| No tinc paraules |
| 02 de September de 2006 | Lecturas |
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La idea de utilizar como referencia más inmediata los libros sin palabras de Frans Masereel corresponde a Arnal, admirador declarado del autor de La idea, Viaje apasionado o La ciudad. En sus «novelas xilografiadas» Masereel no se limita a encadenar acciones y movimientos relativamente fáciles de seguir, sino que incorpora elementos psicológicos para lograr, en palabras de Hermann Hesse, «un retrato de las pasiones humanas». Un trabajo meritorio, casi milagroso, que ahora mismo se me ocurre asociar a la puesta en escena cinematográfica de El abanico de Lady Windermere: su director, Lubitsch, convirtió la comedia teatral de Oscar Wilde, repleta de frases ingeniosas, en una deliciosa película muda. La otra gran influencia de Arnal Ballester en este libro, la que él considera más importante y que se puede rastrear sin esfuerzo en el conjunto de su obra, es el cine. La decisión de trabajar con dos tintas era una condición previa, común a toda la colección y en general a todos los libros de Media Vaca. Se trata de una preferencia estética que apela a una determinada tradición gráfica, y otra, digamos, moral, que tiene que ver con el uso de unos recursos limitados y con la preocupación por decir más con menos. Para quien no conozca el libro, diremos que el protagonista de No tinc paraules es un personaje llamado Rifacli (el nombre no aparece por ninguna parte y no tiene mayor importancia, pero se llama Rifacli) que, cual aprendiz de Ulises, se ve arrastrado a una aventura en el interior de un barco donde vive, trabaja o simplemente se desplaza una compañía de circo. Los artistas de ese circo realizan números maravillosos que son los que el propio Arnal hubiera querido ver alguna vez: un faquir que se recuesta en el filo de una gillette gigante, un boxeador que devuelve con los puños las balas que dispara un cañón portátil, etc. En ese mundo abigarrado hay un misterio que Rifacli, y el lector, deberán resolver. Cuando no era el espectáculo soso donde desfilan perros vestidos de primera comunión, el circo ofrecía números capaces de cortarnos el aliento y dejarnos, como a este libro, literalmente sin palabras. El título No tinc paraules quiere decir «No tengo palabras». En algún momento, hacia el final del trabajo, le hice a Arnal la observación de que un libro con el título en catalán que llega a la librería envuelto en un plástico era posible que permaneciera durante siglos (es decir, durante tres semanas: su vida en la librería) con el precinto intacto en aquellos lugares frecuentados por un público que no lee catalán. Su respuesta me pareció razonable. Según Arnal, siempre, desde el principio, había llamado al libro así (el catalán es su lengua familiar) y si se tradujera el nombre le sonaría extraño y le costaría reconocerlo como propio. Además, podría estar en swahili, en sánscrito o en zapoteco y nada sustancial cambiaría. Y si algún posible comprador que ve sobre una imagen que le interesa un título que no entiende no muestra la suficiente curiosidad como para romper el precinto del libro y asomarse a su interior, es que nunca será un buen lector de ese libro. Que compre otro. A cualquier tonto se le ocurriría –a mí se me ocurrió– que un libro sin palabras, sobre todo si es la obra de un magnífico ilustrador que aplica tanto rigor en su trabajo, debería traspasar incluso las barreras del idioma y llegar al público más amplio posible. ¡Ay, qué ignorancia universal! ¡Si resulta que en todo el mundo la gente que compra libros para los niños lo hace para que éstos aprendan a leer y salgan médicos, notarios o cualquier cosa eminente! Y, cómo no, para leerles antes de dormir y propiciar ese sueño feliz que les hará personas tranquilas y bienhumoradas que, por ejemplo, nunca llegarán a asesinar a sus padres con una motosierra. También, claro está, para que los niños pasen un rato entretenido, cuanto más largo mejor, y así perderlos un poco de vista. (En cambio, un libro sin palabras, ¿cuánto tarda en leerse? ¿cinco minutos? ¿dos?) También se compran libros para que los niños aprendan cosas que les serán muy útiles en la vida; he visto libros que contienen respuestas a todas las preguntas que uno puede hacerse a lo largo de una o de varias vidas. (¿Pero qué ocurre con los libros que no ofrecen respuestas sino que plantean más preguntas? ¿A quién le interesa un libro que nos obliga a esforzarnos? ¿Cómo seremos capaces de observar, leer e interpretar imágenes cuando nadie nos enseña a hacerlo? ¿Puede gustarme algo mucho aunque no esté seguro de entenderlo del todo? ¿Qué es lo que debo pensar? ¿Cómo se puede saber si un libro es bueno si no tiene texto?) En el peor de los casos, siempre puede uno copiar los dibujos y aprender a hacer tigres. Vicente Ferrer
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