Un día en Oaxaca
27 de January de 2017 | Lecturas
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15 de noviembre de 2016. Estoy despierto cuando suena el teléfono de la habitación, a las siete en punto de la mañana. Es Nava: quiere saber cuándo podemos vernos porque quiere darme el número rosa de [la revista] Taco de Ojo antes de irse. Le digo que esta mañana nos vamos a un pueblo a repartir libros a escolares. Se apunta a la excursión, porque no tiene nada mejor que hacer, dice, pero le digo que mejor quedamos a las dos para comer: nos juntaremos con Are y Tonna, los diseñadores de Quatro Estudio, para despedirnos. Hago la maleta y llamo a Begoña por teléfono. Consigo hablar con ella, la localizo en el móvil. Bajo al vestíbulo y aviso a Roger Omar para que baje. Desayunamos rápidamente y salimos del hotel a las nueve menos cuarto para encontrarnos con Nicolás, que nos está esperando. Justo en el momento en que llegamos, sale por la puerta con una caja de libros. Llevaremos dos cajas a San Sebastián Teitipac. Subimos a la camioneta y nos vamos. San Sebastián está a unos 25 kilómetros del centro; podemos tardar tres cuartos de hora en llegar. El camino es bonito, atraviesa cerros redondeados. Nicolás nos cuenta que suele correr por esos cerros. Le gusta correr desde niño. El pueblo donde está la escuela Unión y Progreso, nuestro objetivo, parece que corre también delante de nosotros y se va escapando. Acabamos preguntándole a una persona que encontramos en el camino si vamos en la dirección correcta. Sí, la escuela está ya muy cerca, enfrente de la iglesia. Llegamos, bajamos las cajas de libros. Roger saluda a una señora que hace tortillas en la puerta de una casa, que también le reconoce. Suena música en el patio de la escuela. Dos músicos tocan la guitarra y cantan canciones populares: Gracias a la vida y La muralla, cuando nosotros llegamos. Los niños están sentados alrededor del patio, por grupos. Cuando ven a Roger, algunos gritan. Otros aplauden. El profesor Ignacio nos da la bienvenida y nos pide que esperemos a que acabe la canción para presentarnos. Una profesora se me acerca para preguntarme mi nombre. Se lo digo, y también que soy editor. Ignacio habla desde un micrófono y pide aplausos para nosotros. Nos pide que nos sentemos en unas sillas dispuestas del otro lado, junto a las autoridades del municipio. Nos sentamos a continuación de dos mujeres vestidas de enfermeras. Teníamos que haber llegado a las nueve y son casi las diez y media. Nos disculpamos. Sospecho que llevan un buen rato con las canciones, por el rico repertorio que manejan los músicos. El acto continúa con una escenificación donde los profesores representan a un gato, un perro, un caballo, etc., y hablan entre ellos con palabras que se confunden con las voces de los animales. Luego, tres niños (dos niños y una niña) interpretan, o más bien leen, el cuento de Juan Rulfo «No oyes ladrar los perros», que quizá no sea una historia muy infantil, pero que se presta para ser leída a tres voces. La niña que hace de narradora no necesita el micrófono: le pone tal entusiasmo que su voz debe de oírse en el pueblo vecino. Cuando termina la representación, el profesor Ignacio, gran maestro de ceremonias, anuncia a un coro de niños, Los Colibríes, que cantan y bailan. Varios colibríes intentan sacar a bailar a Roger Omar, pero este se resiste y ellos ya no insisten. Luego, el profesor anuncia «una premiación»: se van a repartir regalos a los niños ganadores de un concurso para elegir el lema de la biblioteca escolar y diseñar su logotipo. Los regalos los reparten las fuerzas vivas del pueblo, y a mí me dan para repartir el tercer premio, que le corresponde a Yael, un niño muy despierto al que ya conozco. Es uno de los niños con un sueño publicado