Un mal dolor de muelas
10 de December de 2017 | Lecturas
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Un mal dolor de muelas

(capítulo inédito de Seis niños en Marte)

Durante el viaje de regreso, que iba a durar cinco meses, todos estaban más tranquilos y mucho menos acelerados. Ya habían pasado las emociones más fuertes de la expedición, y además tenían mucho menos trabajo que hacer. Dedicaban bastante tiempo a comunicarse por Internet con sus amigos en la Tierra y a contarles sus experiencias en el planeta. Daniel estaba todo el día mandándole mensajes a Raquel, una buena amiga, que estuvo a punto de ir con ellos a Marte, pero que por un pequeño problema familiar tuvo que quedarse en tierra y fue sustituida por Jimena, la mejor amiga de Mariú.

Esto es lo que Daniel le contaba en uno de los mensajes:

«Lo estamos pasando pipa. No puedes imaginarte la cantidad de cosas que hemos hecho en Marte y, sobre todo, los paisajes tan maravillosos que hemos podido contemplar. Teníamos un avioncito teledirigido que volaba sin tripulantes y que exploraba los sitios antes de llegar nosotros. Mariú lo dirigía muy bien; un día por poco lo rompe, pero afortunadamente lo pudimos arreglar. Manuel se cayó por un precipicio muy profundo y casi se mata, aunque solo se escacharró un tobillo. Otro día te contaré más cosas. Saludos. Danielote (así me llamaba mi abuelo antes de irnos al espacio profundo)».

Álvaro andaba un poco decaído, y todos lo notaron enseguida.

—¿Qué te pasa, Álvaro? —preguntó un día Jimena—. ¿Te da pena que esto se vaya a terminar?

—No, todo lo contrario, me gustaría que se acabara ahora mismo. Lo que me pasa es que tengo un dolor de muelas tremendo y llevo tres días casi sin poder dormir.

—Pero hombre, ¿cómo no nos lo has dicho antes? —dijo Mariú, muy enfadada—. Vamos ahora mismo a la clínica, que para eso la tenemos. Aunque sea muy pequeña, algo podremos hacer. Jimena y yo aprendimos algo sobre enfermería en un campamento el año pasado, así que te puedes fiar de nosotras.

Los tres fueron a la clínica, que más parecía un botiquín de urgencias que otra cosa; sin embargo, a pesar de todo, estaba muy bien equipada. Álvaro se sentó en un sillón como los de los dentistas, aunque mucho más pequeño y menos cómodo, y tuvo que atarse para no volarse, porque durante todo el viaje de vuelta estaban en ingravidez, como a la ida. Se reclinó un poco y abrió la boca todo lo que pudo.

—¿Dónde te duele? —preguntó Jimena, mirando la boca de Álvaro un poco asustada, y apoyada incómodamente en una pared.

—Creo que es esta muela de aquí —dijo Álvaro, tocándose la primera muela de abajo del lado izquierdo.

Mariú cogió un martillo muy pequeño y golpeó con mucho cuidado en la última muela de ese lado.

—¿Ahí? —preguntó Jimena, que estaba mirando lo que hacía Mariú.

—No, es más adelante.

Mariú siguió golpeando una por una todas las muelas de ese lado, hasta que llegó a la primera.

—¡Ay, ay! Es esa —gritó Álvaro con un gesto de dolor.

—Bueno, ya sabemos algo —dijo Mariú muy circunspecta—, se trata del primer molar inferior izquierdo.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Jimena.

—No tengo la menor idea, déjame pensar.

—¿Ves una caries o algo parecido?

—No, no veo nada. ¿Cuándo te duele más, con el frío o con el calor?

—Ni con frío ni con calor. Me duele mucho cuando intento dormirme —dijo Álvaro, que empezaba a dudar de las dos astronautas enfermeras.

—Yo creo que tendremos que hacerte una radiografía. Aquí hay un aparato para hacerlas, pero no me acuerdo bien de cómo funciona. Tendremos que estudiar las instrucciones —dijo Mariú—. ¿Por qué no te das un paseo o te vas al balcón mientras nosotras lo ponemos en marcha?

Álvaro, resignado y con mala cara, porque ahora la muela le dolía más después del martillazo, fue al balcón. Allí encontró a César, que estaba mirando con los gemelos para ver si descubría la Tierra, y le contó lo de su muela.

