesor Ignacio, gran maestro de ceremonias, anuncia a un coro de niños, Los Colibríes, que cantan y bailan. Varios colibríes intentan sacar a bailar a Roger Omar, pero este se resiste y ellos ya no insisten. Luego, el profesor anuncia «una premiación»: se van a repartir regalos a los niños ganadores de un concurso para elegir el lema de la biblioteca escolar y diseñar su logotipo. Los regalos los reparten las fuerzas vivas del pueblo, y a mí me dan para repartir el tercer premio, que le corresponde a Yael, un niño muy despierto al que ya conozco. Es uno de los niños con un sueño publicado en el libro; vino a Oaxaca con otros alumnos de la escuela el día que presentamos el libro en la FILO [Feria Internacional del Libro de Oaxaca]. El primer premio lo ha ganado una niña que ha propuesto el lema «San Sebastián del Libro», en zapoteco, y ha dibujado a una mujer y a un hombre sujetando un libro en el que se despliegan todas las casitas del pueblo. Después, Ignacio anuncia a «Las Colibrotas», «un grupo que se estrena hoy», formado por las madres de los niños. Ataviadas con trajes de fiesta, sujetan cestas con dulces bajo el brazo y arrojan caramelos a los niños mientras bailan dando vueltas. Algunos señores del grupo de las autoridades salen a bailar y, como me lo piden, yo también salgo. Roger disimula y se queda detrás de un grupo de niños; entre vuelta y vuelta, lo veo sacando fotos. En este momento hay una enorme animación en la escuela Unión y Progreso. El profesor Ignacio vuelve a tomar el micrófono y anuncia que todos los niños y niñas de la escuela van a hacer otro libro, y que lo publicará Media Vaca. Ignacio me mira sonriendo y, desde mi asiento, asiento (valga la redundancia) y hago un gesto de «Adelante». Enseguida llega el momento de inaugurar la biblioteca bautizada como San Sebastián del Libro. Nos desplazamos todos a un aula cercana siguiendo un camino de flores. En la puerta de la biblioteca hay una banda de tela que hay que cortar. Aparece, traída por alguien, una bandeja con cuatro tijeritas de manualidades. A mí también me dan una, pero no corta nada. Entramos todos en la biblioteca, niños y mayores, y todo alrededor, ocupando las cuatro paredes, hay estanterías bajas llenas de libros de la SEP [Secretaría de Educación Pública]. Entre ellos, varios libros de Media Vaca editados por la SEP para su Biblioteca de Aula: tres ejemplares de Robinson Crusoe, uno de No hay tiempo para jugar y otro de Aroma de galletas. Le enseño los libros a Ignacio, que se los muestra a su vez al alcalde y al concejal de cultura. Nos hacemos todos varias fotos con los libros. Luego, volvemos al patio donde se desarrolla la fiesta y parece que ya por fin va a llegar el momento de repartir los ejemplares del libro Oaxaca y los diplomas a los niños participantes. En broma, le digo a Roger: «Ahora se irán todos, ya verás». Ignacio vuelve a tomar el micrófono y anuncia que ya podemos irnos a comer una barbacoa. Creo que dice barbacoa. La verdad es que nos quedamos tan sorprendidos que ya no escuchamos ni entendemos nada. Roger se acerca para explicarle que hemos traído cajas con libros y que nos gustaría repartirlos. y que, además, no podemos quedarnos a comer porque yo tengo que coger un avión en unas pocas horas. Los niños han puesto pies en polvorosa y hay que llamarlos para que vuelvan. En medio del caos, repartimos los libros como podemos, y solamente unos cuantos diplomas. Y eso que todos tienen ya su nombre puesto, porque Roger se ha tomado la molestia de escribirlos la noche anterior o, temprano, esa misma mañana. Un padre, que ya conocemos de la presentación en Oaxaca, nos regala a Roger y a mí unos molcajetes, artesanía típica del pueblo, que muy bien pesarán dos kilos cada uno. Me cuenta que está escribiendo la historia de San Sebastián Teitipac, y que le gustaría que la leyera. Le doy una tarjeta y le animo a que me envíe un fragmento. Roger sigue repartiendo diplomas, y yo dibujo unas cuantas vacas en libros, diplomas y cuadernos escolares. Nos despedimos muy rápidamente de toda la gente que tenemos alrededor (aunque la mayoría se han