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Antonio Fernández Molina
(Alcázar de San Juan, Ciudad Real, 1927)
Aroma
de galletas
Antonio Fernández Molina ha escrito una
gran parte de sus libros a mano, con rotulador y pluma, sobre papeles
reciclados, en la atmósfera de la taberna. Tiene los ojos pequeñitos,
entrecerrados, de bohemio postergado. Del brazo de su mujer, Josefa,
una heroína inadvertida que alumbró a seis hijas, tocado
de sombrero y vestido casi siempre con trajes de lino y algodón,
pertenece al paisaje sentimental de Zaragoza: es el sabio iconoclasta
y pugnaz que va y viene, conversando aquí o haciendo allá
apología de la excepcionalidad: excepcional es para él
la escritura de Dalí -”firmo donde quiera que Dalí es
uno de los mejores escritores españoles de todos los tiempos.
Lea, por favor, La vida secreta de Salvador Dalí”-,
la escultura de Honorio García Condoy, los dibujos de Lorca,
“que me ayudaron a ser artista. Fueron una conmoción para mí
y me liberaron de complejos y me permitieron dibujar y pintar”, o
el teatro y la inventiva de Arrabal, que considera a nuestro interlocutor
uno de sus maestros y uno de los autores pánicos de
España.
- No me gusta hablar de mi niñez. Sufro mucho al recordar:
me quedé huérfano cuando tenía siete años.
Y eso me ha marcado. Siempre, siempre, en el fondo de mi ser, me he
sentido un niño desamparado. Mi padre se murió de una
gilipollez: un cólico miserere. Había estudiado Magisterio
y acabó siendo policía republicano. Yo nací por
azar en Alcázar de San Juan, pero él era de Casas de
Uceda. Era el chico listo del pueblo. Una vez, durante la siesta,
estaba con mi abuelo en la puerta de casa y pasó un buhonero
que llevaba todo tipo de baratijas, entre ellas una cartilla de las
primeras letras. Mi abuelo, un labrador adelantado e inteligente con
una modesta fortuna y carnicería, la compró y en la
siesta siguiente comprobó que mi padre se había aprendido
él solito la cartilla.
- ¿Qué recuerdos tiene de él?
- Prácticamente ninguno. Se llamaba Antonino; era alto, de
los más altos del pueblo, esbelto, de buen tipo y elegante.
Mi madre, Teodomira, era baja pero muy guapa. Viuda con 25 o 26 años,
se casó de nuevo en la posguerra. Hacían una pareja
peculiar. Espere. Recuerdo que entonces se tenía la manía
de extirpar las amígdalas y mi padre me llevó de la
mano. Yo no quería abrir la boca y no lo lograban, hasta que
me pusieron un aparato que accionaron con una manivela. Y así
la abrí por fin. También recuerdo que por la profesión
de mi padre íbamos de un sitio para otro: vivimos en Valencia,
en Alcoy, creo que en Alicante y en Albacete; viajábamos mucho
en tren y recuerdo que salían a vendernos las famosas navajas
de Albacete.
- Dijo usted una vez que había sido un niño rebelde,
casi indomable.
- Mire, yo tenía un sentimiento literario, artístico
y poético de las cuestiones. Las cosas las valoraba afectivamente
más que por sus valores intrínsecos. Recuerdo que en
la escuela de Alcoy los niños jugaban en los montículos
de arena con un clavo que hundían; yo, como no tenía
y tan fascinado estaba por el juego, hice un trato con un chico: le
robé a mi padre su reloj de pulsera y se lo cambié por
un clavo. Finalmente, el trato se deshizo. ¡Sería idiota!
- ¿Cómo pasó la Guerra Civil?
- Aunque suene raro, la pasé bien. En cuanto mi madre se quedó
viuda, nos fuimos a Madrid, donde ella tenía un hermano pequeño
estudiando Medicina. Era bastante bohemio y muy de izquierdas; me
llevaba a todos los mítines habidos y por haber. Nosotros no
teníamos apenas dinero. Creo que nos ayudaban mis abuelos:
el materno, médico, y el paterno, labrador. Yo nunca he llegado
a conocer a mis abuelas. Recuerdo haber visto la calle Quevedo toda
alfombrada de pasquines, cerca ya de la Puerta del Sol. Cogía
los pasquines y dibujaba y escribía por atrás.
- ¿Qué escribía?
- Obras literarias ninguna. Sobre todo dibujaba. Por eso me ha quedado
la afición a escribir mis novelas o mis poemas sobre papel
que está utilizado por la otra cara. En Madrid oímos
los bombardeos, noche tras noche; bajábamos al sótano
y nos quedábamos en el pasillo. Oías caer de cerca las
bombas. Cuando llegó la escasez nos fuimos al pueblo con la
suerte de que en Casas de Uceda llevamos una vida idílica.
Sonaban los cañonazos de vez en cuando, pero el frente se quedó
parado a 30 kilómetros del pueblo. Algún vecino iba
de vez en cuando a llevar agua y provisiones. Teníamos mucha
libertad; a veces no había escuela porque habían movilizado
al maestro, nos juntaban a los chicos con las chicas. Y supimos que
la guerra había terminado el día que entraron los requetés
para anunciarlo.
