|
Con los niños Mariana Chiesa La primera mañana en Monterrey fue muy emotiva.
Coincidiendo con el tercer aniversario de la muerte de Sandra Arenal,
acompañé a sus hijas al cementerio. Salpicado el verde
por lápidas y flores y rodeado de un paisaje montañoso.
Allí, bajo el sol de marzo, las tres mujeres dispusieron muchísimas
rosas rojas en el cesped y comenzaron a trabajar. Colaboré
con ellas, cortando los tallos y hundiendo las flores en la tierra
hasta formar un corazón enorme al pie de la lápida donde
se lee: “Luna roja. Mujer de 1000 batallas”.
Los familiares de Sandra Arenal fueron extremadamente
hospitalarios y me alojaron en su casa. Sandra Maldonado y su marido
Sotero se volcaron conmigo de un modo tan apasionado y generoso que
sin su ayuda no hubiese sido posible este trabajo tal como se realizó.
Pusieron a mi disposición su biblioteca y entre otras cosas
me enseñaron libros con grabados y ediciones del Taller de
Gráfica Popular, al que perteneció Elena Huerta, la
madre de Sandra Arenal. Pude ver muchas estampas suyas y me llevaron
a visitar el ex-palacio municipal y actual centro cultural de Cohauila,
donde se encuentran los murales que pintó siendo ya muy mayor
y que relatan la historia de dicho pueblo. Mis anfitriones se ocuparon
de llevarme a todos lados. Las distancias en Monterrey son enormes,
el tránsito es muy intenso, parece una ciudad descentralizada,
atravesada por autopistas y carreteras que a su vez están cruzadas
por puentes para los peatones. A los lados suelen verse enormes centros
comerciales. Alejándose un poco el paisaje es imponente, variado
y muy hermoso. Rodeado de cerros, de los cuales el más característico
es el de la Silla, porque recuerda a un silla de montar. Pude pasear
a la vera del río de la Silla, mencionado en uno de los testimonios,
que pasa casi por detrás de la casa de Sandra, y disfrutar
del viento rodeada de las extrañas formas de las montañas
del parque de la Huasteca. Tanto Sandra Maldonado como sus hermanas Rocío
y Ana -también pintora y grabadora- y Sotero, son maestros
y directores de diversas escuelas situadas todas en colonias muy pobres.
Por las mañanas acompañaba a Sandra a la escuela Batallón
de San Blas de la colonia San Ángel, donde ella trabaja como
directora. Aunque el primer día los niños se mostraron
reacios a las fotos, poco a poco fui ganando cierta confianza. Preferían
el dibujo a la fotografía. Encantados por verse retratados
en el cuaderno, hacían cola cada mañana y confeccionaban
listas. Faltó tiempo para estar con todos, aunque cada mañana,
desde la primera, no dejara de mirarlos y dibujarlos. Y así,
mientras me prestaban sus caritas me contaban un poco de sí
mismos. A muchos no les gustaba la escuela y planeaban abandonarla
para ponerse a trabajar. Probablemente ni siquiera inicien la educación
posterior al ciclo básico. Otros ya trabajaban por su voluntad
o eran impulsados por sus padres, quienes sostenían que a los
10 años ya estaban en edad de estar de paqueteros en un supermercado,
por ejemplo, en el tiempo que no iban a la escuela. Algunos decían
que querían ser dibujantes como yo, y me preguntaban dónde
podían aprender, y querían que les enseñase a
dibujar y a pintar, ya que no tenían clase de plástica
ni de arte. Ante su insistencia, durante los últimos días,
provista de gran cantidad de papeles y varias cajas de crayones de
colores que Sandra me llevó a comprar, hicimos clase especial
de pintura y dibujo. Por turnos, niños de distintas edades
disfrutaron durante algunos días dibujando y pintando, llamándome
todo el tiempo, para enseñarme, para ver si estaba bien, para
preguntarme cómo, para conversar. Tenían un ansia enorme
de saber más, de contar sus visiones favoritas, sus deseos,
sus sueños. Al final me ofrecían lo que habían
hecho, con dedicatorias y corazones. Y me pedían que me quedase
allí a enseñarles. Pese a intentarlo no resultó posible el ingreso
a ninguna fábrica, aunque visitamos las zonas industriales
donde probablemente Sandra Arenal recogió algunos testimonios.