ido a la barbacoa) y nos dirigimos al coche de Nicolás para volver a Oaxaca. Los tres estamos bastante desconcertados. Todo iba muy bien hasta la llamada a la comida. Pensamos que ha habido un malentendido, quizá habían previsto el reparto por la tarde. En cualquier caso, teniendo montadas las mesas, los micrófonos y a los niños formados, lo más sencillo habría sido aprovechar la ocasión. Habríamos ido nombrando a cada uno de los escolares para que saliera al centro del patio a recibir libro y diploma, y los niños leerían sus sueños, como hemos hecho en otros lugares. Ya en Oaxaca, pasamos por el [hotel] ONE para que Roger saque su maleta. Se le ha acabado la invitación de la FILO y debe mudarse de nuevo a la pensión a la que llegó el primer día. Nicolás le deja en la puerta de la pensión y a mí en el banco Banamex, junto a la [Biblioteca] Henestrosa. Saco dinero para pagar en el IAGO [Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca] los diplomas y los cuadernitos de sueños, y el resto de los carteles de Quintas. En la feria, me despido de Mónica Palomino y le doy a Nancy Mariano la colección de Libros para Mañana que no le di a Claudio Aravena, moderador de la charla, porque él trajo sus propios libros de Chile. Pago en el IAGO la cantidad pendiente y, luego, nos juntamos para comer con Are y Tonna, Nava y Roger. Are nos lleva a La Biznaga, un restaurante que conocemos bien porque hemos estado con Freddy en varias ocasiones. Me alegra volver. Areli se interesa por saber qué planes tiene la editorial. Le digo que me apetecería hacer libros muy populares y muy baratos, quizá cosidos con grapas. Después de la comida, Roger se despide: ha quedado con una amiga de Nicolás que le quiere pedir ayuda para un trabajo que está realizando sobre la memoria de los habitantes de su pueblo. Are y Tonna se van a su oficina, y Nava y yo nos acercamos a la imprenta de Quintas. Gabriel [Quintas] ha hecho una nueva prueba del cartel tipográfico que le he encargado. Cerramos la factura y le doy instrucciones sobre dónde entregar el trabajo cuando esté terminado. Nos despedimos hasta el próximo viaje. Nava me acompaña al hotel ONE, donde tienen que recogerme para llevarme al aeropuerto. Por el camino, va haciendo fotos de todos los grafitis que le salen al paso, especialmente los de un tal Nino, a quien se los borran (pero no del todo) y vuelve a pintar encima escribiendo «No me los borren por favor». A las seis menos cuarto, estoy en el hotel. Llegan dos chóferes. Uno se va con dos pasajeros, pero el otro debe esperar a una mujer que a las seis y cinco ha dicho que subía a la habitación a hacer las maletas y que tardaría quince minutos. Esperamos. Llega un tercer coche. Le pregunto al segundo chófer si la señora que ha subido podría llevársela el último coche que acaba de llegar, para irme yo con él en ese momento: el tráfico en Oaxaca es complicado y prefiero salir con tiempo. Los dos chóferes comprueban que el nombre de la mujer aparece en sus dos listas de pasajeros, así que deciden que yo me vaya primero. En ese momento, aparece la mujer, que ha tardado exactamente quince minutos, y cada uno nos vamos al aeropuerto en un coche distinto. El chófer me parece muy simpático, y cuando llegamos al aeropuerto le regalo el último ejemplar de Oaxaca que me queda, y le dibujo en él una vaca. El avión sufre un retraso de más de media hora. En México, en contra de lo previsto, nadie ha venido a recogerme. Espero, a pesar de todo, unos cuarenta minutos, y finalmente salgo a buscar un taxi. En el [hotel] Geneve me dan una habitación en un ala del edificio distinta de la de la vez anterior. Llamo a Lluvianel, coordinadora de FILIJ [Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil], por teléfono, para avisarle de que ya he llegado, pero me salta el buzón de voz. Es tarde, no vuelvo a intentarlo. Escribo la crónica de este día, un día largo. Antes de dormir, leo al poeta chileno Raúl Zurita: Nuevas ficciones. Parece un libro de sueños, pero no lo es.

Vicente Ferrer


Fotografía de Roger Omar.

 
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