—Vaya fastidio. A lo mejor no tenemos más remedio que sacártela —dijo César, muy serio.

—¡Ni se os ocurra! Antes me muero de dolor, pero yo no me dejo que me saquéis una muela vosotros, ¡astronautas imberbes!

Pasada media hora, las dos chicas llamaron a Álvaro.

—Ven, que ya sabemos manejar este cacharro. Siéntate de nuevo.

Por fin, después de tres o cuatro intentos, lograron sacar una radiografía bastante buena de la muela enferma. La miraron con detenimiento, pero no vieron nada especial.

—A mí me parece que esa mancha blanca que hay en la raíz es señal de una infección —dijo Jimena muy preocupada.

—Creo que tienes razón. Mandaremos la radiografía por radio al Centro de Control, a ver qué nos dicen.

—Vale. muy buena idea. ¿Qué te parece, Álvaro?

—Con tal de que me quitéis el dolor, todo lo que hagáis me parece estupendo —contestó Álvaro, cada vez más nervioso.

La respuesta de Control tardó casi dos horas. Tuvieron que estudiar el caso con mucho cuidado, pero por fin llegó el mensaje que estaban esperando.

«La muela está prácticamente perdida. Tiene una infección muy grande. Probad con un analgésico muy fuerte que tenéis en el cajón de los medicamentos. Tiene el código número 7.243. También es muy conveniente que tome un antibiótico para ver si vence la infección, aunque es muy poco probable. Tiene el código 435; son tres pastillas que debe tomar en días consecutivos. Si o funcionan estos remedios, no habrá más remedio que extraer esa pieza. Cuando regreséis, le haremos un implante y quedará como nuevo».

Álvaro se echó a temblar. Lo primero que hizo fue pedir la caja de analgésicos y la del antibiótico. Mariú, que era muy espabilada, dijo a los del Centro de Control que necesitaba instrucciones para extraer una muela. En cuanto las recibió, se puso a estudiarlas junto a Jimena.

Daniel le contó enseguida a Raquel, en otro mensaje, la situación actual:

«Ahora tenemos aquí un problema muy grave. Álvaro, que es el que manda, aunque no quiere que le llamemos jefe, tiene un dolor de muelas horrible, no puede dormir y está siempre de muy mal humor. Me parece que le vamos a tener que sacar una muela. Va a ser una movida muy seria. No tengo ni idea de cómo lo vamos a hacer. Ya te contaré. Un beso. Danielote».

Álvaro mejoró bastante con la medicación, principalmente gracias a los antibióticos, pero el fuerte dolor volvió pasados seis o siete días. Estaba cada día de peor humor, porque los analgésicos ya casi no le hacían efecto. Después de una nueva consulta con los médicos del Centro de Control, no hubo más remedio que tomar en serio la solución de extraerle la muela. Jimena y Mariú se pusieron muy nerviosas y dijeron que ellas no podrían hacerlo, porque no tenían la fuerza suficiente. Manuel dijo que tenía mucho miedo a la sangre, y que si lo intentaba a lo mejor se desmayaba, así que se fue hacia la cabina de mando desentendiéndose del dolor de muelas.

—Solo quedamos tú y yo —dijo Daniel, mirando a César—, así que pongámonos manos a la obra. Que las astronautas nos expliquen lo que hay que hacer.

Álvaro miró horrorizado a los jóvenes astronautas; se daba cuenta de que iba a convertirse en su conejillo de indias, por su inexperiencia, pero el dolor, con el que llevaba luchando ya casi un mes, le trastornaba tanto que estaba dispuesto a todo.

César y Daniel se fueron a la clínica con Jimena y Mariú y ellas les explicaron los detalles del proceso. Hasta les dejaron manipular los alicates que debían utilizar para realizar la extracción y hacer pruebas con él, agarrando un pequeño tornillo para probar la fuerza que podían ejercer. Lo más complicado iba a ser conseguir una buena postura para poder tirar con fuerza, teniendo en cuenta que ellos no podían estar atados como Álvaro, y que flotaban en el recinto de la clínica. Al final decidieron atornillar una banqueta metálica al lado del sillón donde se echaría Álvaro, y atar a la banqueta, por las pantorrillas, al que fuera a tirar de la muela.

