
Bernardo Atxaga
Alfabeto
sobre la literatura infantil
[A MODO DE BIOGRAFIA]
Nací en el pueblo guipuzcoano de Asteasu en 1951,
y sentí desde muy joven una fuerte afición por la lectura
y la escritura. El ambiente familiar, siendo mi madre maestra, resultaba
propicio para todo lo que tuviera que ver con libros, y lo mismo ocurría,
aunque en menor medida, con el que se respiraba en aquella sociedad
vasca de los sesenta en donde, a falta de televisión, la palabra
tomaba asientos antiguos. A los trece años, influido como estaba
por lo que había leído en enciclopedias y tebeos, escribí
mi primer poema, todo él rimado en -ix: “Tienes
los ojos del color del onix, y tu pelo es como el de una morena de
Guadix”...
No se lo enseñé a nadie -mis hermanos eran muy jóvenes
aún-, pero lo corregí varias veces y lo dejé
limpiamente caligrafiado en mi primer cuaderno de tapas duras.
Poco después de aquella primera tentativa literaria, mis padres
decidieron marcharse a una zona más urbana, y nos pusimos a
vivir en Andoain, una población industrial a sólo ocho
kilómetros de Asteasu. A pesar de lo corto de la distancia,
el cambio fue para mí enorme: pasaba de un mundo fundamentalmente
rural a otro fabril, lleno de fábricas y talleres, y ese paso
coincidía además con el comienzo de mi adolescencia.
En aquella nueva situación, la única vía de escape
era la que me llevaba hasta la Biblioteca Municipal , y allí
pasé, efectivamente, una gran parte de mi tiempo libre durante
el primer año, el de adaptación. Luego, cuando me matriculé
en el colegio La Salle de San Sebastián e hice mis primeros
amigos, comencé a presentarme a los concursos literarios y
a publicar artículos o cuentos -articulillos o cuentejos-,
en la revista colegial. De vez en cuando, por consejo de mi profesor
de religión, un sacerdote apellidado Bereziartua, utilizaba
para escribir el euskera, una lengua que la mayoría de mis
compañeros consideraba plebeya.
Sin embargo, con ser mi afición literaria fuerte, no habría
bastado para cimentar una carrera literaria que, como he sabido después,
habría de requerir una gran dedicación y una aún
mayor paciencia, y a nadie debo más mi definitiva desviación
hacia la literatura -desviación de aquello que, en los años
setenta y en España, se entendía por “vida
normal”-,
que al poeta Gabriel Aresti, quien, habiendo leído una
obrita de teatro que yo había escrito y que un librero le había
hecho llegar, me envió una extensa carta asegurándome
que, si persistía en el empeño, yo sería "el
sexto escritor vasco en el tiempo”.
Era joven, de apenas veinte años, y el elogio que me dedicaba
el autor de “Harri
eta herri”
(Piedra y pueblo), me dio alas para seguir. Fue entonces cuando adopté
el seudónimo de "Bernardo Atxaga”,
y cuando publiqué mis primeros trabajos en las revistas vascas
del momento, sobre todo en la actualmente desaparecida “Anaitasuna”.
Vivía por entonces en Bilbao, y estudiaba cuarto de carrera
en la Facultad de Ciencias Económicas de Sarriko, famosa por
su conflictividad y el número de militantes de extrema izquierda
que albergaba.
Hay escritores que salen al mundo hechos y derechos, con una obra
redonda que una legión de lectores y críticos reconocen
al instante. Desafortunadamente, yo no pertenezco a ese grupo. Me
llevó más de diez años saber dónde estaba,
adónde iba, lo que Aresti llamaba “controlar
la barca”,
y algunos más el encontrar mi propia voz y acertar con los
primeros textos. Me ayudaron en esa labor los escritores que coincidieron
conmigo en la autodenominada “Banda
Pott”
-Iturralde, Sarrionandia, Bakedano, Juaristi,
y otros-, y también los músicos y pintores -Ordorika,
Laboa, Zumeta, Ameztoy, Eguillor...- con
los que colaboré en diversos proyectos. Con ese apoyo -a pesar
de la debilidad de la institución literaria vasca, a pesar
también de la asfixiante situación política vasca-,
mi escritura fue adquiriendo regularidad. A finales de los setenta,
tras diferentes empleos, decidí salirme de la Seguridad Social
y habitar la zona que en esa época compartían mendigos,
campesinos, amas de casa y algunos artistas. Sería, en adelante,
de los escritores llamados “profesionales"
o, más bonitamente, “libres”.
Una vez, en un lugar bastante desagradable y que me desesperaba, recogí
un papel de la baldosa del suelo y me encontré de golpe -casi
me caigo de espaldas- con el famoso soneto en -ix de Mallarmé.
Alguien lo había copiado allí, con una letra pulcra
y aplicada, en el francés original: “Ses
purs ongles très haut dédiant leur onyx...”
Recordando el primer poema de mi vida y celebrando la extrañísima
coincidencia, consideré que el papel no era sino un mensaje
de los espíritus del Parnaso. Ellos querían que yo siguiera
escribiendo, que trabajara en la mesa de mi estudio en busca de lo
que algunos como Mallarmé ya habían encontrado
en el pasado. Veinte años más tarde, tengo al menos
esa seguridad: que he trabajado, que he seguido avanzando por mi particular
desviación, que todavía no me he cansado de ser escritor.
B. A.