en el libro; vino a Oaxaca con otros alumnos de la escuela el día que presentamos el libro en la FILO [Feria Internacional del Libro de Oaxaca]. El primer premio lo ha ganado una niña que ha propuesto el lema «San Sebastián del Libro», en zapoteco, y ha dibujado a una mujer y a un hombre sujetando un libro en el que se despliegan todas las casitas del pueblo. Después, Ignacio anuncia a «Las Colibrotas», «un grupo que se estrena hoy», formado por las madres de los niños. Ataviadas con trajes de fiesta, sujetan cestas con dulces bajo el brazo y arrojan caramelos a los niños mientras bailan dando vueltas. Algunos señores del grupo de las autoridades salen a bailar y, como me lo piden, yo también salgo. Roger disimula y se queda detrás de un grupo de niños; entre vuelta y vuelta, lo veo sacando fotos. En este momento hay una enorme animación en la escuela Unión y Progreso. El profesor Ignacio vuelve a tomar el micrófono y anuncia que todos los niños y niñas de la escuela van a hacer otro libro, y que lo publicará Media Vaca. Ignacio me mira sonriendo y, desde mi asiento, asiento (valga la redundancia) y hago un gesto de «Adelante». Enseguida llega el momento de inaugurar la biblioteca bautizada como San Sebastián del Libro. Nos desplazamos todos a un aula cercana siguiendo un camino de flores. En la puerta de la biblioteca hay una banda de tela que hay que cortar. Aparece, traída por alguien, una bandeja con cuatro tijeritas de manualidades. A mí también me dan una, pero no corta nada. Entramos todos en la biblioteca, niños y mayores, y todo alrededor, ocupando las cuatro paredes, hay estanterías bajas llenas de libros de la SEP [Secretaría de Educación Pública]. Entre ellos, varios libros de Media Vaca editados por la SEP para su Biblioteca de Aula: tres ejemplares de Robinson Crusoe, uno de No hay tiempo para jugar y otro de Aroma de galletas. Le enseño los libros a Ignacio, que se los muestra a su vez al alcalde y al concejal de cultura. Nos hacemos todos varias fotos con los libros. Luego, volvemos al patio donde se desarrolla la fiesta y parece que ya por fin va a llegar el momento de repartir los ejemplares del libro Oaxaca y los diplomas a los niños participantes. En broma, le digo a Roger: «Ahora se irán todos, ya verás». Ignacio vuelve a tomar el micrófono y anuncia que ya podemos irnos a comer una barbacoa. Creo que dice barbacoa. La verdad es que nos quedamos tan sorprendidos que ya no escuchamos ni entendemos nada. Roger se acerca para explicarle que hemos traído cajas con libros y que nos gustaría repartirlos. y que, además, no podemos quedarnos a comer porque yo tengo que coger un avión en unas pocas horas. Los niños han puesto pies en polvorosa y hay que llamarlos para que vuelvan. En medio del caos, repartimos los libros como podemos, y solamente unos cuantos diplomas. Y eso que todos tienen ya su nombre puesto, porque Roger se ha tomado la molestia de escribirlos la noche anterior o, temprano, esa misma mañana. Un padre, que ya conocemos de la presentación en Oaxaca, nos regala a Roger y a mí unos molcajetes, artesanía típica del pueblo, que muy bien pesarán dos kilos cada uno. Me cuenta que está escribiendo la historia de San Sebastián Teitipac, y que le gustaría que la leyera. Le doy una tarjeta y le animo a que me envíe un fragmento. Roger sigue repartiendo diplomas, y yo dibujo unas cuantas vacas en libros, diplomas y cuadernos escolares. Nos despedimos muy rápidamente de toda la gente que tenemos alrededor (aunque la mayoría se han ido a la barbacoa) y nos dirigimos al coche de Nicolás para volver a Oaxaca. Los tres estamos bastante desconcertados. Todo iba muy bien hasta la llamada a la comida. Pensamos que ha habido un malentendido, quizá habían previsto el reparto por la tarde. En cualquier