Ramón y Alfredo
SEIS BARBAS DE BESUGO

Regalos para un tiempo de malestar

Relatos breves o greguerías largas, los caprichos de Ramón nacen de una escritura rebosante de humor. Lo mismo ocurre con los dibujos de Alfredo González, a quien conozco y admiro desde hace cuatro décadas. Igual que Ramón, Alfredo acierta a dar una segunda vuelta de tuerca a la ironía provocando al lector, cuando no al mismo escritor (si hubiera estado vivo), hasta ponernos contra las cuerdas mismas del sarcasmo.

Aquí, en este libro, hay un poco de todo. Hay un humor directo, como la frase corta y el dibujo lineal, que irrumpen sin rodeos en la página y salen igual que entraron. Pero hay también otros caprichos que entran con disimulo por un lado de la escena. Se acercan con cautela al centro y, una vez allí, estallan como una bomba de relojería cargada de comicidad. Buena parte de los textos de Ramón son producto de la melancolía. Algunos provienen de estados de nostalgia pura y simple. Mientras que otros recogen imágenes oníricas o fantasías surreales. Ramón era una combinación de todo eso. Su universo artístico se alimentó en la variedad y en la anarquía. Su personalidad fue la de un explorador de todos los continentes. Si iba por un camino regresaba por otro. Hablaba en público como un conferenciante de la ocurrencia y del asombro. Unas veces parecía genial. Otras lo era. Y en cambio otras hacía creer al público que la genialidad estaba del lado de éste, con lo que garantizaba su propio éxito. En el fondo vivió como un triunfalista más que como un triunfador. Y su mayor esfuerzo —porque los esfuerzos difícilmente se disimulan— consistió en desvitalizar la melancolía de un lenguaje que, aun siendo poético, no se adentró en la poesía.

No se saborea el humor verdadero de Ramón, o de Alfredo, con el estrépito contagioso de las carcajadas, sino más bien en el silencio y el sosiego de la lectura en soledad. Entonces advertimos la sonrisa interior que ellos mismos revelan en estos caprichos, al tiempo que nos invitan a participar en su experiencia artística, en una determinada visión del mundo. O, si se prefiere, en la reflexión de fragmentos muy diversos de la condición humana. Luminoso o negro, el humor que hay en este libro despierta en el lector un deseo de meditar, de entender el mundo, aun no siendo el mejor de los mundos, en lugar de huir despavorido y sin saber por qué. En el origen de este humor hay un compromiso de clarividencia, así como una invocación a la lucidez.

En bastantes caprichos se vislumbra una segunda historia en el interior de la primera. O incluso puede haber más. Pero es preciso poner algo de nuestra parte. Sobre todo poner un freno a la ansiedad que este tipo de libro desata desde el principio y nos lleva a pasar página a toda prisa para descubrir la sorpresa que nos depara la siguiente página. Y esto impide adentrarnos en los detalles y la riqueza del texto o dibujo frente al que nos encontramos. Algo parecido ocurre con los libros de aforismos. Antes de engullir el que acabamos de leer, ya estamos deseosos de tragarnos el siguiente sin haber digerido los anteriores. Al final todo es un torbellino de ideas o de emociones. Y esto, aun siendo algo, no es suficiente. Me permito recomendar al lector que lea y observe con mucha calma. De lo contrario le ocurrirá como en uno de esos barracones de tiro al blanco que montan en las ferias, donde las imágenes que reclaman el disparo no se detienen y tú, casi sin apuntar, pretendes abatirlas. Muy pocas veces aciertas en la diana.

La caja de un limpiabotas es, para Ramón, «un confesionario diminuto», definición inmejorable de la confidencialidad que existe entre el operario acuclillado a los pies de su cliente y este cliente, cuyo calzado son garras feroces que oculta debajo de la mesa. Y entonces Alfredo dibuja un bar americano que recuerda el del hotel Waldorf Astoria en Nueva York, la ciudad que él y yo pateamos juntos hace años, perseguidos por el fantasma de Ramón quien, de cuando en cuando, nos propinaba una patada en el culo para que mirásemos la realidad de un rascacielos más allá de su engañosa apariencia.

Uno a uno se podrían descuartizar los microrrelatos de Ramón y los dibujos de Alfredo creando, de sus partículas, nuevas historias o alargando de mil modos aquellas que nos presentan. Me parece que este poder de invención que ambos contagian hay que aprovecharlo y agradecerlo. Ellos piensan y miran por nosotros, es cierto, pero no anulan en ningún momento nuestro deseo por acompañarlos y, en ocasiones, por adelantarlos en ese camino abierto de la imaginación. Su lectura es no sólo un aprendizaje sino también, y antes que nada, una provocación.

