Seis niños van a Marte
30 de December de 2011 | Lecturas
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Marte-RulfoNiñas y niños, señoras y señores. Muy buenas tardes.

En primer lugar, os agradezco mucho que hayáis venido a la presentación de este cuento. Y sobre todo quiero agradecer sinceramente a la librería Juan Rulfo el haberlo organizado todo tan bien.

La llegada del hombre a la Luna vino precedida por un anuncio del presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy de su compromiso con la NASA para que antes del final de la década de los sesenta (del siglo pasado), «un hombre llegara a la Luna y regresara sano y salvo a la Tierra». Y, en efecto, así fue. Unos años después, cuando ya se habían realizado seis viajes con éxito a la Luna, el vicepresidente de los Estados Unidos, Spiro Agnew, anunció pomposamente —intentando emular al presidente Kennedy— que antes de la década de los ochenta los americanos llegarían a Marte.

Por aquellos años yo trabajaba con la NASA. Recuerdo con gran emoción la llegada del hombre a la Luna, que vi apostado en la Estación Espacial de Fresnedillas, una de las tres estaciones de la NASA que apoyaban los vuelos a la Luna. Por eso el anuncio del vicepresidente de los Estados Unidos me llenó de optimismo. «Después de los viajes a la Luna vendrán los viajes al planeta Marte», pensé yo ingenuamente.

Sin embargo, en aquellos momentos de euforia, ni el vicepresidente de los Estados Unidos, mal aconsejado, ni yo mismo, en los comienzos de mi carrera profesional con la NASA, nos dábamos cuenta de la magnitud de la aventura de llevar seres humanos al planeta Marte; muchísimo mas difícil, tanto en tecnología como en coste económico, que los viajes a la Luna, que está «tan cerca» de nosotros.

El viaje tripulado a Marte está lleno de problemas que aún en el momento presente, más de cuatro décadas después del anuncio del vicepresidente Agnew, no sabemos cómo resolver. Muchos de estos problemas nacen de la necesidad de traer de vuelta a la Tierra —es imprescindible— a los seres humanos que se manden al planeta. A Marte se han enviado ya más de una veintena de sondas automáticas sin tripulación, pero ninguna de ellas ha regresado a la Tierra, todas se han quedado allí o han pasado de largo y luego se han quedado dando vueltas alrededor del Sol.

Las principales dificultades del viaje a Marte nacen de la mecánica celeste, que obliga a una duración del viaje (ida y vuelta) que supera con creces los doce meses. En el mejor de los casos posibles hay que recorrer 75 millones de kilómetros tanto para ir como para volver. Por desgracia, los seres humanos no pueden estar tanto tiempo sometidos a la falta de gravedad y a las inclemencias de la radiación cósmica. Además, el dinero que costaría realizar un viaje como ése superaría en mucho la capacidad económica, no sólo de la NASA sino de todas las agencias espaciales del mundo entero juntas.

Debido a todos estos graves problemas —y otros muchos que no menciono para no aburriros—, lo más probable es que los seres humanos no lleguen al planeta Marte antes del final del presente siglo.

Entonces me preguntaréis: «¿Por qué has escrito un cuento en el que unos niños van Marte?».

Pues lo he escrito precisamente por eso. Porque es extremadamente difícil y porque sólo con la tremenda imaginación que reina en el mundo de los cuentos se puede concebir un viaje tan difícil como ése.

Los personajes del cuento los elegí bastante deprisa. Primero pensé en Mariú y Daniel, mis nietos. Pero dos eran muy pocos para un viaje tan largo. Entonces les pregunté por sus compañeros de colegio. Mariú me habló mucho de su amiga Jimena y me pareció que también podría ser una buena astronauta. A su vez Daniel me habló de Manuel y de César, que también me gustaron. Luego había que elegir uno que fuera unos años mayor que los otros cinco para que ejerciera de Comandante de la nave. Después de algunas peripecias seleccionamos a Marcos, hermano de César. Seis ya eran un buen número, así es que les sometí a un duro entrenamiento «virtual» —es decir, en mi cerebro—, convertí a los seis niños en aguerridos astronautas y, sin más bagaje, los envié hacia el planeta Marte.