Álvaro estaba atemorizado y muy pálido cuando le llamaron para que fuera a la clínica, pero, manso como un cordero, se dirigió hacia el «matadero», como le dijo a Manuel antes de irse. Manuel estaba asustadísimo y se quedó en la cabina de control con la excusa de que alguien debía permanecer allí todo el tiempo. Aunque quiso no pensar en lo que iba a suceder en la clínica, no podía quitárselo de la cabeza. Afortunadamente, no había ninguna maniobra importante que hacer porque, de lo contrario, seguro que habría metido la pata.

—¡Venga, no seas miedoso, que no te va a pasar nada! —dijo Jimena, intentando animar a Álvaro.

—Os garantizo que en este preciso momento estoy pasando más miedo que durante todo el viaje explorando Marte, a pesar de que nos hemos jugado la vida en varias ocasiones —dijo Álvaro, mientras lo ataban al sillón para que no flotara.

—Lo primero que haremos será ponerte un fuerte anestésico. Además, para que no te duela el pinchazo, te dormiremos la encía con el líquido que hay en este algodoncito —dijo Mariú, algo nerviosa mientras le frotaba la encía.

—¿Se te ha dormido ya? —preguntó Jimena con la inyección de anestésico en la mano, como si fuera el revólver de un vaquero del Oeste.

—¡Yo qué sé! ¡Por favor, acabad de una vez, que me estoy poniendo muy nervioso! —dijo Álvaro con voz gangosa, porque tenía metido en la boca un canutillo para extraerle la saliva.

Álvaro estaba descompuesto. El panorama que contemplaba desde el sillón en el que estaba reclinado y atado, era espeluznante. Las dos astronautas flotaban en el espacio, cerca del techo de la habitación, estiradas todo lo largas que eran, con sus caras cerca de la boca de Álvaro; una de ellas, Mariú, sujetaba con una mano un aparatito que le había introducido en la boca para extraer la saliva; la otra, Jimena, sujetaba una jeringuilla esperando a pincharla en su encía. En un rincón, cerca del techo, vio a Daniel acurrucado, muy pálido e inexpresivo. Finalmente, César estaba junto al sillón, fuertemente agarrado con las dos manos a uno de sus brazos, también flotando en el aire y con los pies próximos al techo. Ante aquella visión, Álvaro pensó que si un dentista profesional pudiera ver lo que él estaba viendo, quedaría instantáneamente petrificado.

Jimena apretó los dientes todo lo que pudo, puso la aguja sobre la encía de Álvaro, cerró los ojos y empujó suavemente. La aguja entró en la encía y el líquido anestésico fue detrás.

…¡Ten cuidado, mujer, que se está saliendo todo el líquido! —gritó Mariú.

—¿Qué hago? —preguntó Jimena horrorizada.

—Tienes que pinchar otra vez, pero más profundo. ¿Quieres que lo haga yo? —dijo Mariú.

—No, no, déjame. Ya he sacado la aguja. ¿Hasta dónde pincho?

—Hasta la mitad. Pero date prisa, que el efecto de la anestesia puede pasar.

Álvaro estaba cada vez más asustado. Se le habían puesto los pelos de punta al oír el diálogo de las dos astronautas, pero no le quedaba más remedio que aguantar todo lo que le viniera encima.

Jimena extrajo la aguja y volvió a pinchar, esta vez con los ojos abiertos. Luego, empujó muy despacito el émbolo de la jeringuilla. Álvaro, que tenía los ojos cerrados, los abrió con un suspiro de alivio. Mariú miró el interior de la boca de Álvaro: todo parecía estar en orden.

—Bueno, ahora os toca a vosotros. ¿Cuál de los dos lo va a intentar primero? —dijo Mariú, mirando a Daniel y a César, que estaban cerca de ella.

—Probaré yo primero —dijo César, tembloroso, subiéndose en la banqueta y disponiéndose a que lo ataran por las pantorrillas.

César cogió los alicates y con ellos abrazó la muela de Álvaro.

—¡Cuidado, no te equivoques de muela! —gritó Mariú, muy preocupada, mirando la muela.

—Decidme, ¿es esta? —preguntó César antes de tirar.

—¡Sí, sí! ¡Esa! —dijo Mariú—. Adelante, tira fuerte.

César tiró con todas sus fuerzas, pero no consiguió nada.

—Tienes que hacer un poco de molinillo, como si arrancaras un geranio de su tiesto —gritó Jimena.