caso, teniendo montadas las mesas, los micrófonos y a los niños formados, lo más sencillo habría sido aprovechar la ocasión. Habríamos ido nombrando a cada uno de los escolares para que saliera al centro del patio a recibir libro y diploma, y los niños leerían sus sueños, como hemos hecho en otros lugares. Ya en Oaxaca, pasamos por el [hotel] ONE para que Roger saque su maleta. Se le ha acabado la invitación de la FILO y debe mudarse de nuevo a la pensión a la que llegó el primer día. Nicolás le deja en la puerta de la pensión y a mí en el banco Banamex, junto a la [Biblioteca] Henestrosa. Saco dinero para pagar en el IAGO [Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca] los diplomas y los cuadernitos de sueños, y el resto de los carteles de Quintas. En la feria, me despido de Mónica Palomino y le doy a Nancy Mariano la colección de Libros para Mañana que no le di a Claudio Aravena, moderador de la charla, porque él trajo sus propios libros de Chile. Pago en el IAGO la cantidad pendiente y, luego, nos juntamos para comer con Are y Tonna, Nava y Roger. Are nos lleva a La Biznaga, un restaurante que conocemos bien porque hemos estado con Freddy en varias ocasiones. Me alegra volver. Areli se interesa por saber qué planes tiene la editorial. Le digo que me apetecería hacer libros muy populares y muy baratos, quizá cosidos con grapas. Después de la comida, Roger se despide: ha quedado con una amiga de Nicolás que le quiere pedir ayuda para un trabajo que está realizando sobre la memoria de los habitantes de su pueblo. Are y Tonna se van a su oficina, y Nava y yo nos acercamos a la imprenta de Quintas. Gabriel [Quintas] ha hecho una nueva prueba del cartel tipográfico que le he encargado. Cerramos la factura y le doy instrucciones sobre dónde entregar el trabajo cuando esté terminado. Nos despedimos hasta el próximo viaje. Nava me acompaña al hotel ONE, donde tienen que recogerme para llevarme al aeropuerto. Por el camino, va haciendo fotos de todos los grafitis que le salen al paso, especialmente los de un tal Nino, a quien se los borran (pero no del todo) y vuelve a pintar encima escribiendo «No me los borren por favor». A las seis menos cuarto, estoy en el hotel. Llegan dos chóferes. Uno se va con dos pasajeros, pero el otro debe esperar a una mujer que a las seis y cinco ha dicho que subía a la habitación a hacer las maletas y que tardaría quince minutos. Esperamos. Llega un tercer coche. Le pregunto al segundo chófer si la señora que ha subido podría llevársela el último coche que acaba de llegar, para irme yo con él en ese momento: el tráfico en Oaxaca es complicado y prefiero salir con tiempo. Los dos chóferes comprueban que el nombre de la mujer aparece en sus dos listas de pasajeros, así que deciden que yo me vaya primero. En ese momento, aparece la mujer, que ha tardado exactamente quince minutos, y cada uno nos vamos al aeropuerto en un coche distinto. El chófer me parece muy simpático, y cuando llegamos al aeropuerto le regalo el último ejemplar de Oaxaca que me queda, y le dibujo en él una vaca. El avión sufre un retraso de más de media hora. En México, en contra de lo previsto, nadie ha venido a recogerme. Espero, a pesar de todo, unos cuarenta minutos, y finalmente salgo a buscar un taxi. En el [hotel] Geneve me dan una habitación en un ala del edificio distinta de la de la vez anterior. Llamo a Lluvianel, coordinadora de FILIJ [Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil], por teléfono, para avisarle de que ya he llegado, pero me salta el buzón de voz. Es tarde, no vuelvo a intentarlo. Escribo la crónica de este día, un día largo. Antes de dormir, leo al poeta chileno Raúl Zurita: Nuevas ficciones. Parece un libro de sueños, pero no lo es.

Vicente Ferrer


Fotografía de Roger Omar.