Todos los niños-astronautas se portaron bastante bien durante el largo viaje. Mariú formaba una pareja excelente con César y ellos dos eran los que mejor pilotaban la nave. Un día hubo una importante avería como consecuencia de un fallo en el sistema eléctrico y tuvieron que controlar la nave, pues el piloto automático no funcionaba. Lo hicieron francamente bien.

Daniel fue el que encontró la causa de aquella avería gracias a su magnífico olfato.

Manuel se cayó por una de las laderas del gran Cráter Victoria y casi se rompe una pierna. Pero se portó como un jabato y no soltó ni una sola lágrima.

Jimena se asustó un poco al principio y se quería volver a la Tierra, pero como eso no era posible, enseguida lo superó.

Marcos, el Comandante de la Nave, también se portó estupendamente, teniendo siempre bajo control a los otros cinco astronautas. Pero se dio un susto de muerte cuando, durante los últimos momentos del viaje de regreso, le anunciaron desde Houston que algo iba mal porque la nave se dirigía velozmente hacia la Luna en lugar de hacerlo hacia el desierto Mohave en California, que era donde tenía que aterrizar.

No quisiera terminar este breve comentario sin agradecer sinceramente a todos los que me han ayudado en la consecución de este cuento.

En primer lugar, mencionaré a Margarita, mi esposa aquí presente. Su contribución ha sido importantísima. Yo, durante los treinta años que trabajé con la NASA, casi todo lo escribía en inglés. Por supuesto, no eran cuentos sino informes técnicos. Por eso, al escribir en español tiendo sin darme cuenta a construir las frases como se construyen en la lengua inglesa. Cada vez que terminaba un capítulo, se lo daba a Margarita para que lo revisara. Recuerdo muy bien cómo, después de leer cada capítulo, me echaba unas broncas tremendas por esa tendencia mía hacia el inglés y me hacía muchas correcciones: así es que no tenía más remedio que escribirlos otra vez.

Mi hija Belén, también aquí presente, me ha ayudado mucho asimismo revisando capítulo por capítulo todo el cuento. Recuerdo aún con cierto rubor cuando se enfadó mucho porque yo no permitía que las niñas pilotaran la nave. A mí, que he nacido casi a principios del siglo pasado, cuando en España las mujeres ni siquiera conducían automóviles, no me parecía apropiado —a pesar de que he cambiado mucho con los años— que dos niñas como Mariú y Jimena, que apenas sabían montar en bicicleta, pilotaran una nave espacial nada menos que en un viaje al lejano planeta Marte. Así es que tuve que cambiar algunos pasajes del cuento y ascender a las dos intrépidas astronautas a pilotas (valga la expresión) de naves interplanetarias, para que no se enfadara Belén.

Además, Belén ha escrito un epílogo entrañable, titulado «El explorador», que pone un final muy bonito al cuento.

Con LETRAS MAYÚSCULAS quiero hablar de los editores de Media Vaca, Begoña y Vicente. Yo he escrito ya unos cuantos libros, no muchos pero unos cuantos. Por eso he tenido que luchar con muchas editoriales, porque no me «fabricaban» los libros como yo quería. Pero con Media Vaca todo ha sido distinto: siempre iban ellos por delante de mí. Siempre las cosas que hacían superaban lo que yo quería. La edición del cuento es realmente primorosa. ¡Es una verdadera obra de arte! Se lo agradezco de todo corazón.

Finalmente, también quiero agradecer el trabajo del ilustrador del cuento, Juan Miguel Aguilera —al que tuve el honor de prologar una magnífica novela que escribió hace unos cuantos años—, que ha hecho un trabajo magistral con unos montajes fotográficos perfectos en los que los seis niños-astronautas parecen en realidad estar flotando al viajar por el espacio; montajes apoyados en unas fotografías de la NASA y otras de Santiago Martí, al que también agradezco su valiosa contribución.

Como veis, un libro no es sólo obra del autor, sino de un gran equipo que lo hace posible.

Y nada más. Espero que os guste el cuento.

Luis Ruiz de Gopegui

[texto leído en la presentación del libro Seis niños en Marte en la librería Juan Rulfo de Madrid el 2 de noviembre de 2011. Fotografía de Santiago Martí]