
ISOL
( Buenos Aires, 1972)
Aroma
de galletas
Dibujante. Rara especie. Especie chica. Tenazmente obstinada
a poner en las bocazas de sus criaturas más dientes de los
estrictamente necesarios. Si se observa su ámbito natural de
trabajo (una mesa de algarrobo y un tablero vacilante y oblicuo del
que se ruedan todos los lápices, maldición añosa
del plano inclinado) se verá que el hábitat natural
de Isol lo constituyen unos bocetos inagotables en papelería
de todas las calañas, donde predominan los esbozos de niños
hiperkinéticos, de niñas desorbitadas, perros espásticamente
felices, vacas al borde del pasmo. Sin exagerar he visto, por ejemplo,
una oveja-péndulo, boba y asombrada, que oscila sobre un individuo
injustamente atado a una silla, reescritura tal vez de Poe o azar
catástrofico del choque entre la naturaleza suave del cordero
y el uso indebido de dicha presunta suavidad. Así es -creo
yo- la esencia última de su trazo desmesurado, impulsivo y
asombroso.
Pero es en sus perros, sin lugar a dudas, donde.
Y en sus vacas, que.
Y en su lógica aversión a las cucarachas. Horriblemente
satinadas, le he oído decir, y misteriosamente crujientes cuando
el primer caballero cruzado que esté dispuesto a ceder a sus
ruegos y argumentos las pisa heroicamente para poder vivir un poco
en paz. Sin tanto bicho.
Marcada preferencia por las niñas contestadoras, tiernas y
caprichosas, parecidas a ella cuando le ponían moños,
o dos hebillitas. Se trata de pequeños demonios en envase de
nenas, chicas que lo quieren todo y no se conforman sólo con
una parte de todo.
Lo otro que es cierto y que habría que decir de ella es que
es el terror de los fotocopiadores del barrio, personas afables y
sencillas que en general están en el mundo para vender plasticolas
de colores y no para reajustar los contrastes del negro o hacer desaparecer
manchitas. Ella es capaz de defender su derecho cívico a una
buena fotocopia con argumentos prácticamente tecnológicos,
irrefutables.
Y una cosa más: nunca mira al cruzar la calle, se lanza como
una loca a saltos sobre los adoquines y los autos ya han aprendido
a esquivarla. Y ésta es la excusa que ella esgrime para usar
su estrategia predilecta, que es la misma del zigzag.
Rafael Spregelburd
Qué le van a contar
a ella
que tuvo ya
dos
perros
(uno negro otro negro
pero tan distintos)
acerca
de
los
colores.