- A usted le llamaban El poeta.
- No, no. Ese concepto no se conocía en mi pueblo. Me lo llamaron
después en el Instituto Brienda de Mendoza de Guadalajara porque
me veían leer y hacer mis pinitos literarios. Teníamos
una buena biblioteca escolar y una buena biblioteca en casa porque
apareció una maleta de mi padre, muy aficionado a la literatura,
llena de libros de Dostoievski, Tolstoi y Chejov. En la escuela, a
la maestra la desbordaba, era el bicho que pica el tren, hasta que
descubrió que podía aplacarme con libros como Flor
de Leyendas de Alejandro Casona y otros. Me decía: “Antonio,
ponte a leer”, y así me domó muy rápidamente.
(...) Durante una época yo iba todos los días a la Biblioteca
Provincial de Guadalajara, que era mi refugio. Leía y leía
sin parar, y a veces me llevaba hasta algún libro. Un día
vino el bibliotecario y me dijo: “Le hemos dado el premio al Mejor
Lector de la provincia”. Y me mostró una lista de títulos
para que eligiese el que quisiera.
Fernández Molina funda Doña Endrina en 1951,
revista de poesía y arte que constituía en un hombre
pobre que llevaba los zapatos llenos de agujeros, un “ejercicio de
vocación y pasión, pero también una locura y
una estupidez”. A través de la revista, en cuyo primer número
publicó un poema de Miguel Labordeta, entró en contacto
con el escritor aragonés. “Comenzamos a escribirnos, y un día
tomé el tren, vine a Zaragoza y fui a su casa. Yo iba y venía
de Guadalajara, daba recitales en su colegio; Miguel me facilitaba
conferencias o actuaciones en la ciudad y un día, cuando decidió
fundar Despacho Literario me nombró secretario de redacción”.
Otro nombre clave fue Camilo José Cela. Antonio lo había
conocido en una cena en Guadalajara, en el hotel Palace; él,
que no tenía las 25 pesetas que costaba la cena, apareció
a los postres, fue invitado a café y leyó un poema.
Desde entonces, la relación fue intensificándose y en
1964 el autor de La familia de Pascual Duarte le designó
secretario para que le organizase la biblioteca, su formidable colección
de revistas y llevase Papeles de Son Armadans, para la cual
había trabajado durante casi dos años preparando el
monográfico dedicado a Silverio Lanza.
- Permanecí en Mallorca con Cela desde 1964 hasta 1972. Era
joven, había escrito libros de poesía, pero tenía
varias novelas en el cajón, entre ellas Solo de trompeta.
Puede decirse que en la isla me consolidé como escritor en
prosa, de novelas y relatos. Y establecí relación con
mucha gente de toda España y de Hispanoamérica. Una
de mis grandes amigas de entonces fue Alejandra Pizarnik, la poetisa
argentina. (...) A Camilo José Cela le debo muchas cosas, entre
otras un consejo noble. Me decía: “Mira, Poeta (siempre me
llama así, incluso ahora), no lo tienes fácil porque
lo que tú haces no es práctico. Pero si te levantas
temprano, a las ocho por ejemplo, verás que el trabajo compensa
siempre”.
Fragmentos de una entrevista realizada
por Antón Castro y publicada
en El Periódico el 25 de julio de 1999. Retrato de A.
F. Molina por Josefa Echeverría
MI ABUELO ANTONIO
POR ELISA
Yo quiero mucho a mi abuelo, me gusta estar con él
y ayudarle a leer todos los libros que tiene en su casa.
También él me ayuda a mí: con los deberes y con
los estudios. Me lo paso muy bien con él, me lleva a muchos sitios:
a exposiciones, a conferencias, a museos, al rastro y también
al Vips.
Lo que menos me gusta de él es que siempre está discutiendo
con mi yaya Josefa y se enfada cuando alguien deja algo con sus libros
y sus cosas.
Por otra parte mi abuelo es genial. Cuando estamos mi prima Candela
y yo siempre nos invita a un helado o nos regala alguno de sus cientos
de libros o algún dibujo de los que hace en las servilletas de
los bares y si hace un día malo nos invita al cine.
Mi abuelo me viene a visitar todos los domingos y cuando mis padres
se van viene a estar conmigo hasta que mi padre sale del trabajo.
A mi abuelo le encanta comer porque de pequeño estuvo en la guerra
y pasó mucha hambre.
Mi abuelo nació en Alcázar de San Juan pero desde hace
mucho tiempo vive en Zaragoza. Actualmente vive con mi yaya Josefa,
con su hija Ester, con su hija Isabel, con su nieta Candela y cómo
no, con miles de libros y cuadros que ya no caben en la casa.
Tiene dos hijas más en Zaragoza: María Elena y mi madre
Teresa, y otras dos que viven una en Logroño y otra en Guadalajara.
No sé qué más contar así que me despido,
pero antes os digo que mi abuelo es el mejor del mundo y no lo digo
para presumir es que verdaderamente lo es.
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