Hay un capricho titulado «Contrato editorial», en el que se nos presenta a un editor que adquiere los derechos en exclusiva de la cabeza de un autor, con lo que la cabeza de ese autor pasa a ser de la propiedad intelectual del editor. El autor firma de buena gana la venta de su cabeza. No va a incumplir el contrato. Lo que hace es renunciar a su cabeza para escribir mucho mejor con los pies. Y aquí vuelve Alfredo, excesivo en su grafismo como Ramón en sus fantasías literarias, y nos muestra al escritor que podría ser prototipo del autor de éxito actual (pues, ¿cuántos escriben con la cabeza en comparación con los que triunfan con los pies, puestos por entero al servicio del mercado?) que todo lo que precisa es quitarse la bota, ponerse la pluma pegada al dedo gordo del pie y extender la pierna sobre su rentable mesa de trabajo.

Ramón Gómez de la Serna (Madrid, 1888 – Buenos Aires, 1963) conoció la gloria en vida, y con toda justicia. Alfredo González (Agüeria, Asturias, 1933), por suerte todavía vivo y coleando, nació ya con la gloria que confiere el don de un dibujante a quien no parece agotársele el talento o la fuerza ante cualquier proyecto. Lo cierto es que ambos se complementan muy bien. Y ambos son lo que cualquier artista aspira a ser: deslumbrante, auténtico y original.

Alfredo debe dibujar sus memorias. Está a tiempo. Será un legado que nos permita recordarlo por sí mismo tal como es, o como cree ser. Pero aunque insisto para que lo haga antes de que sea demasiado tarde, no parece tener ninguna prisa. Ahora lo entiendo: se resiste a dibujar su propia vida para seguir viviendo y pintando sobre otras vidas. Alfredo quiso ser maquinista de Renfe, conductor de camión y también futbolista. Se quedó en fraile dominico, estudió teología y filosofía, y aunque abandonó la orden en el último momento, sin duda agradecido por sus enseñanzas, lo arrastró una vocación de hombre con mujer a su lado. Trabajó con un sastre algo canalla en el Madrid de los años duros, se marchó un tiempo a Venezuela y regresó al mundo de Quevedo, de Gracián, de Goya y de Ramón, como reflejan algunas memorables anécdotas de viajes que hicimos juntos por España y el extranjero y que nadie podría dibujar como él.

En una aldea abandonada de León, un vecino entrado en años y resentimientos había perdido una mano por un mordisco de su propio burro. El tipo mató cruelmente al animal. A nosotros nos permitió acercarnos para entrevistarlo y dibujarlo. Pero cuando Alfredo empezó su trabajo, el hombre agarró y alzó un grueso palo con la mano que le quedaba y tuvimos que salir por pies antes de que nos partiera la cabeza. Corrimos monte abajo como nunca habíamos corrido ni correremos jamás. En Moscú estaba Alfredo dibujando el ballet Bolshoi cuando sufrió un aparatoso desvanecimiento. Alfredo mide casi dos metros, y la caída fue espectacular en mitad del patio de butacas y en plena danza de la compañía. Enseguida acudió de muy mal humor el médico del teatro quien, sin pensárselo dos veces, le sopló semejante bofetada al desvanecido dibujante que aún dudamos si lo hizo para devolverlo a la vida o para humillarlo al más puro estilo soviético. Alfredo culpa de ello al KGB…

Igual que Valle-Inclán se sacó el esperpento de las barbas, Ramón se sacó las greguerías no sé de dónde, ni me importa. Cuando lo descubrí pensé que se trataba de un escritor inclasificable. Podemos imitar los aforismos de la tristeza y de la desesperación (Cioran), ya que lo amargo y triste lo llevamos inmediatamente debajo de la piel, mientras que lo risueño y divertido, aun siendo a veces banal, anida en otras profundidades de nuestro ser y constituye un regalo en tiempos de malestar. Y esto son los relatos breves o greguerías largas de Gómez de la Serna y los dibujos de Alfredo, regalos para un tiempo de malestar que Vicente Ferrer ha reunido en este volumen que, como otros libros editados por él, son obras destinadas a perdurar.

Ignacio Carrión


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