—No puedo, me rindo, que lo intente Daniel. Desatadme enseguida, que tengo que ir al baño.

Álvaro estaba cada vez más asustado. Seguía con la boca abierta, los ojos cerrados y agarrado con fuerza al sillón, aunque estaba atado a él. Daniel, pálido y tembloroso, se subió a la banqueta, agarró los alicates con rabia, cogió la muela con ellos y empezó a hacer el molinillo, como sugería Jimena. Siguió haciendo molinillo hasta que Mariú le dio un manotazo en la cabeza.

—¡Para ya, que le vas a romper la encía!

—¿No me habéis dicho que haga molinillo? Es lo que estoy haciendo.

—Pero no tanto. Tira fuerte de una vez, porque Álvaro se va a desmayar.

—¡Allá voy! —gritó Daniel, tirando con todas sus fuerzas.

Todos cerraron los ojos, menos Daniel. Álvaro encogió los pies del susto, porque, afortunadamente, con la anestesia no le dolía. Al primer intento no pasó nada. Entonces, Daniel dio un segundo tirón con mucha más fuerza y gritó muy contento:

—¡Ya la tengo! ¡Aquí está! ¡Miradla, qué grande es!

Todos respiraron aliviados y miraron a Álvaro, que, aunque muy pálido, parecía no haber sufrido demasiado.

—Supongo que ya no te duele —dijo Daniel, blandiendo en su mano los alicates con la muela—. ¿No te importará que me la quede de recuerdo?

—Por mí te la puedes llevar al infierno. No creo que la necesite cuando me hagan el implante —dijo Álvaro, tratando de desatarse—. Por favor, soltadme cuanto antes, que quiero irme a dormir.

Cuando se le pasó el susto, Jimena mandó un mensaje a su amiga:

«No te puedes imaginar el follón que hemos tenido aquí arriba. Nos hemos visto obligados a sacarle una muela a Álvaro, que es el más mayor de todos. Le dolía muchísimo, y desde el Centro de Control nos dijeron que le teníamos que sacar la muela, porque tenía una infección muy grande. No sabíamos cómo hacerlo y tuvimos que estudiar muchas cosas. Yo le puse una inyección en la encía. En mi vida he pasado más miedo. Pero por fin se la sacamos, y ya no le duele».

Álvaro pasó dieciséis horas seguidas durmiendo. Estaba realmente agotado. Cuando se despertó, parecía otra persona; no hacía más que dar las gracias a todos. Se las dio hasta a Manuel, por haber pilotado la nave durante la operación. En el Centro de Control se pusieron muy contentos cuando comprobaron que todo había salido tan bien. Era la primera vez que se hacía una extracción en pleno vuelo y habían estado muy preocupados.

Pasados tres días, Jimena fue corriendo, bueno, mejor dicho, volando, en busca de Daniel.

—¡Mira! ¡Mira lo que acaba de llegar! —dijo, enseñándole un folio en colores que acababa de recibir por correo electrónico.

—¿Qué es esto? —preguntó Daniel mientras miraba el papel—. ¡Atiza! Si es un certificado que dice que soy el primer ser humano que extrae una muela en el espacio exterior. ¡Qué maravilla! Lo colgaré en la pared de mi habitación.

—¡Vaya estafa! ¡A mí no me han mandado nada! —dijo César, muy enfadado—. Y yo fui el que aflojó la muela para que tú la pudieras sacar. No hay derecho. ¡Qué injusto es el mundo!

—Venga, menos cuento. Tú no hiciste nada. Enseguida te marchaste y me dejaste a mí solo ante el peligro.

—Me marché porque tenía que ir al baño. Pero te ayudé mucho, reconócelo.

—Bueno, no te enfades. Si quieres, los llamo y les digo que te manden a ti otro certificado. Que tu participación fue fundamental.

—No, no quiero que los llames. A mí me hubiera gustado que me lo mandaran espontáneamente, pero no porque se lo pidas tú. ¡Que les frían un churro!


Luis Ruiz de Gopegui


[Este episodio inédito de Seis niños en Marte pertenecía a una versión anterior del libro y no fue incluido en la edición de Media Vaca por desconocerlo los editores. Luis, su autor, lo ha recuperado recientemente y nos lo ha enviado para que lo compartamos con todos sus entusiastas lectores].