Una tarde encontramos en un supermercado a una alumna que trabajaba
de paquetera. Había muchos como ella, vestidos con delantal
azul, camisa blanca y gorra, que más tarde supe ellos mismos
compraban. Por cargar las bolsas o trasladarlas hasta el estacionamiento
donde están los coches, o acomodar los carritos al finalizar
la jornada, estos niños no perciben salario alguno, sino solamente
la propina que los consumidores deciden darles. Para trabajar de paqueterito
hay que tener entre 9 y 12 años y asistir a la escuela. Este
trabajo es muy común, y se encuentra tan instalado en la comunidad
que a nadie sorprende ver niños trabajando en un súper
por las propinas. También es corriente verlos en las calles
vendiendo chicles, estampitas, flores, o limpiando parabrisas entre
el tráfico. Durante esos días el periódico local
dio noticia de más de un accidente laboral cuyas víctimas
eran menores que trabajaban en la construcción. La situación
no es muy diferente ahora, a más de diez años de la
primer publicación del libro de Sandra Arenal. Algunos meses después, una noche en Argentina, fui con mi familia a cenar a un restaurante del centro de la ciudad. Estábamos mirando la carta cuando el camarero hace una señal como de espantar moscas con su servilleta blanca. A menos de un metro del suelo un niño intenta la tarea de vender flores a los pocos comensales que allí nos encontrábamos. Ante la mirada aturdida del camarero llamo al vendedor, y después de pagar por el más mustio de sus ramos sucede el encuentro, ya no entre el vendedor y el comprador, sino entre el adulto y el niño, quien alargando su mano me enseña un huevo de plástico de esos que encierran pequeños juguetes desarmados. Los otros comensales presencian la escena entre molestos y sorprendidos, entonces el niño me pide que le abra el huevo mientras abandona el dinero de las ventas en el suelo, y se dedica con mucho interés a la tarea de armar el pequeño engranaje, ayudado por mis instrucciones y también por mis dedos. Le recuerdo que su dinero está en el suelo, que lo guarde en el bolsillo. Ya en los postres aparece otra pequeña vendedora. Es medianoche. En el centro de Buenos Aires otro niño me vende estampitas mientras me cuenta que se queda por ahí hasta la una de la madrugada, y que no va a la escuela porque ya está de vacaciones. Desde la ventana de la casa familiar es cada vez más habitual ver, cada noche o de madrugada, niños empujando o arrastrando carritos sin luces, solos o acompañados, llevando la carga de cartón y desperdicios que al menos supieron conseguir. Donde yo vivo, en el casco antiguo de Barcelona, hay
muchos niños que trabajan. Empleados en pequeños supermercados
o en restaurantes. En la verdulería donde suelo comprar hay
más de uno. El verdulero me dice que son sus hijos. El mayor,
de unos 14 o 15 años, el año pasado acomodaba la mercadería
y daba órdenes a un niño más pequeño,
mientras él las recibía del adulto. Ahora está
en la caja registradora. Trabaja alrededor de doce horas cada día,
y a veces más. Le pregunto si le gusta la playa, si va al mar
en su día libre. Me mira extrañado, diciéndome
que cuando no trabaja duerme. Le pregunto si pronto tendrá
vacaciones, y no entiendo si dice “en cuatro años”
o “hace cuatro años”,
en Pakistán. Me trata como un adulto a otro adulto, repara
en mi cara, si estoy o no cansada, y ya sin pudor me suelta un “adiós
guapa”.
Mariana Chiesa
(La Plata, Argentina, 1967) es grabadora, pintora, historietista:
tres formas de nombrar su vocación de dibujante. Aprendió
el oficio con Alberto Breccia, el maestro que cambió el lápiz
por un cuchillo, y es lectora de Alejandra Pizarnik, la poeta que
se veía a sí misma como una niña en un jardín.
La infancia es un tema a menudo presente en su trabajo. Ha colaborado
en publicaciones de diversos países: Lápiz Japonés,
El ojo clínico, Sins entido, L'Association, Media Vaca, entre
otras. Ha impartido talleres de grabado y ha participado en numerosas
exposiciones. Desde 1997 vive en Barcelona, donde ha realizado muchas
tareas de las que no suelen figurar en las biografías de los
artistas, pero que son las que le permiten aceptar aquellos encargos
que verdaderamente le interesan. Las ilustraciones de No hay tiempo
para jugar fueron seleccionadas en 2003 por el jurado de la Feria
del Libro para Niños de Bolonia. |